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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Tragaluz, de Buil y Sistach

Hace cuarenta años conocí al escritor más promisorio entre tantos cumplidores que ya despuntaban a fines de los setenta del siglo pasado. Era José Buil y hacía la ronda con otros exalumnos de Gustavo Sainz, empleados en Literatura del INBA y colaboradores de Su otro yo, revista de época. Él acababa de escribir una crónica que desató la ira de La Mafia. Y como ni evadía hablar del trance ni menos se quejaba de esa inquisición, pocos sabían que aquel intelectual joven, de vista clara y actos sutiles, contundentes, fuera un proscrito de Las Letras metido en Televisión Educativa de la SEP para sobrevivir. Sin embargo su enorme talento literario sale del clóset cuando y como le da la gana. Así, en 1985, Mortiz publicó el libreto de Ahí viene la plaga, ópera rock de un trío clavado en el alucine del cine: José Agustín, Gerardo Pardo y el tal Buil, quien se siente satisfecho como escritor que realiza filmes “haciéndose pasar por humilde guionista”, pues la del cineasta es una pretensión soberbia visto “el chingo de billete que se necesita, como todo mundo sabe”.

Hace treinta años él y Maryse Sistach fundaron Producciones Tragaluz, cuya exitosa lista de largometrajes empieza con Los pasos de Ana (1988) y sigue un año después con La leyenda de una máscara (comedia remake de Adiós ídolo mío, realización que generó otro lío inquisitorial). Anoche soñé contigo (1992, comedia), La línea paterna (epifanía de amor biográfico, 1995), El cometa (1996, cuyo negativo está preso en París por idiotez humana e indiferencia de Imcine) y La balada de John O’Reilly (1997, sobre la invasión gringa de 1847, filmada en 16 mm, no apata para ciertos hígados), son películas que anteceden a la imprescindible trilogía Perfume de violetas (2000), Manos libres (2003) y La niña en la piedra (2005): nadie te oye, nadie te habla y nadie te ve, respectivamente. La pareja Buil/Systach, imbatible, chingona, ejemplar, continuó con Producciones Tragaluz (PT) realizando El brassier de Emma (comedia, 2006), Lluvia de luna (2010), La fórmula del doctor Funes (comedia basada en el texto de Pancho Hinojosa, 2013) y Los crímenes de Mar del Norte (2016, lo más leal que he sabido de Goyo Cárdenas). Películas cosechadoras de Arieles, todas ellas probadas en el circuito comercial y seleccionadas para Berlín, Venecia, Cinéma du Réel, La Habana, Gramado San Sebastián, Huelva, Sitges, Guadalajara, Monterrey, Guanajuato, Moma de NY y para Karlovy Vary, donde obtuvieron el Premio Especial del Jurado.

Mucha estrella del cine mexicano ha actuado en filmes de Tragaluz, pero sólo mencionaré a otras, no todas, que debutaron ahí en largometraje: Pía Buil Sistach, Damián Alcázar, Martín Altomaro, Ana Claudia Talancón, Diego Luna, Ximena Ayala, Nancy Gutiérrez, Luis Fernando Peña, Ana Paula Ramírez y Naia Norvind. “Maryse y yo pasamos mucho tiempo sin filmar –dice–. Las carpetas de producción que debemos hacer son infernales, y más para quienes creíamos que nos íbamos a dedicar al puro arte mondo y lirondo (trabajamos mucho pero mucho más tiempo como administradores que como guionistas, realizadores y editores).” Pepe calcula que en estos treinta años él y Maryse ya debían tener “de menos otras doce películas”… Pero, ¿cómo? Cómo, con jurados y funcionarios que los rechazan por errores de contabilidad (reparables) y no por fallas dramatúrgicas (irreparables artísticamente). Cómo, con criterios miopes o de plano corruptos, clientelares y patrimonialistas, al repartir los ya de por sí limitados apoyos. Cómo, con los monopolios, el congelamiento de guiones y una variada ineficiencia y estolidez señalada y vuelta a señalar en estas páginas por Luis Tovar, con quien he hablado del tal Buil. “Ojalá –dice Pepe– se retomara aquel viejo criterio que una vez nos abrió la puerta: el guión que se filma es el bueno, no las puñetas de los cuates. Y del negocio de taquilla mejor ni hablar, estamos como la mojarra…”

 

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