Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Tomar la palabra
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Tomar la palabra
Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

La guerra y las palabras (i de iii)

¿Qué haces cuando te toca una de las balas que has oído silbar cada vez más cerca? ¿Qué, cuando reparas en que donde vives ya no hay forma de conseguir comida o medicina? Preguntarlo a quien puede leer esto otro quizá suene a exageración, sin embargo no lo es. El Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados señala que en 2017 la cifra de desplazados y refugiados en el mundo fue de 68 millones 500 mil seres humanos. Esto significa, redondeando números, que diez por ciento de la raza humana está siendo obligada a huir. O sea, por cada diez personas que tú miras, en otro lado hay una igual-igual a ellas, que está huyendo. La causa por la que alguien, una familia o poblaciones enteras abandonan su lugar, comunidad o región, es la violencia. Los extremos de esta violencia consisten, por una parte, en las carencias y, por otra, en los conflictos armados. Y como la franja intermedia de ambos extremos de agresión –explotación, despojo– también abunda en riesgos si bien en menor grado de probabilidades. De más está agregar que quien tiene la urgencia de huir no busca caminos ni tiempos más hospitalarios y seguros: va a ojos cerrados, a merced del azar y de otros factores que controla escasamente. Ese alguien es igual a ti y a mí aunque la amenaza general se le haya cumplido antes que a ti y a mí. Y lleva, como tú y como yo, recuerdos, sueños, palabras.

En su libro La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror, el filósofo esloveno Slavoj Žižek encara el problema mundial de la migración sin contemplaciones y también con matices propios de una Europa cada vez menos “civilizada”. Pero, quienes nos movemos en ámbitos donde la guerra todavía es difusa y por tanto los daños que nos causa en forma de asalto, provocación, agresión o engaño más o menos directo, más o menos serio, son menores, ¿no vivimos acaso en nuestra pequeña Europa? Aun así, la incertidumbre, la angustia o de plano el miedo que nos persigue dormidos o despiertos, y la inestabilidad laboral o de salud, por ejemplo, ¿no son, asimismo, otros modos de la guerra? Empero, nuestro bienestar relativo, sin grandes sobresaltos, difumina la sensación de violencia cada vez más unánime, cotidiana, familiar; esa violencia que se anticipa y deja secuelas en lo más frágil de nuestro cuerpo y del cuerpo social.

Toda la obra coral de Svetlana Alexiévich publicada en español desarrolla amplia, profunda –literariamente–, los efectos de las guerras. Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán da la palabra a los sobrevivientes, testigos y familiares, de medio millón de personas que padecieron esa Troya de diez años (1979-1989), cuyo saldo en número redondos para la Unión Soviética fue de quinientos prisioneros, trescientos desaparecidos y 15 mil muertos que regresaron en ataúdes de zinc. Otro libro de Alexiévich, Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial, lleva dos epígrafes, uno referente a los millones de niños soviéticos de las distintas naciones muertos entre 1941 y 1945, otro de Dostoievsky sentenciando que ni el progreso ni la revolución ni la guerra justifican “una sola lágrima de un niño inocente”. En otro libro, La guerra no tiene rostro de mujer, los testimonios de las combatientes denuncian que los hombres las consideraban prescindibles y se burlaban de sus cuidados: “Pero a nosotras además nos apetecía estar guapas.” Otras hablan de olores a hogar, a familia, a pañales, a felicidad: “En la guerra no hay olores de mujeres, todos los olores son masculinos. La guerra huele a hombre.” Y a todas ellas acabaron relegándolas, más aún a las que combatieron “en la primera línea, en el mismísimo infierno: nos arrebataron la victoria, ¿sabes? Discretamente nos la cambiaron por la simple felicidad femenina”. Para colmo, a las que no habían ido a la guerra las miraban “con malos ojos” porque consideraban que iban al frente a “…buscarse un novio [y] que se enredaban con cualquiera.”

(Continuará.)

 

comentarios de blog provistos por Disqus