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Silfos de “La tempestad”*

De regreso pasé por Los Ángeles y me quedé unos días en Venice Beach, que está cerca del aeropuerto. Sentada sobre las rocas, contemplé el mar escuchando música entrecruzada, reggae discordante con su revolucionario sentido de la armonía procedente de distintos radiocasetes. Tomé unos tacos de pescado y un café en el café Collage, a una mañana al oeste del paseo marítimo de Venice. No me molesté en cambiarme de ropa. Enrollé el bajo de los pantalones y metí los pies en el agua. Estaba fría, pero el tacto de la sal en la piel era agradable. No me vi con fuerzas para abrir la maleta ni el ordenador, de modo que viví con lo que llevaba en una bolsa de algodón negro. Dormí con el ruido de las olas y pasé mucho rato leyendo periódicos desechados.

Después de tomarme un último café en el Collage me dirigí al aeropuerto, donde descubrí que mis maletas se habían quedado en el hotel. Subí al avión con sólo el pasaporte, una pluma blanca, un cepillo de dientes, un tubo de viaje de pasta dentífrica salina Weleda y una libreta mediana. Desprovista de libros que leer y de entretenimiento a bordo de las cinco horas de vuelo, me sentí atrapada. Hojeé la revista de la compañía aérea en la que aparecían los diez mejores refugios de esquí del país, y a continuación me dediqué a rodear con un círculo todos los lugares del mapa a doble página de Europa y Escandinavia en los que había estado.

En la libreta tenía tres mil yenes y cuatro fotos. Dejé las fotos encima de la mesa: una era de Jesse, mi hija, de pie delante del café Hugo de la Place des Vosges; dos eran tomas desechadas del incensario de la tumba de Akutagawa, y la cuarta, la lápida de la poeta Sylvia Plath bajo la nieve. Intenté escribir algo sobre Jesse pero no pude. Su rostro tiene ecos del de su padre y del orgulloso palacio donde habitan los fantasmas de nuestra vieja vida. Me guardé las otras fotos en el bolsillo y me concentré en la lápida de Sylvia bajo la nieve. No era buena, sino más bien el resultado de una especie de penitencia infernal. Decidí escribir sobre ella. Escribí para tener algo que leer.

Se me ocurrió que estaba en racha de suicidios. Dazai, Akutagawa, Plath. Uno ahogado, otro por sobredosis de barbitúricos, y la tercera por intoxicación con monóxido de carbono; tres dedos del olvido, venciéndolo todo. Sylvia Plath se quitó la vida en la cocina de su piso de Londres el 11 de febrero de 1963. Tenía treinta años. Era uno de los inviernos más fríos que se recordaban en Inglaterra. Nevaba desde el día de San Esteban y en las canaletas del tejado la nieve alcanzaba cierta altura. El Támesis estaba congelado y las ovejas estaban hambrientas en los altos páramos. Su marido, el poeta Ted Hughes, la había abandonado. Sus hijos pequeños estaban a salvo en la cama. Sylvia metió la cabeza en el horno. Sólo cabe estremecerse ante tan abrumadora desolación. El temporizador avanzaba. Quedaban unos pocos minutos, todavía había la posibilidad de vivir, de apagar el gas. Me pregunté qué pasó en esos instantes por su cabeza: sus hijos, el embrión de un poema, la imagen de su marido mujeriego untando mantequilla en una tostada con otra mujer. Me pregunté qué fue del horno. Quizá el siguiente inquilino se encontró con una cocina impecable, un gran relicario para la última reflexión de una poeta con un mechón de cabello castaño claro atrapado en un gozne metálico.

En el avión hacía un calor insufrible, pero los pasajeros pedían mantas. Sentí el principio de una jaqueca sorda y opresiva. Cerré los ojos y busqué una imagen del ejemplar de Ariel que me regalaron cuando tenía veinte años. Ariel se convirtió entonces en mi libro de cabecera, me sentí atraída por una poeta con una melena digna de un anuncio de champú y por la incisiva capacidad de observación de una cirujana que se arranca su propio corazón. Con poco esfuerzo llegué a ver claramente mi Ariel. Delgado y rencuadernado con tela negra gastada, se abría en mi mente por la guarda color crema en la que estaba mi firma juvenil. Pasé las páginas, repasé la forma de cada poema.

Concentrada en los primeros versos, unas fuerzas impías proyectaron en el rabillo de mis ojos múltiples imágenes de un sobre blanco que frustraron mis esfuerzos por leerlos.

Esta inquietante aparición me produjo una punzada, pues conocía bien ese sobre. En él había guardado unas fotos de la tumba de la poeta a la luz otoñal del norte de Inglaterra. Para hacerlas había viajado de Londres a Leeds cruzando la campiña de las Brontë hasta Hebden Bridge y el antiguo pueblo de Heptonstall, en Yorkshire. No llevé flores; me sentí particularmente empujada a sacar la foto.

