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Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

Plegaria del viejo pepenador

Ya más para allá no hay. Esta orilla se acaba de aquel lado y de este lado atrás es sólo camino de regreso a la ciudad que levanta su espalda a la distancia y luego ya se sigue de largo por su rumbo el mundo. Esa humareda que sale delante de la choza de lámina y viejos bloques de hormigón, a la derecha de los matorrales secos, es de las que cortan los labios y encajan en la lengua un sabor amargo que también se agarra a las encías y arde en el pecho, y no hay tos que se lo saque a uno, tampoco olvido que lo arranque del recuerdo. Ahí se queda ya y se suma desde adentro al hedor que se endurece en estos aires, brisas pesadas y podridas que se estancan en la piel y corrompen el agua del aliento. Algo siempre arde despacio por ahí, en las grietas del suelo carcomido o en un hueco entre las capas que agrega inexorable a su horizonte la inmundicia. Hay noches que una llamarada truena en el silencio sus venenos. Se asustan y ladran los perros. Relumbran sus colmillos en el filo de las sombras; se encienden los ojos de las ratas en el centro. De este lado, acá donde uno puede al menos no morirse todavía, en las tardes o mañanas pero nunca a pleno sol, ando yo con un paño atado a la cabeza, una gorra o un sombrero de alas rotas y caídas que me halle, y un costal, un bote o una manta para hacer el bulto, a veces con guantes y camisa y otras no en los tantos años sesenta que ya fueron. Era niño si lo fui cuando empecé, y subo y bajo desde entonces las lomas que dilata el bordo. En los enjambres de moscas y el color de las espumas leo sus vetas y mareas, los desechos nuevos que llegan de los hechos consumados de la vida, y separo las bolsas grandes de las chicas y me asomo y hurgo en cada una. Arrastro, jalo, rasgo, empujo y rasco con los dedos, a veces con un gancho, un pico, una pala y otras no, inclinado o de rodillas, a gatas casi siempre, a ver si sí o si no me quiere lo que quiero, si me encuentra lo que busco y si me deja o se deja y saco el día de la zanja en la que está. He tenido años de cartón y vidrio; otros de latas y papel, o de telas y metales, maderas, muebles cojos o torcidos, ladrillos y cascajos, todos con sus modos de mercado y riesgo cargados a las manos, la cintura y los pulmones. Con las lluvias pulsa el lodo sus ponzoñas; en los calores el viento levanta sus tiznes y polvos de excremento y perros muertos. Van y vienen las palomas, los zopilotes y las garzas, pero nada ni nadie se salva de venir a dar aquí lo suyo que se fue. De todo y todos hay si se mira bien el vertedero y sus ramales. De tu casa viene y de tu calle y tu vecino; de las sobras de tu mesa si la tienes y si no; de tus joyas y el cianuro de su industria; de tus fiestas, tus velorios y bautizos los vasos de unicel y los listones, las coronas marchitas y pañales; de tus amores y amoríos y deseos satisfechos se amasan uno a uno los vestigios y se hacen remolinos que se hunden en las lunas negras de los charcos. De las pilas de tus juegos y la antigua infancia de tus hijos; de la espiral azul en una hoja rasgada de cuaderno; de una foto en un álbum perdido de familia si la hubo; de tus males, tus secretos o desahucios en frascos o jeringas; de partes de tu cuerpo envueltas en gasas o vendajes encostrados, y de tu cuerpo abandonado a su muerte entera sin descanso, y de la mía cada día y lo mío que aquí dejo, todo viene y se ancla al fondo de este cielo abierto sin remedio. Así me tropiezo contigo. De lo que no te sirve me sirvo; de lo que tiras me recojo y me enderezo. Como están y son las cosas ya lo ves, a mis años te lo digo ten en cuenta: el ansia incontenible que muerde en esas cosas desborda barrancas, cañadas, sumideros y pozos, y quebranta mares y detiene ríos, o viene a dar aquí, y en una de esas vueltas que dan de pronto las fortunas, tal vez entonces una tarde desasida tú pepenes por sus hoyos mi camisa…

 

 

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