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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

El efecto hamburguesa

 

Hoy que escribo esto nos amanecimos con la noticia de que los demócratas estadunidenses recuperaron el Congreso, pero por un pelo. El Senado se mantiene como una trinchera republicana. Bolsonaro, en Brasil, amenaza con la disolución de los periódicos que lo criticaron; Trump hace lo propio con los demócratas si se persiste en investigar sus relaciones con Rusia. Es como en el cuento “El ruido del trueno” de Ray Bradbury, en el que unos cazadores se van de safari a la prehistoria y uno comete el error de pisar una mariposa. El destino de ese pequeño insecto modifica la historia entera. Los cazadores vuelven a su momento y encuentran el mundo gobernado por unos brutos desalmados.

Es, para decir lo menos, desconcertante. Ni a los brasileños ni a los estadunidenses que votaron por este par les importa un comino la corrupción, aunque haya sido una de las banderas de las campañas, una de las más visibles. Ambos presidentes son financiados por grupos con intereses muy claros: los fabricantes de armas, fortunas de derecha, anticonservacionistas con los ojos puestos en la explotación del Amazonas, los sospechosos de siempre. Las campañas de estos dos se han centrado, además, en la promesa --imposible de cumplir-- de convertir a sus países en bastiones blancos, donde la familia tradicional reine soberana mientras los gays, negros, indígenas y otros sectores de la población considerados “peligrosos” son segregados de nuevo. Entre ellos, las mujeres.

Las mujeres con su ambiguo lugar en la sociedad tradicional. El lugar de reina amordazada, de subordinada, de obediente productora de hijos. O de puta, el falso dilema. Esa minoría que sólo es menor en cuanto al trato que recibe, no al número, se ha traicionado a sí misma de la forma más terrible. Basta ver a la grotesca Sara Fernanda Giromin, la célebre “feminista curada” del Brasil, para entender lo que digo. Esta mujer, antes una feminista estridente, proclive a la acción irritante y carente de discurso, es ahora la vocera de los sectores católicos más rancios. Se asume fascista y propaga unas mentiras rarísimas, como que las feministas se la pasan en orgías. No sigo porque todos sabemos cómo va la cosa. En México no se cantan mal las rancheras. México, macho, violento, bronco y misógino.

Pero estas líneas son acerca de dos países de América: enormes, auténticos continentes desgarrados por el odio, por el fascismo y el culto a la violencia. El efecto hamburguesa del que hablo no es la documentada y criminal explotación del Amazonas por los ganaderos y los grandes consorcios de comida rápida: es la contaminación del mundo por una figura al mismo tiempo patética y peligrosa, el bufón armado hasta los dientes que se regodea en su ignorancia y su soberbia. No sé si Bolsonaro hubiera llegado a la presidencia sin el antecedente de las campañas impulsadas por bots. Su campaña fue una copia de la de Trump. No es ningún secreto que Steve Bannon se reunió con el hijo de Bolsonaro en agosto. A nadie le mueve un pelo.

¿Por qué las personas están dispuestas a ser engañadas?

Se me ocurre que tanto Brasil como Estados Unidos tienen terribles capítulos de prosperidad basada en la esclavitud. El racismo y la incapacidad para integrar de forma justa y democrática a la población negra ha dado como resultado esto que vemos.

El racismo y el miedo al pobre; el miedo al crimen y el culto a la violencia. La fantasía de la sexualidad de los negros –y en Estados Unidos de los “mexicanos violadores y asesinos”– aunada a la realidad de una violencia que tiene sus raíces en la desigualdad, inclina a estas mujeres a votar por un “hombre fuerte”. En el caso de Bolsonaro por un sicópata descarado.

Está la mesa puesta. Un auténtico banquete, pero no de soluciones, sino de violencia “ordenada”, segregada. Y sirviendo la mesa, mujeres calladas, dizque seguras.

Hora de leer “El cuento de la criada” de Margaret Atwood. Ay.

 

 

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