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La casa sosegada
Por Javier Sicilia

Nadejda

En la historia de la vida espiritual hay parejas fundamentales: Teresa de Ávila y Juan de Yepes; Raissa Oumansoff y Jacques Maritain; Concepción Cabrera de Armida y Félix de Jesús Rougier, por nombrar sólo algunas.

A ellas pertenecieron también Nadejda Khazina y Ossip Mandelstam. Sin ella, el poeta y su obra no hubiesen existido y nosotros no tendríamos un documento preciso de la persecución de Stalin a los poetas y su entramado criminal: los tres tomos que reúnen sus memorias bajo el título Contra toda esperanza. En ellos, Nadejda, que paradójicamente quiere decir “esperanza” en español, nos relata los cuatro últimos años de la vida de Mandelstam, desde el 13 de mayo de 1934, día de su primer arresto por haber escrito un poema contra Stalin (“Ya no sentimos el suelo bajo nuestros pies,/ no escuchamos nuestras palabras a diez pasos,/ sólo escuchamos al montañés del Kremlin,/ al asesino, al comedor de hombres”, rezan los versos iniciales de la primera versión), hasta el 27 de diciembre, fecha de su oscura desaparición en un campo de tránsito en donde esperaba ser llevado a una prisión polar.

La grandeza de Nadejda no sólo radica en su espléndida prosa y sus profundas reflexiones sobre ese período aciago y la poesía, sino en su amor por Mandelstam. Cambió su apellido por el de él y el día de su condena al exilio renunció a su libertad para acompañarlo hasta el final cargando sus poemas en un saco y en la memoria, para preservarlos de la destrucción, y registrando cada uno de los momentos de su doloroso peregrinar.

Gracias a eso tenemos una radiografía exacta del indómito espíritu de Mandelstam, de su sensibilidad enfermiza pues dependía de Nadejda para sobrevivir emocionalmente, y a la que amó como a una amante, como a una esposa, como a una compañera, como a una amiga, como a una hermana; de su manera de crear, de la mezquindad del mundo literario bajo el peso de Stalin y sus depuraciones de los años treinta; de la profunda amistad y admiración que Anna Ajmátova y Mandelstam se profesaban; de los abismos de la creación poética y de los actos heroicos de devoción por el prójimo en medio de la más descomunal persecución.

Pese a ese amor que, como a su esposo, la condenaba a la persecución y a la muerte, Nadejda no sólo rescató a Mandelstam y su obra para la posteridad y contra el estalinismo que buscó borrarlos del mundo, sino que, sobreviviendo a lo atroz, sostenida por la fuerza del amor y de la dignidad con la que vivió al lado de Mandelstam, retomó sus estudios de filología para enseñar inglés en diferentes institutos de la Unión Soviética. Murió en 1980, en Moscú, a los ochenta y un años.

Contra toda esperanza es un libro tan importante y fundamental como la obra de su marido; posee también la misma altura y profundidad que El archipiélago del Gulag, de Alexander Solzhenitsin, y Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov. En él se cumple aquella frase de Napoleón: “Al final, el espíritu termina por vencer a la espada.”

Tal vez, como sucede en las grandes parejas de la vida espiritual, sin el amor que uno y otro se profesaban jamás habrían podido dar lo mejor de sí. El amor de Nadejda hacia Mandelstam fue de una profundidad que la única palabra que puede definirlo es la caridad. Sobre el amor de él hacia ella, Ajmátova nos dejó un hermoso testimonio en sus memorias, que las cartas del propio Mandelstam a Nadejda confirman: Mandelstam “la amaba a un grado inimaginable, inverosímil. Cuando la operaron del apéndice, en Kiev, no quiso dejar el hospital, vivió ahí todo el tiempo, en un cuartito, junto al portero. Ella no podía dar un paso sin él; él no le permitía trabajar, era de un desquiciado celo y le pedía consejo sobre cada palabra de su poesía. Nunca he visto nada parecido.”

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

 

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