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Palinuro, ¿un médico sin mañana?

El motivo de este artículo es el Premio Novela México 1975 y vio su primera edición en 1977.

 

Palinuro y Fernando del Paso, su creador, nacieron en el exDistrito Federal, hoy Ciudad de México. Palinuro perdió la vida en 1968 a manos del orgulloso y valiente Ejército Nacional, que más de una vez ha cubierto sus armas de gloria con sangre de estudiantes. Fernando del Paso falleció siendo un octogenario y colorido Premio Cervantes que no bajó la guardia ni su indignación ante la desaparición de los 43 normalistas o ante el régimen político al que vio caer, al menos en las elecciones.

Un día, digamos de diciembre de 1980, la escritora durangueña Beatriz Quiñones puso en las manos de un inquieto estudiante de medicina un armatoste de 647 páginas. “Toma –le dijo– para que te desacartones y aprendas medicina o cómo curar las letras. Palinuro de México.” Esa noche estaba eufórica porque la acompañaba un viejo líder comunista que era su nuevo y transitorio amante, de quien decía le excitaba su llantito de perro. El muchacho, que soñaba también con una sociedad más justa y pergeñaba poemas y artículos literarios, ignoraba que estaba por abrir su caja de Pandora y su delirio. Palinuro desplegó sin rubores todas las fantasías literarias y eróticas, sus potencias líricas y asociativas, sus ardores intelectuales y, como en todo joven, sus inconformidades. Cuando el estudiante pasó la última página, la del colofón, con un dejo de tristeza y de vacío porque sólo quedaba la relectura, se preguntó: ¿qué tipo de médico hubiese sido Palinuro de haber sobrevivido al destino marcado por Fernando del Paso o Gustavo Díaz Ordaz? Porque, como afirmara el poeta Alí Chumacero, en este país todos los presidentes de la República han sido autores o cómplices de crímenes. Palinuro había ganado el Premio Novela México 1975 y vio su primera edición en 1977.

El lector de dicha novela se tituló, pero al poco tiempo abandonó la carrera de médico por las letras. Se enteró de que Fernando del Paso nunca fue alumno de la Facultad de Medicina y que Palinuro, quizás como su tío Esteban, quien soñó con ejercer el oficio de Hipócrates desde que sobreviviera en las trincheras y los hospitales del imperio Austrohúngaro, nunca asistió a una clase de medicina. El tío fue un teórico y un memorioso de la ciencia médica a partir de su trabajo como vendedor de productos farmacéuticos. Ambos hicieron un descubrimiento poco singular: “Ya no hay romanticismo en la medicina.”

El joven tránsfuga comprendió tarde el gesto de su amiga Beatriz Quiñones. Palinuro traía consigo, como los ángeles caídos, su propio mensaje trasgresor. No sólo era el personaje mitológico de la Eneida, el piloto de la barca de Eneas: era también la antítesis suicida de Manuel Acuña y su doliente “Ante un cadáver”. Palinuro venía a ser el muerto que encamina, el que define el rumbo, el nahual, y ese Yo otro que dialoga con su voz y con su imagen. Palinuro no es un suicida sino un rebelde, un Dionisos disfrazado de Apolo que revienta la asepsia de la literatura médica con su discurso transgresor. Hace desfilar todos los horrores de laboratorio, todos los animales sacrificados y sometidos a crueles experimentos para encontrar respuestas a la enfermedad, el dolor y la caducidad humana. Y cómo no, por allí pasan los médicos de esa historia experimental, como el doctor Claude Bernard, padre de la fisiología moderna, el envidioso doctor Freud, al menos en la mirada de su examigo Jung, Paracelso, Servet, y hasta el Zenon de Opus Nigrum, de Margarita Yourcenar, que sin ser mencionado está en el espíritu del libro.

Una obra narrativa forjada con lo mejor de la literatura, desde el Tristram Shandi, Ulises, Las mil y una noches, El Barón de Münchhausen, Gargantúa y Pantagruel, Alicia en el país de la maravillas, y hasta el espíritu de El Bosco y Brueghel. Campea sobre todo un afán simultáneo de ruptura y tradición, de irreverencia popular y de aires de refinamiento, de cosmopolitismo y provincianismo. Palinuro es un carnaval, cierto, pero una fiesta que acaba en tragedia, una borrachera de erudición que culmina en la pérdida, si no de la razón, sí de la vida y, al mismo tiempo, en ese drama, en esa masa de presencias y de ausencias, el humor que nos pone a salvo una vez más de la demencia.

Sí, hay algunos que optamos por el camino de Palinuro y de Del Paso, y dejamos atrás la medicina para internarnos en su espacio imaginario, como Hermann Bellinghausen y Alejandro del Valle, en México, y figuras tales como Mijaíl Bulgákov, Kobo Abe, Arthur Schnitzler y André Breton. Pero hubo quienes lograron vivir en amasiato con la medicina y la literatura, como Antón Chéjov, William Carlos Williams, Mariano Azuela, Elías Nandino, Enrique González Martínez y Francisco González-Crussi, entre otros. No fue el caso de Palinuro de México ni de Fernando del Paso, que nos dan una lección magistral del cuerpo humano y sus remedios, que abren sin miramientos ese aparato biológico y lo desconstruyen, lo exhiben bajo el microscopio de la alegría y el erotismo; lo colocan, al margen de lo moral, en el foco de la imaginación y del conocimiento. Pero ninguno de los dos pudo evitar la repugnancia ante el espectáculo de la necropsia. Optaron por la idealización, afantasmaron el relato en ese cuadrante de la ciudad de la Plaza Santo Domingo, donde en 1955 egresó la última generación de médicos que, tal vez, aún creían en la frase hipocrática: “Curar el dolor es obra divina.” Como Cervantes, quien advirtió en el prólogo del Quijote, medio en broma medio en serio, sobre la trascendencia de su novela en un lejano porvenir, también Del Paso hizo responder a Palinuro, ante la pregunta de su alter ego Palinuro: “Simondor. Y así como hubo en la antigüedad un Rufus de Efeso y un Jenócrates de Afrodisia, también un día yo seré tan famoso que las generaciones venideras vincularán mi nombre con mi país de origen y me llamarán Palinuro de México.”

Hace cincuenta años murió Palinuro en la masacre de Tlatelolco, y hace unos días apenas comenzó a revivir en la memoria literaria su creador, Fernando del Paso.

 

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