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Patti Smith y el tour de la memoria

Nacida en Chicago hace poco menos de setenta y dos años, Patti Smith es una de las más reconocidas cantantes de la escena mundial. Otros detalles no menos interesantes ilustran su nombre; por ejemplo, su fascinación por la novela 2666 de Roberto Bolaño, que la ha traído en un par de ocasiones a Ciudad de México para leer Hecatombe, centenar de versos que escribió en 2014 y dedicó precisamente a la memoria literaria de Bolaño, o simple y llanamente, la pasión con la que cuenta episodios memorables de su vida en una suerte de diario titulado m Train.

Publicada no muy recientemente, pero sí insistente en la reimpresión, m Train inicia con una frase que para quien desee escribir o ya lo esté haciendo no resultará indiferente: “No es tan fácil escribir sobre nada.” Esta línea, aparentemente trágica en su creación, no es sino un gancho que Smith identifica como la ávida lectora que es. Lo sabe: una vez anunciada la tragedia, no habrá modo de parar al lector en el camino que el autor abre ante él. La primera frase es también el final, es el éxtasis de quien se sabe compañero de viaje de una mujer que ha recorrido kilómetros de mundo empujada solamente por el aplauso, ese único combustible de quien es artista.

m Train es una mezcla curiosa de diarios, memorias, supersticiones y café, mucho café. Smith ha demostrado varios talentos evidentes en el escenario; por consiguiente, no parece extraño que la prosa que ya trabaja musicalmente no le sea ajena desde otro mood. Sobre el escritorio Smith también irradia música. Es justo cuando calla y observa que regala algo igualmente necesario, una asombrosa capacidad de introspección. Todo transcurre aparentemente desde la espontaneidad. Hay incluso frases sobre el libro que revelan la aparente necesidad de Smith por escapar constantemente del caos que dejaron ciertos años y ciertos nombres; lo anterior se revela en anotaciones que deambulan entre la nostalgia y algo muy cercano al dolor. El lector puede percibir una juventud tardía en quien, a pesar de la edad, busca reiteradamente con la repetición de las situaciones perpetuar algo más que una fotografía.

Smith viaja, visita cafeterías, pide el mismo pan tostado con aceite de oliva, lee y arrastra consigo, calle tras calle, una libreta donde anotará y borrará lo que más tarde dará forma a otra clase de belleza que surge desde el silencio. Su afán epistolar desnuda sus apetitos, casi todos. Por un lado conocemos a la autonombrada detective que sintoniza puntualmente programas del tipo “La Ley y el orden”; por el otro, a una mujer que se asombra por la simplicidad que significa levantar una piedra del suelo, o aquella que encuentra en la búsqueda de cementerios un motivo para salir de la cama una helada tarde de invierno.

Sin embargo, contrariamente a lo que pudiera pensarse leído lo anterior, Smith no escribe para sus admiradores, que incluso pudieran a identificar fechas y conciertos. Por el contrario, el público lector de Smith es tan amplio como su mano sepa capaz de guiar y conectar una experiencia con otra. Si bien el tono es confesional, la lectura sobresalta por su capacidad narrativa y evidencia, a su vez, a una escritora empeñada en perfeccionar el trabajo literario que la ocupa. En ese sentido, si algo ha hecho Smith además de vivir intensamente, es leer, leer bastante-

 

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