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Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

Preguntas de Julio en noviembre

 

El mismo día. Este día otra vez cada día, erguido en el tiempo detrás de los días. Es también la misma hora y su último instante continuo en la punta de aceros, palos y puños. El Andariego le dicen aquí a este camino de tierra, a esta brecha que viene hasta mí y se sigue sin mí. En el aire zumba una mosca su paso; el relumbre azul de su vuelo rabioso. Se secaron los charcos; se llenaron de nuevo. Ya son cuatro veranos de polvo, de lluvias, de barro. Por una orilla de aquí hace poco cruzaron los muertos a ver a sus vivos y se asomaron los vivos a su cálida ausencia. Les llevaron lo suyo a la mesa, sus prendas de fiesta y sus flores, y sus rezos y cantos de vida cumplida. De un lado y del otro se dieron los nombres, el santo y la seña del pan y el azúcar para ir y volver. Luego se fueron cada uno a su lado, a sus labores y tiempos; los vivos a soñarse una muerte serena y los muertos cansados a colmarse de sueño. Yo sigo aquí, en este día en vilo y en vela ya siempre. Cae la luz y se alarga la noche bajo un cielo impasible que en la grava retumba su puntual lejanía…

Quiénes son ellos y cuántos lo que me hicieron el cerco alevoso y rompieron sin pausa tantas veces mis huesos –sesenta y cuatro fracturas en sólo cuarenta–; qué mandatos siguieron sus barras y mazos sobre mi torso y mi cráneo; para qué sus insultos y risa; por qué su terrible tardanza y su esmero tortuoso en apenas mi rostro…

Aquí no cesa este día clavado en sí mismo, que tiembla sus luces conmigo en el muñón de una hora; no cejan sus filos los humildes guijarros que me horadan la espalda, tampoco la errancia de perros que pasan y orinan sus bordes y huyen de pronto aterrados, y la misma basura y el hedor de los charcos…

Qué reporte te dieron entonces de canto al oído a ti en el Palacio; cuáles fueron las cinco o catorce o doscientas palabras que te hablaron de mí y los demás que conmigo ya no, según tú su rastro, su razón y su parte, su edad y su ropa sólo cenizas; cuál el tono y calor de esa voz obediente a coro contigo; con qué fibras se urde el silencio en que juntos hundieron los nombres y grados y huellas y alianzas que hiciste con ellos sobre mi pecho; qué sueños de esbelto poder te dio ya entrada la noche en ese silencio tapiado…

Los muertos que vinieron de paso en su día a recordar a sus vivos rozaron mi tiempo caído; me arroparon sus sombras, con su soplo de fiesta soplaron el polvo cuajado de sangre en mis costillas abiertas; en sus cuencas vacías acunaron mis ojos y un momento viví la salud de su muerte. Una vez cada año con ellos respira mi severa vigilia a la luz de la nada…

Qué lamento solemne ensayaste ante el espejo privado que pule tu rostro; en mangas de qué camisa de raso diste ese día o al otro un sentido discurso; con qué fibras y agujas torcidas tejiste el enredo oficial que me miente; en qué sillón con remaches de bronce apoyaste los pies doloridos después en la tarde, y tú con los tuyos en tu casa robusta y los míos sin mí en la suya quebrada, con qué dedo de qué mano dices que das vuelta a la página…

Sopla el viento y mece los pastos que crecen las lluvias. El Andariego se enloda pero no se tropieza; sigue su trazo en el monte o se entronca en las calles, entra y sale de barrios, cansa veredas y remonta avenidas, se divide y se ovilla, se acompasa o se vierte pero no se dispersa. Así llega a tu casa conmigo tendido en la grava. Golpean sus guijarros su altiva blancura. Y en

tu oscuro silencio resuena mi nombre.

 

*Camino del Andariego, terracería en Iguala donde fue torturado y asesinado a los veintidós años de edad Julio César Mondragón Fontes, estudiante de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, la madrugada del 27 de septiembre de 2014, aún impune.

 

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