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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

 

¿Fuenteovejuna reloaded?

 

Hace algunos meses, tal vez un año o poco más, encontré amarrada a una reja —de ésas que ya se ha vuelto costumbre que coloquen en las entradas de algunas calles laterales— una manta que advertía a los delincuentes que, de ser sorprendidos en flagrancia, no se llamaría a la policía porque lo lincharían los mismos vecinos. Supuse que la leyenda era medio en broma y medio en serio.

La manta estaba ubicada en una colonia de clase media, seguramente habitada por familias con estudios mínimos de nivel medio superior, y un buen porcentaje de ellos con licenciaturas. Me pareció imposible que personas con estudios e informadas estuvieran proclamando hacerse justicia por propia mano, recurso frecuente y hasta “normal” hace varios siglos. Fuenteovejuna, de Lope de Vega, testimonia lo antes dicho; y si se hurga en antiguos legajos y crónicas es posible hallar relatos de ejecuciones similares en cuanto a lo multitudinario, y semejantes en crueldad serían las ejecuciones de la (nada santa) Inquisición.

Según datos de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, entre 1988 y 2017 ha habido 862 linchamientos en nuestro país, es decir, casi una media anual de veintinueve inmolaciones de esta índole. Es lamentable que den tal cifra y no digan en qué porcentaje los ejecutados podrían haber sido, o eran inocentes.

Si ya es incomprensible que en pleno siglo xxi sigan presentándose tales atrocidades, lo es más que en un país en el que hay instituciones, leyes, reglamentos y todo un aparato para investigar, impartir justicia y castigar, se presenten linchamientos como el ocurrido el 30 de agosto próximo pasado en Acatlán de Osorio, Puebla, donde fueron quemadas vivas dos personas inocentes, porque supuestamente eran “robachicos”. La multitud los ejecutó sin haberlos juzgado y sin haberles demostrado su culpabilidad. ¿Podría decirse, en este caso, que es lo mismo que nos presenta la obra de Lope de Vega? Desde luego que no. Aquí no se trataba de un Comendador despiadado y arbitrario, cruel e injusto.

El mismo día, si mal no recuerdo, un matrimonio fue ejecutado por linchamiento similar en el estado de Hidalgo. Hasta el momento, que yo sepa, la acusación fue la misma: “robachicos”, y las circunstancia igual, es decir, la multitud no los juzgó y tampoco les demostró nada antes de proceder a golpearlos y quemarlos.

¿Qué diferencia hay entre estos casos y el de Fuenteovejuna? Que en la villa hispana escenario de la obra de Lope, estaban más que probados (y vividos) los abusos y crueldades del comendador, y en los mencionados, al menos en uno de ellos lo que se evidenció fue la inocencia de los ejecutados, y en el otro prevalece la incertidumbre.

Lo ocurrido se puede explicar: la gente está harta de la impunidad de los delincuentes y a la menor “denuncia” arremete contra los presuntos implicados, olvidando aquello de que el ladrón siempre grita “al ladrón” señalando a otro, para desviar la atención de la gente y eludir su captura. Está harta, decía, de que son numerosísimos los casos en que detienen a delincuentes hasta en flagrancia y a las pocas horas o días quedan en libertad; y lo peor es que buscan a quienes los denunciaron para vengarse. Hartos, en pocas palabras, de que la justicia no haga justicia. Sea por el “debido proceso” o por corrupción, el hecho es que los delincuentes se burlan de la justicia o están en descarado y cínico connubio con policías y jueces.

Sí, eso explica la exagerada proclividad a hacer justicia por propia mano, y también que la acción multitudinaria permite diluir responsabilidades y reducir cualquier sentimiento de culpa. Más explicaciones pueden mencionarse, pero el linchamiento no es hacer justicia, es asesinar a una persona con por lo menos dos de las agravantes. Es decir, aun cuando sea todo un pueblo el verdugo, cabe preguntarse si es plausible ese acto sólo porque lo cometió la multitud, el pueblo, y el pueblo siempre es sabio, dijo alguien. Yo me permitiré poner en duda tal aseveración, porque el pueblo llevó a Hitler al poder y... bueno, para qué seguir.

 

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