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Biblioteca fantasma
Por Eve Gil

Balas tristes

 

Hasta donde sé, nadie en México, ni en Latinoamérica, ha reconocido a Jennifer Clement por revolucionar la llamada “narcoliteratura” con una bellísima novela, Ladydi, que aborda el fenómeno desde la perspectiva de una jovencita de Guerrero que, como otras en la vida real, es ocultada por su madre de la mirada lasciva de los narcos, aunque su destino parece dolorosamente signado por haber nacido mujer en una zona geográfica determinada. Clement revitaliza este subgénero al otorgarle voz a las víctimas y narrar el horror y la sordidez a partir de una visión fresca, inocente y fantasiosa, además de trasladarlo a un lugar donde la delincuencia organizada medra con la misma impunidad que en los escenarios habituales de estas narrativas.

Su más reciente novela, Amor armado (Lumen, 2018), que cuenta además con la traducción de otro espléndido narrador, Guillermo Arreola, sigue esa misma tónica, en una historia a un tiempo similar y antagónica a Ladydi, desarrollada por una niña de nombre Pearl que, junto con su jovencísima madre, vive en el interior de un automóvil estacionado en una zona de casas remolque de Florida. Ese destartalado Mercury nos es mostrado como una casa, más aún, una gran casa de varias habitaciones, como en aquella en la que vivía Margot France, la madre, antes de terminar ocultándose, dios sabe de quién, en aquel carro-hogar donde abundan los libros y los osos de peluche. Pese a haber sido criada por una madre-niña, alguna vez aspirante a pianista y experta en reconocer perlas auténticas, Pearl está familiarizada con las armas, con el tronido de balas a la medianoche. Ha sido instruida en el uso de pistolas por su propia madre, como otras enseñan a pegar botones. Aquella comunidad de familias itinerantes que buscan desesperadamente aparentar normalidad, cuenta con un guía espiritual –el reverendo Rex– y con una escuela. Los dedos de pianista de Margot muestran los estragos de su empleo como afanadora en un hospital de veteranos de guerra. Varios de los personajes que componen la gran familia en los márgenes de la sociedad que, en cierta forma, acoge y protege a Pearl y a su madre, subsisten con actividades delictivas que la niña percibe como cotidianas y, por lo mismo, le interesan muy poco, y así es como las detalla. Fuma su primer cigarrillo a los diez años, junto con su mejor amiga, y continuará haciéndolo a la vista de adultos que se los ofrecen como si fueran caramelos, sin que por ello Pearl deje de ser una inocente niña que, además, aparenta menor edad debido a su pequeña talla. No puede decirse que la infancia de Pearl sea feliz, pero posee momentos de vibrante alegría que se imponen al desgarro y a las pérdidas, hasta que Margot se enamora de un misterioso forastero y junto con el amor que la mantiene tarareando canciones que “son una universidad para el amor”, llegará la tragedia que coloca a una Pearl adolescente en la necesidad de decidir entre una vida normal, cuyas delicias alcanza a saborear, o mantenerse en la zona de riesgo para la que fue educada, prefiriendo a Corazón, tierna y bondadosa traficante de armas y drogas que sueña con llegar hasta la tumba de la cantante Selena, en Corpus Christi.

Algunos críticos estadunidenses equiparan las atmósferas de Jennifer Clement con las de Flannery O’Connor, pero contrario a ésta, cuyos personajes presentan una sospechosa bondad que se empaña o corrompe en el trayecto, los de Clement resultan entrañables pese a su marginalidad. Encontré en Amor armado ecos de Cormac McCarthy y su personal apocalipsis donde un padre acarrea a su pequeño hijo en un carrito de supermercado entre las ruinas. En cierta medida, Margot France resulta sobreviviente de un apocalipsis personal que repercute en su hija, y la necesidad de sobreponerse al peligro y perpetuar el abrazo que, de hecho, jamás se rompe. Aunque nacida en Nueva York, Jennifer Clement, presidenta del PEN Club Internacional, vive en México y su literatura es muy sensible a nuestros problemas y afectos.

 

 

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