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Fernando del Paso poeta

Fernando del Paso se definió como esclavo del lenguaje y, a la vez, como amo y señor de sus palabras. Expresó: “Si la escritura es o no un instrumento eficaz de revelación del mundo es cosa que no me interesa; es el instrumento que yo poseo y, para mí, el hecho de buscar la verdad, en la forma en que lo hago, le da más sentido a mi vida que el imposible encuentro con esa revelación que, por final, sólo le daría sentido a mi muerte.” Y concluyó: “Lo que busco es otra serie de verdades a través de la escritura.”

Habiéndose iniciado como poeta, en 1958, con sus Sonetos de lo diario, en la célebre colección Cuadernos del Unicornio, publicados por Juan José Arreola, Del Paso irrumpió después como uno de los grandes novelistas de la lengua española, pero no abandonó nunca el género poético en el que le gustaba expresar lo cotidiano, jugar con el idioma y maravillarse y maravillarnos con los significados a veces insólitos y otras simplemente inadvertidos del oficio de vivir.

Treinta años después de su librito Sonetos de lo diario, publicó De la a a la z por un poeta (1988), al cual siguieron otros libros de versos lo mismo para niños que para el público general: Paleta de diez colores (1990), Sonetos del amor y de lo diario (1997), Castillos en el aire (2002), Encuentra en cada cara lo que tiene de rara (2002), PoeMar (2004), Ripios y adivinanzas del mar (2004), Maricastaña y el ángel (2005) y ¡Hay naranjas y hay limones!: pregones, refranes y adivinanzas en verso (2007).

Hace ocho años, en noviembre de 2010, lo llamé por teléfono y le pedí que nos honrara en ibero, Revista de la Universidad Iberoamericana con algún inédito suyo. Lo hizo, amable y afablemente, y me envió, por fax (él usaba todavía el fax), cuatro poemas de un libro en preparación que incluso anunció, pero no llegó a publicar: Poemas para estar solo. Esos cuatro poemas son “La rosa”, “Revuelo culinario”, “El caracol” y el que da título a ese libro que sigue inédito. Estos poemas aparecieron en el número 11 de ibero, correspondiente a diciembre de 2010-enero de 2011, anunciados en la portada con el título “Poesía inédita de Fernando del Paso”.

De ese libro publicó otros tres poemas (“Inopia”, “Cuestión de identidad” y “Cuando murió mi madre”), año y medio después: en el número 5 de la revista Nueva Era (mayo de 2012), con el desacierto editorial del crédito tan disminuido que únicamente aparece con pequeño puntaje en una ficha curricular en la página 112. De no ser por el índice de dicha revista, no sabríamos bien a bien que esos tres poemas son de Fernando del Paso.

Cuando le fue concedido el nombramiento de Maestro Emérito de la Universidad de Guadalajara, en noviembre de 2005, se menciona, en el informe de justificación ante el Consejo General Universitario, que el poema “Revuelo culinario” se publicó por vez primera “en la edición número uno de la revista literaria tapatía Última”.

Amo y señor de sus palabras y, a la vez, esclavo del lenguaje, Del Paso es un orfebre en cada uno de sus poemas. La sencillez que consigue es producto de un trabajo paciente y esmerado. La belleza, la delicadeza y el humor se nos aparecen a cada momento en sus versos que son otra vertiente de su pródiga fantasía y de su profunda comprensión de la existencia. He aquí los cuatro poemas de ese libro anunciado y aún inédito, Poemas para estar solo, que publicamos en ibero en 2010

 

Cuatro poemas

 

 

La rosa

 

La rosa se deshoja con el viento,

se hace cenizas, la rosa, con el sol.

La rosa se pudre con la lluvia

y en la tierra entierra, la rosa,

su esplendor.

 

 

 

Revuelo culinario

 

Bullen las madrigueras

de la cocina:

rubias manzanas

navegan, planetarias,

en el azul cuajado de la mañana,

y encarna la pimienta el alma

de una abeja malvada.

 

Se caen, de las cebollas,

las túnicas que predican

la pureza del llanto,

e ilustres espadas de apio,

de verde alcurnia,

se ahogan en la sangre mariana.

 

Las nueces, encarceladas,

agonizan

de perfidia íntima.

 

 

 

Poemas para estar solo

 

 

I

Ha sido tan larga la espera.

Y tú que llegaste sólo para herirme.

 

Yo te tenía una corona de siemprevivas

y una caricia tan larga como el año.

 

Pero no te hagas ilusiones:

sigo siendo nada

y aun así no soy transparente.

Mírame,

y verás que ya me ha besado la

oscuridad.

 

II

Esta no es la vida de un perro.

Es el peregrinar de un peregrino.

Los paisajes no me conocen:

son de aire,

y habitan en la espuma de las nubes.

Llueve dentro de mí:

y si mis labios están secos,

mi alma está empapada de fantasmas.

 

El camino debió haber comenzado hace mucho,

muchísimo tiempo,

y apenas estoy dando mis primeros pasos.

 

No hay huellas de mi nada en la nada.

 

III

Tu belleza es impronunciable.

También lo es tu crueldad.

 

Si derramas tu belleza en las miasmas,

o bañas tu crueldad con el arcoíris,

da lo mismo:

ninguna de las dos pueden ser

pronunciadas

en ningún poema.

 

IV

Te dejaste morir cada día

cada minuto de tu vida,

y no te diste cuenta.

 

Y yo que te arranqué de raíces

de tu casa de sueños,

y no supe ponerte una casa

con los pies en la tierra.

 

Y tú no te diste cuenta.

 

Ahora, que estás cubierta de otra tierra,

ya estás muerta,

y todavía no te das cuenta.

 

V

La melancolía no es una flor.

No debería ser una flor.

Y sin embargo, sus pétalos te cubrieron,

uno a uno,

y se te pegaron a la piel,

y la volvieron la piel de la tristeza.

 

 

 

El caracol

 

El caracol se engaña:

pone su cara en su cola,

y no pasa nada.

 

Entonces, el caracol se espanta,

y se le cae la baba.

 

En el caracol del sol,

en el caracol de tierra,

en el caracol del mar,

en el caracol del viento:

allí está mi casa.

 

El caracol siempre,

pero siempre,

vuelve a las andadas.

 

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