Llevaba un solo paquete de carretes de Polaroid, pero no necesitaba más. La luz era tan bonita que disparé con absoluta confianza, siete veces para ser exacto. Todas las fotos salieron bien, pero cinco eran perfectas. Me quedé tan satisfecha que le pedí a un amable irlandés que viajaba solo que me sacara una foto en el césped que había detrás de la tumba. En la foto se me veía mayor pero tenía la misma luz que tan satisfecha me había dejado. En realidad sentí una euforia que no había experimentado en bastante tiempo, la euforia que proviene de la fácil consecución de una meta desafiante. Sin embargo, me limité a rezar una oración absorta y no dejé mi pluma en el cubo colocado junto a su lápida, como había hecho un sinfín de personas. Sólo llevaba encima mi pluma favorita, una pequeña Montbanc blanca, y no quise desprenderme de ella. Sin saber por qué, me creí eximida de ese ritual, una desobediencia que pensé que ella entendería pero que después lamentaré.

Durante el largo trayecto en coche hasta la estación de ferrocarril miré las fotografías y después las metí en un sobre. En las horas que siguieron las miré varias veces más. Sin embargo, unos días después en el mismo viaje, el sobre desapareció. Desolada, repasé todos mis movimientos pero no lo encontré. Sencillamente se había desvanecido. Lloré la pérdida, agravada por el recuerdo de la euforia que había experimentado al tomar las fotos en un momento de extraña falta de alegría.

A principios de febrero me encontraba de nuevo en Londres. Tomé un tren con destino a Leeds, donde me esperaba un chofer para conducirme de nuevo a Heptonstall. Esta vez yo llevaba muchos carretes y había limpiado mi cámara Land 250 y alisado cuidadosamente el interior del fuelle medio dañado. Ascendimos una colina serpenteante y el chofer aparcó delante de las lúgubres ruinas del cementerio de la antigua iglesia de Santo Tomás Becket. Me dirigí al oeste, a un campo adyacente que había al otro lado de Back Lane, y localicé rápidamente la tumba.

–He vuelto, Sylvia –susurré, como si ella hubiera estado esperándome.

No había contado con encontrar tal cantidad de nieve. Reflejaba el cielo color tiza ya plagado de manchas turbias. No iba a resultar fácil para una cámara tan poco sofisticada como la mía. Había demasiada luz o demasiado poca. Al cabo de media hora tenía los dedos de las manos congeladas y se estaba levantando el viento, pero, obstinada, continué haciendo fotos. Con la esperanza de que volviera a salir el sol, disparé irracionalmente hasta que acabé el carrete. Ninguna de las fotos era buena. Estaba aterida de frío, pero no podía soportar la idea de irme. Era un lugar desolado y solitario en invierno. ¿Por qué la había enterrado allí su marido? ¿Por qué no en Nueva Inglaterra, junto al mar, donde ella había nacido, donde los viernes cargados de sal se arremolinarían sobre el plath cincelado en piedra procedente de su tierra natal? Me entraron unas ganas incontrolables de orinar y me imaginé dejando caer un riachuelo; una pequeña parte de mí quería que ella sintiera ese calor humano.

Vida, Sylvia. Vida.

El cubo lleno de plumas había desaparecido. Quizá lo habían retirado durante el invierno. Hurgué en mis bolsillos y saqué un pequeño cuaderno de espiral, una cinta violeta y un calcetín de hilo escocés con una abeja bordada cerca del borde. Rodeé el cuaderno y el calcetín con la cinta y los puse junto a la lápida. La última luz de día se desvaneció mientras yo regresaba con dificultad a la pesada verja. Cuando me acercaba al coche salió el sol, y con fuerza. Me volví en el preciso instante en que una voz susurraba:

–No te vuelvas. No te vuelvas.

Era como si la esposa de Lot, una columna de sal, se hubiera caído al suelo cubierto de nieve e irradiara un calor prolongado que lo fundía todo a su paso. El calor atraía la vida, hacía salir matas de hierbas y una lenta procesión de almas. Sylvia, con su jersey color crema y una falda recta, protegiéndose los ojos del sol malicioso, caminando hacia el gran retorno.

A principios de la primavera visité por tercera vez la tumba de Sylvia Plath con mi hermana Linda. Ella tenía ganas de viajar por la campiña de las Brontë y lo hicimos juntas. Tras seguir los pasos de las hermanas, subimos la colina siguiendo los míos. Linda disfrutó de los campos llenos de maleza, las flores silvestres y las ruinas góticas. Yo me quedé sentada en silencio junto a la tumba, consciente de que allí se respiraba una paz poco común.

Los peregrinos españoles que recorren el camino de Santiago van de un monasterio a otro coleccionando pequeñas medallas que cuelgan de su rosario como prueba de sus pasos. Yo tenía infinidad de polaroids y cada una de ellas señalaba los míos, a veces las esparcía como cartas de tarot o tarjetas de beisbol de un imaginario equipo celestial. Ahora tengo una de la tumba de Sylvia en primavera. Es muy bonita pero le falta la titilante calidad de la luz de las que perdí. Nada se puede duplicar realmente. Ni un amor, ni una joya, ni un solo verso.

 

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