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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

La luciérnaga poética de Silvia Peláez

Las conmemoraciones del Movimiento del ’68 actualizaron varias visiones que destacados dramaturgos y directores mexicanos pusieron en escena. Había comentado que entre ellos está Flavio Gonzalez Mello, con Olimpia, y David Psalmón, con la puesta en escena de Auxilio, abordó el tema a partir del episodio de la poeta uruguaya Alcira Soust. El argumento se inspira en un hecho real, bajo una interpretación libérrima: el encierro forzado –durante la ocupación de la UNAM por el ejército– de la poeta uruguaya Alcira Soust Scaffo durante trece días en los baños de la Facultad de Filosofía y Letras.

Dice Psalmón que crear un “espectáculo” sobre esta época, cruzando las miradas francesas y mexicanas, va mucho más allá de un homenaje (necesario) a las víctimas de Tlatelolco: “Nuestra intención es la de insuflar una necesaria reflexión, una mirada crítica pero también esperanzadora sobre estos acontecimientos, a través de la estimulación de la creación colectiva, el pensamiento crítico, el arte vivo y la poesía activa.” Director de Teatrosinparedes, francamente interesante y polémico, Psalmón se hace preguntas clave, como ésta: ¿En qué cambió esta época nuestras vidas y nuestras perspectivas, y qué queda de ella hoy en día?

Hay que decir que Alcira Soust vuelve a la vida resucitada por el reanimado y sobrevalorado Roberto Bolaño, quien –también hay que señalar– fue mezquinamente borrado junto con sus amigos contemporáneos por una especie de conjura “bienpensante” que supo hacerle creer a una gran parte del México lector que no había más literatura que la que hacía y leía un grupo de escritores poderosamente acomodados y prácticamente dueños de las instituciones culturales emergentes y en consolidación después del Movimiento del ’68.

En ese marco aparece Luciérnaga, otro proyecto de conmemoración universitaria, fundamentalmente musical, pero que tiene la virtud de contar con un libreto breve, altamente poético y sugerente escénicamente, de Silvia Peláez, una probada dramaturga, ahora distinguida con la beca del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Luciérnaga, ópera de cámara para soprano, actor, ensamble y multimedia, surge de la coincidencia entre Silvia Peláez y Gabriela Ortiz por el interés en el personaje de Alcira Soust.

En la documentación sobre la ópera se explica que ambas habían leído Amuleto, novela de Roberto Bolaño y se “fascinaron” con el personaje. Cuando decidieron colaborar en la creación de una ópera, Silvia Peláez “descartó la posibilidad de trabajar a partir de Bolaño, pues tratándose de un personaje real prefirió acercarse a fuentes originales y documentales, entrevistando a poetas que conocieron a Alcira en el ’68. Trabajó el libreto desde tres ejes: la historia real del ’68, la metáfora y la palabra dramática y poética, yuxtaponiendo imágenes para crear un mundo onírico y doloroso, político y poético”.

Hizo bien, pues lo que finalmente logró fue un libreto altamente poético, representable desde prácticamente cualquier espacio mental donde exista una experiencia de aislamiento y de indagación de la identidad. Su capacidad de enfrentarse a la oscuridad, al silencio y al espejo recuerdan las exploraciones de Lars Von Trier, por su desnudez y su sentido de la teatralidad sobre la escena, con todo y que lo suyo es sobre todo la dramaturgia.

Desde la postura de lo femenino hubiera sido fácil para Peláez compadecerse de “la poeta”, pero lo que hizo fue compadecerse de todos los hombres, aunque la representación escénica sea una entidad femenina. Nuestra madre nos mira, somos nuestra madre en esos compromisos existenciales donde se juega la vida, pero también somos la parentalidad que nos permite sobrevivir y crear una dualidad dialógica como la que logra la dramaturga en el corazón mismo de ese monumento sonoro lleno de complejidad, modernidad y contemporaneidad que consigue Gabriela Ortiz en una puesta en escena que, para nuestra fortuna, puede consultarse y descargarse de la plataforma digital de TVUNAM.

 

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