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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

El espejismo de nuestra generosidad

para Dilia Ramírez

 

Me temo que uno de los males más arraigados en México es el racismo. Ya sé, ya sé, aquí siempre hay quien se indigna, “¿Racismo en México? Noooo, aquí nos caen muy bien los negritos.” Ya estuvo suave. Que no hay racismo, admitámoslo, es un mito que se ha disipado en los últimos años. Tan irreal como la llevada y traída “hospitalidad mexicana”, que en muchas partes del país sólo se ofrece si eres blanco, rico, o lo pareces.

Los pocos afromexicanos o personas de raza negra que viven en México podrían albergar opiniones más realistas. Por ejemplo, lo que los futbolistas negros tienen que oír en los estadios mexicanos cada vez que desaprovechan un pase, basta y sobra. México es un país racista: enfurecerse cada vez que alguien lo señala sólo demuestra que somos, además de racistas, incapaces de mantener un diálogo mínimamente civilizado con los demás.

Uno de los escasos motivos por los que me gustaba recordar la historia reciente de México era la actitud de los mexicanos ante los refugiados españoles, argentinos, chilenos y uruguayos que llegaron, como hoy la caravana de migrantes, huyendo de la violencia y la represión. Se les abrieron las puertas. Pero nosotros no somos como fueron nuestros abuelos o nuestros padres. Hasta lo más íntimo se ha deteriorado. Si los tijuanenses no se sienten capaces de dar la mano, llevar una botella de agua o una gorra a los migrantes, nadie los juzgará. Pero tener la energía para escribir una pancarta e ir a insultar a pobres de solemnidad que vienen a pie, dejando todo atrás, sin nada, eso es ser un racista y un xenófobo cobarde. Hay niños indefensos en la caravana.

El racismo ensucia la mayor parte de nuestros mexicanísimos intercambios; le llena la boca a quienes insultan con las palabras naco, chairo, chayote, indio, gato, etcétera; les agiganta el ego, les da el valor que les falta en la vida para tener caridad, para no dejarse engañar, para imaginar el sufrimiento ajeno.

Y, ay, en los últimos días se ha manifestado vigorosamente en Tijuana, en la conducta de quienes injuriaron y agredieron a los migrantes. Miro las fotos, leo los tweets, las declaraciones del inepto Juan Manuel Gastélum y me muero de vergüenza. ¡Qué abundancia de insultos, de mediocres juegos de palabras (los derechos humanos son para humanos derechos, dice el señor Gastélum, con poco ingenio y menos ética), qué argumentos sin pies ni cabeza, qué baratas imitaciones de Trump!

Nashielli Ramírez, presidenta de la CNDH, ha dicho que no hay ni una denuncia por robo o cualquier delito levantada en contra de los migrantes. ¿De dónde saca Gastélum sus argumentos? Del saco de mentiras de donde los políticos corruptos toman las viejas estrategias para distraer a la opinión pública: fabrico un chivo expiatorio, en este caso los migrantes, caliento los ánimos, facilito la gresca y alejo la atención de mi muy mal gobierno, fingiendo que estoy muy alarmado por esos pobres que llegan huyendo de la violencia. Es que vienen “con cánticos”.

Hay tijuanenses que lo ayudan, que dicen que una cosa son los “asesinatos de cada día”, mismos que han aumentado desde que el señor Gastélum llegó al puesto, y otra cosa “esos migrantes”, a quienes calumnian con el mismo lenguaje confuso que usa Trump contra los mexicanos.

Hay católicos, como un señor que envió una carta denostando a Carlos Puig, diciendo que “los están manipulando con esos valores” (los valores cristianos, asumo) y que no tiene por qué aguantar esa “invasión”. A ese señor yo le pediría que regresara a leer los Evangelios para que se diera cuenta de que es su obligación no agredir a esas personas y que, si de veras es cristiano, debe ir a darles un pan y agua, por lo menos. El señor Gastélum debería acompañarlo. Dice la Biblia “¿Te sientas tú para juzgarme conforme a la ley y violas la ley ordenando que me golpeen?” (Hechos de los apóstoles, 23:3) .

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