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La lectura como recorrido museográfico
'El señor Mozart y un tren de brevedades', Marco Antonio Campos, Ficticia, México, 2018.
Por Laura Elisa Vizcaíno

En 2004 se editó por primera vez El señor Mozart y un tren de brevedades a cargo de Ediciones Colibrí. Ahora la edición va por cuenta de Ficticia Editorial y se aumentan cien páginas, pero el volumen se mantiene en la clasificación de los géneros breves, pues se compone de cuento, minificción, ensayo corto, poema en prosa, estampa, fábula, parábola o recorte autobiográfico.

Con la gran variedad de textos, despuntan muchas temáticas desde las que se puede estudiar la propuesta literaria del autor. Aquí se busca entender esta obra como un recorrido museográfico, el mismo que suele acontecer en los viajes. Desde el nombre de la obra con la palabra “tren” o en la nota introductoria, se plantea la idea de un viaje; el mismo autor señala: “gran parte de los textos está hecho de las experiencias de los viajes por la tierra y de los viajes por los libros”. Asimismo, el relato inaugural gira en torno a los “Trenes europeos” y, de manera constante en todo el libro, se hace referencia a muchas ciudades del mundo, lo que suscribe la propuesta respecto a la idea del museo.

Imaginar esta obra como el recorrido por una exhibición conlleva a señalar los datos históricos que se guardan en estas páginas, combinados con personajes ilustres y, por supuesto, con la misma ficción. Este libro nos trae muchos recuerdos de viajes, por lo que es posible realizar con ellos una instalación museográfica para apreciar las perspectivas del autor.

Por ejemplo, ¿cómo pueden convivir, dentro del volumen, distintos personajes históricos, sean políticos, artistas o escritores? Una de las razones más visibles son los nombres. Empezando, claro, por el nombre de Mozart, pero también aparecen: Dante, Beatriz, Julieta, Van Gogh, Gulliver, Otelo, Juan Rulfo, Pedro Infante, entre otros. Gracias a la onomástica en la literatura, la simple mención de los nombres provenientes de otros relatos despliega en nuestra mente el recuerdo que tenemos de esos personajes; los nombres comprimen información por sí mismos, sobre todo si provienen de un pasado ya conocido para el lector.

Mencionar a Mozart nos ubica en un contexto que alude a un país lejano a México, en este caso Austria, y a un tiempo lejano a éste, como es el siglo XVIII. De alguna forma es a lo que los museos también nos invitan: a transportarnos a otros espacios. En el relato titulado “El señor Mozart”, el autor afirma: “El señor Mozart tiene una estatua en la plaza más hermosa de la ciudad, donde aparece un rostro y una figura que le ayudan, o precisemos, si no hubiéramos visto su rostro en pinturas y retratos diríamos que en definitiva ése no es el señor Mozart.” Asimismo, si no hubiéramos escuchado el nombre de Mozart previamente, ¿cómo podríamos ponerle rostro a este personaje? En este libro se describen muchos mundos donde los nombres propios son un elemento importante para que los lectores recorramos los espacios propuestos.

Otro aspecto útil para la configuración museográfica sugerida es la construcción de estampas, a veces ecfrásticas, que se encuentran distribuidas a lo largo del libro. En varios momentos se describen paisajes como si se tratara de una pintura. Por ejemplo, en “Crepúsculos en Arles” podemos leer: “Al forastero le gustaba caminar a las orillas del Ródano en los crepúsculos estivales. Se deleitaba mirando cómo el sol poniente creaba en el cielo y en las aguas unas tonalidades delicadísimas de Malvas, de índigos, de anaranjados, de rojos, como si Monet los acabara de pintar.”

En otras ocasiones, aunque no se hable exactamente de pinturas u obras plásticas, se describen las situaciones como si se trataran de estampas; así ocurre en “Candelaria” donde se describe la ciudad de Bogotá. En estos casos se reconoce la influencia que el mismo autor menciona con respecto a Julio Torri y Charles Baudelaire: autores que también se dedicaban a detallar una escena, no a través de sus acciones, sino de sus imágenes, paisajes y colores.

En la misma línea de la estampa y la pintura, llama la atención el relato de dos páginas titulado “Abuelo pintaba paisajes”. Aquí se observa la mención, nuevamente onomástica, del apellido Campos que nos remite directamente al apellido del autor. En segundo lugar, este abuelo Campos es pintor y el narrador en primera persona aprecia la pintura a través de él. Por esto permanece la sugerencia, siempre ficcional, de la figura autoral con importantes influencias respecto a las artes plásticas.

En la nota introductoria el autor advierte que además de estampas encontraremos recortes autobiográficos en el libro. Y, en efecto, sobresalen distintos guiños que nos refieren al autor real. Así como aparece el apellido Campos, podemos notar en algunas ocasiones el nombre de Marco Antonio, como ocurre en los cuentos “Violeta” o “Un regalo”, además de otras referencias a datos concretos del autor, como el mundo académico en universidades, congresos y en la relación con otros escritores. En estos casos hacemos contacto con el museógrafo, quien nos plantea el recorrido y nos comparte sus anteojos.

Además de la referencia a autores representativos y guiños biográficos, la Historia está representada con períodos concretos. En “El enfoque de los hechos (carta a un historiador universitario)”, se discute el lugar donde yacen los restos de Hernán Cortés y Cuauhtémoc, pero en especial se pone en entredicho el modo de construir la Historia ante la comprobación científica y fehaciente de los datos. También se atañe a momentos clave como el caso de la matanza de 1968, en “Un verso y el 68” o en el relato “El reportero y la niña”. Y siempre es destacable la relación de la historia con la ficción, como ocurre al contar la vida de artistas plásticos en “Por una juventud sana (Zadkine y Marevna)”. O la historia que refiere a la muerte del poeta mexicano, en el relato “Las cenizas de Rubén Bonifaz Nuño”.

Otro modo de construir la historia, ya no universal sino cotidiana, es por medio de un narrador que delega el acto de narrar a otro personaje, es decir, a otro narrador. Para aclarar este aspecto es útil reconocer la influencia que el mismo Marco Antonio Campos advierte respecto a Jorge Luis Borges. Con la lectura del autor argentino también es posible viajar a lugares lejanos y, como si estuviéramos dentro de un sueño, codearnos con personajes ilustres. En “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, el narrador en primera persona dialoga con Bioy Casares, así como Marco Antonio convive con Eduardo Casar en el relato “Un regalo”.

Dentro de la literatura de Borges los sueños también son importantes para narrar, viajar y transportarse a otros momentos. Un ejemplo de esta influencia en Campos se encuentra en el inicio de “Murallas”: “Un hombre de Alejandría soñaba hacia la segunda década del siglo con un hombre más joven que soñaba en Praga y con otro aún más joven que soñaba en Buenos Aires, que a su vez soñaban y los soñaban y soñaban lo mismo: la construcción de castillos y dédalos a los que entraban y no podían salir.” Finalmente, ambos autores demuestran que todas las grandes historias se repiten en una especie de bucle, por lo que ya sea un Borges o un Campos tienen la absoluta libertad de plantearnos otras aristas y otras posibilidades de tratar los hechos.

En El señor Mozart y un tren de brevedades hay apelaciones a otras historias, a personajes ya conocidos o el descubrimiento de nuevos actuantes a los que también vale la pena poner atención. Cada elemento está colocado en equilibrio para apreciarse como una pieza única y en conjunto observar una instalación de recuerdos provenientes de otros espacios que se conjugan en uno solo, como acontece en los museos.

 

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