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Cinexcusas
Por Luis Tovar

La reinvención

En un país que, como el nuestro, es reinventado en términos mucho más que simbólicos cada seis años, los cambios de gobierno generan una cantidad de expectativas cuya lejanía de la objetividad y la mesura las vuelven inalcanzables de origen. En consecuencia, sexenio tras sexenio la frustración ha sido el primer –y cuántas veces el único– resultado visible.

Empero, lo que México vive desde ayer, sábado 1 de diciembre, y en buena medida a partir del domingo 1 de julio, no es sólo un cambio de gobierno sino de régimen, y más allá de consideraciones teórico-políticas que permitan entender la diferencia entre gobierno y régimen, cualquier mexicano promedio puede advertirla en el clima social que ha imperado los últimos cinco meses –por cierto, sin que la preferencia política de cada quien afecte la percepción–: para decirlo rápido y fácil, si el cambio acaecido esta vez fuese de gobierno solamente, no habríamos pasado por las turbulencias mediáticas, políticas, ciudadanas y hasta económicas en las cuales ha venido asomando la cabeza una resistencia al cambio que se ha ganado a pulso el apelativo “reacción”, que en eso y nada más consiste, por citar sólo un ejemplo, la reciente negativa de los partidos políticos minoritarios en el Congreso a retirar el fuero, figura jurídica garante de impunidad para quienes, como la gran mayoría de altos y medianos funcionarios del régimen oficialmente fenecido ayer –y ojalá que de verdad y para siempre–, medraron al cobijo de una corrupción rampante y descarada.

Dichas turbulencias tienen que ver con esa suerte de “hasta aquí creció la milpa” implícito en la asunción al poder de alguien que, con todas las reservas y matices que se le quiera poner, lleva muchos años pugnando porque el país sea conducido por una vía diferente –cuando menos en lo sustancial– a la marcada por el más puro y duro neoliberalismo, doctrina económico-política que es la causante única y directa del actual estado de las cosas, a saber: brutal empobrecimiento colectivo, criminal concentración de la riqueza, la citada plaga de corrupción, conversión de gobiernos endémicamente débiles en simples gerencias obsecuentes, perversión y rebase institucional a manos de la llamada delincuencia organizada y, como funesta consecuencia, la totalidad del territorio nacional vuelto campo de batalla, fosa y cementerio, con cientos de miles de muertos, desaparecidos, desplazados…

 

Un trabajo colosal

 

No le llamamos así quizá por simple y comprensible negación de una realidad que apabulla, como si negarla tuviera la virtud de desaparecerla, pero la que ha vivido México al menos en los últimos doce años es una total y absoluta tragedia, cuya dimensión presente se conoce y comprende más bien de manera incompleta, y cuya dimensión futura es aún incalculable en términos de qué y cuánto hace falta para frenarla y revertir sus efectos. El primer paso consiste en reconocer que esta es nuestra realidad; el segundo, en sumarse al trabajo colosal que debemos emprender para transformarla.

Es aquí donde la cultura entra en escena: aunque no sea ese su propósito explícito, las artes en particular y todas las manifestaciones del espíritu en general poseen la capacidad de transformar, ya que no la realidad misma, sí dos elementos fundamentales de ella: la percepción y la postura con la que se le enfrenta. Por si hiciera falta mencionarlo, no se habla aquí de arte panfletario, ideológicamente inducido, ni de cualquier otra tergiversación de la esencia del cometido cultural, sino de algo más bien inherente a todas las expresiones del arte: su condición de espejo fiel, de vaso comunicante abierto, receptor y difusor del clima espiritual tanto de quienes generan como de quienes reciben esas manifestaciones del cuerpo colectivo llamado nación.

Esa es la tarea del cine; no de ahora, sino desde siempre, pero en función de la oportunidad y el deseo –y es de esperarse que también la capacidad– de reinventarnos una vez más, cabe esperar que nuestra comunidad cinematográfica esté a la altura.

 

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