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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

 

Daniel Barenboim, un clásico rebelde

 

El chico que organizaba una de las filas de entrada se desconcertó con nuestra pregunta: ¿este es el perfil de la audiencia que asiste al Festival de Humanidades de Chicago? Luego de un largo silencio, asintió. Es una lástima, añadimos. ¿En dónde están los jóvenes? Uniformado como voluntario, el chico movió la cabeza y subió los hombros sin despegar los labios. Decepcionados con semejante diálogo, entramos.

Fue una suerte que durante el breve viaje consiguiéramos lugares para el Harris Theater del Millenium Park, a unos metros del imponente pabellón diseñado por Jay Pritzker para conciertos de gran envergadura. Lo que presenciaríamos sería la conversación entre el eminente director de orquesta Daniel Barenboim y el conductor radiofónico Richard Steele; un encuentro diseñado alrededor de temas políticos que antecedería al Octeto Mendelssohn dirigido por Michael Barenboim, hijo del homenajeado.

Tras los agradecimientos de rigor, la sala celebró sonoramente el regreso del argentino a Chicago, cuna de una de las orquestas sinfónicas con las que más ha trabajado en su vida. Sentado al centro del escenario vacío, lo primero que dijo don Daniel fue simbólico: “Por favor enciendan las luces de la sala; me gustaría ver los rostros de la audiencia.” (Ver el rostro del otro, pedir luz para que exista ante uno y, aceptando su existencia, platicar.)

Observando nuestros semblantes atónitos, el pianista judío se lanzó a espinosos asuntos del problema palestino-israelí, sin tomar partido, señalando lo que ha venido repitiendo desde la creación de su Divan Orchestra en 1999. Es un error suponer que un grupo de instrumentistas puede cambiar el estado de las cosas. Lo que intenta el proyecto fundado por él y Edward Said es mostrar la necesidad que tienen los unos de los otros para que exista la música. Entonces las partituras se vuelven alegoría de las empresas humanas que requieren entendimiento. Por ello, los miembros del conjunto creen que las cosas no cambiarán sin la sensibilidad para escuchar la narrativa del otro: en tanto Palestina no reciba reconocimiento Israel no podrá garantizar su propia seguridad.

Provenientes de esos dos países, más invitados de Líbano, Siria, Jordania, Egipto, Alemania y España, los músicos de la Divan Orchestra muestran su valentía pues, como se imaginará nuestra lectora, nuestro lector, no son bienvenidos en muchas de las geografías en conflicto. Ellos apelan a la aceptación de un doble Estado en el que desaparezca el encono. Y no. No se trata de un conjunto para la paz. La paz no se consigue con música, recalca Barenboim. Lo que estos hombres y mujeres ejercen es comprensión, paciencia, coraje y curiosidad para aceptarse entre sí. Su objetivo es ser escuchados y complementarse con perspectivas distintas.

Se trata de un mensaje de humanidad y solidaridad ajeno a la política convencional, lejano a soluciones militares; una misión que acepta la relación –filosófica, psicológica e histórica– entre quienes cohabitan una región trascendental para las religiones del mundo, golpeada por la incomprensión. Algo que celebramos como reflexión dentro de un festival dedicado a las humanidades en donde caben las obras de los artistas pero también sus palabras sobre procesos, preocupaciones y metas que superen en importancia al éxito económico o al reconocimiento estético.

Es por ello que tras el magnífico encuentro y concierto del Octeto (Michael Barenboim es un dotado violinista y director), ya con la lluvia sobre los hombros, lamentamos de nueva cuenta la ausencia de melómanos jóvenes. Ellos serán los siguientes participantes en una conversación que necesita transformarse y que no se manifiesta en los conciertos y festivales de rock-pop, políticamente correctos, allí donde se evita la incomodidad intelectual.

Resuena así la palabra Diván, ese sillón que invita a la confesión abierta y que en países del Oriente Medio significa Consejo Gubernamental; un espacio para el acuerdo y la reconciliación, temas urgentes que aplaudimos en el universo de Barenboim, un auténtico rebelde del universo clásico. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

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