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Carmen Parra y El penacho del Amazonas

Pintora del vuelo, el viento, los ángeles, el aire, Carmen Parra busca una quimera: pintar lo invisible. Sus pinceles exhalan el soplo que infunde al alma la gracia de ver lo etéreo. Lo invisible escapa sin duda a la percepción ordinaria de la vista, pero puede ser percibido con otros sentidos. No vemos el viento, pero sentimos sus efectos cuando nos roza el rostro o hace temblar las hojas de los árboles. Y es este temblor lo que capta la pintura del artista. Durante un instante de epifanía, aparecen el vuelo, el viento, los ángeles, el aire. Parpadean las alas de la mariposa monarca, del quetzal sagrado, de un águila, del arcángel San Miguel. El viento anima las velas de carabelas y galeones volando sobre las olas del mar, “Ce toit tranquille où marchent les colombes,/ Entre les pins palpite, entre les tombes…” (“El cementerio marino”, Paul Valéry).

Lo etéreo toma cuerpo cuando la luz se hace. De la pintura de Carmen Parra surgen las figuras de lo invisible, plasmadas en sus telas vibrantes, donde late el tictac de la naturaleza viva.

Pero Carmen no se limita a pintar. Protege el medio ambiente para conservar la vida de la mariposa monarca, resucita un cuadro destruido de Caravaggio en Palermo, anima la escultura de Paulina Bonaparte en Venus Victrix de Canova, retrata un águila que la mira pintarla y asiente a los trazos de sus pinceles, reproduce en sus cuadros la Catedral de México o la Torre Eiffel. La preocupan las especies en vías de extinción y escucha el canto de los delfines cuando se aísla en La Querencia, a la sombra de una palapa, frente a la inmensidad del océano Pacífico.

Aunque no deja de asombrarme, Carmen Parra no me sorprende cuando me comunica uno de sus últimos proyectos: “El espíritu de Río”.

A iniciativa suya, la idea parece simple: devolver al Museo Nacional de Brasil, incendiado el pasado 2 de septiembre, El Penacho del Amazonas. Esta bella pieza etnográfica fue un regalo para México, destinado a exhibirse en el Museo Nacional de las Culturas de Ciudad de México. Este gesto de solidaridad obedece a una convicción expresada por Carmen Parra y otros intelectuales mexicanos: la necesidad y urgencia de mantener viva la memoria cultural de las naciones, columna espiritual y alma del pueblo, en armonía con la naturaleza, si se pretende vivir en una sociedad más justa y libre.

El incendio del museo brasileño ocurre justo dos siglos después de haber sido fundado por Juan VI, rey de Portugal. De un acervo de más de veinte millones de piezas, sólo pudo salvarse un diez por ciento de ellas.

Devolver El penacho del Amazonas al museo, administrado por la Universidad Federal de Río de Janeiro, es también una manera de reforzar la amistad y lo lazos culturales entre Brasil y México. Esta pieza etnográfica fue un regalo a Luis Donaldo Colosio, entonces secretario del Desarrollo Social, cuando encabezó la delegación mexicana durante la Cumbre del Medio Ambiente realizada en Río de Janeiro, en junio de 1992. Ya hace veinticinco años, Colosio se refería a un desarrollo equitativo y durable que garantice el uso racional de los recursos de la tierra, la única que tenemos.

A su regreso a México, Colosio visitó una exposición de Carmen Parra sobre la naturaleza y su conservación, y decidió que El penacho del Amazonas debía estar en manos de esta artista, tanto por considerársela en México “pintora de la naturaleza” como por su cercanía con Brasil, donde residió algunas temporadas y presentó las exposiciones: La morte de la bicicleta, Mariposa Monarca y Barroco. La artista prefirió entregar el penacho al Museo Nacional de las Culturas, de cuyo patronato es parte, donde quedó integrado a sus colecciones.

Asesinado en marzo de 1993, Luis Donaldo Colosio inspira ahora el “Espíritu de Río” que rinde homenaje a su memoria, ligada al pueblo brasileño, me escribe Carmen, al lado de dos fotos de El Penacho del Amazonas.

A diferencia de las plumas de quetzal que forman el penacho de Moctezuma, el penacho del Amazonas es de plumas de papagayo. Un ave que habla. Palabras sin sentido o, acaso, con un sentido oculto. Papageno, el hombre-pájaro o pajarero, personaje de La flauta mágica, ópera iniciática de Mozart, es la encarnación humana del papagayo. Papageno, servidor de la Reina de la Noche, acompaña al príncipe Tamino a rescatar a Pamina. Para salvarla, pasan varias pruebas de iniciación. Una de ellas es la del silencio. Ni miedo ni amor deben arrancarles una palabra. Desde luego, Papageno es incapaz de callar. Canta acompañado de la flauta mágica y campanillas. El oráculo calla mientras no llega el momento de la revelación. Sus palabras misteriosas son interpretadas sólo por iniciados. Papageno habla y canta. Se le perdona porque es un “hombre primitivo, que se contenta con el sueño, la comida y la bebida”. Iniciados, Tamino y Papageno triunfan de la noche y las tinieblas con el día y la luz. El penacho del Amazonas podrá insuflar de nuevo al oráculo el espíritu de Río.

 

 

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