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Biblioteca fantasma
Por Eve Gil

Ratos libres

 

Comunicóloga de profesión, la sonorense Sylvia Arvizu conducía el programa de mayor rating en una estación radial grupera. Gran parte de su éxito se debía al ingenio y habilidad verbal de aquella jovencita que no tenía idea del brutal viraje que daría su existencia. Por causas que no me atrevo a dilucidar, ni a defender por desconocer los detalles, Sylvia arrojó ácido al rostro de su exesposo (se acababan de divorciar), lo que le costó una sentencia de veinte años de prisión, a la edad de veintiséis, y con tres meses de embarazo.

Años más tarde, en 2017, Sylvia –que ha ganado el Premio Intercarcelario José Revueltas incontables veces– resultó ganadora del Concurso del Libro Sonorense, género Crónica, con Las celdas rosas (Nitro/Press, SEC, ISC), dando pie a una polémica mediática en la que los familiares de su víctima participaron activa y lapidariamente: ¿era legítimo premiar a una criminal? ¿No contribuiría esta difusión positiva de su imagen a que se le acortara la pena? Se resolvió concederle el galardón a la legítima ganadora. Su hija de doce años acudió a la ceremonia de premiación a recoger el cheque y el diploma. La polémica se incrementó, pero Sylvia ya puede presumir de ser autora de tres libros. Previo a su controversial premio publicó Breve azul, gracias a su maestro de literatura en la prisión, Carlos Sánchez, escritor y editor independiente, y Mujeres que matan, también publicado por Nitro/Press. En Las celdas rosas se ocupa también de su entorno carcelario, con una amenidad lejana, años luz, a la victimización o al afán por justificar sus actos. Desde el primer libro me sorprendió su buena prosa y su capacidad para conmover y cimbrar al lector, propia de una escritora experimentada. Se formó como tal en la cárcel, donde descubrió las cualidades terapéuticas de la escritura y el soplo vital que confiere el impulso creativo, y optó por hacer de aquella actividad una profesión. El título de su tercer libro surge tras un inocente comentario de Sylvana, su hija, acerca de que las celdas de las presas deberían ser pintadas de color rosa porque “el gris y el beige son muy apagados”.

La también dramaturga narra las historias de otras mujeres encarceladas, compañeras de encierro, culpables unas, inocentes la mayoría. Aun la narrativa sobre las que actuaron con premeditación, como “la Lupe”, experta en botar candados y robar casas en temporada vacacional…o “Regina”, que degüella a la amante de su ex, están impregnadas de una ternura dolorosa. Logra que la injusticia nos abofetee y nos sacuda, como en el estremecedor relato de Mónica, quien rescata a la hijita de una voraz consumidora de “cristal” involucrada con un dealer. La hazaña le cuesta una salvaje violación tumultuaria (por venganza), ser enterrada –sobrevive de milagro– y una condena por “privación ilegal de la libertad de una menor”. ¿Cuántas y cuántos no purgarán condenas por el flagrante delito de ser honestos?

Además de una bien trabajada prosa, no exenta de errores gramaticales –percibidos apenas por los muy quisquillosos– celebro que Sylvia no trace sus relatos con tinta moralina, si acaso una intención de denuncia, sutilmente perfilada. Nos introduce también a la cotidianidad de una cárcel de mujeres, donde el conflicto entre una experimentada pastelera y su aprendiz (y protegida) se cierra con una conmovedora declaración de amor… espacio donde cohabitan una bella y atormentada mujer que pasa tiempo en la caseta telefónica instalada bajo un árbol de limón (bajo el que a Sylvia le gusta tomar café por la mañana), marcando un número en el que jamás habrán de responderle; una veterana actriz, una humilde sirvientita acusada de acopio y posesión de armas para uso exclusivo del Ejército y la inefable que aguarda el anhelado llamado de “Ochenta lima”, con la mirada fija en el portón. La propia autora es un personaje, incansable viajera para la que no existen barrotes: “Urge respirar un olor distinto. Como el olor de los libros o la hoja en blanco […] Leer para liberar el tiempo […] Escribir para hacer los ratos libres.”

 

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