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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Retrato de familia (ii de iii)

 

En términos icónicos, a Roma la constituye un oxímoron de verificación escasa en cualquier filmografía: vorágine pausada o sucesión incesante pero capaz de grabar en la pupila incluso el más leve detalle, Cuarón apela, revisitándolas y reconstruyéndolas con la mano de un orfebre obsesionado por la precisión, a visiones de su propia niñez que tienen como punto de partida la nostalgia, pero van mucho más allá del riesgo solipsista en que se balancea todo ejercicio de memoria; imágenes que se enfrentan al olvido venturosamente y rescatan, de entre aquello perteneciente sólo a uno, lo que es de todos: difícil de aprehender porque no está hecho de materia, el espíritu es primero y, aunque permea cada objeto y cada instante –o tal vez por eso, porque en todo está–, de entrada no se le percibe, pero es cuestión de parar un poco, sacudirse las prisas de La Prisa y entonces las pistolas de juguete, la almohada, el chocolate en polvo, el tendedero, la azotea y todo el resto recuperan su sentido telúrico, el inaugural: así y ahí –en familia, en el patio o en la sala–, con eso y con aquello –“nieve” de granizo, radio de transistores, Gansitos en el refri–, aprendimos los actos esenciales, los que duran para siempre: cómo se mira, cómo se escucha y se imagina; de qué manera se comparte el tiempo y de qué modo se está solo; cuántas muertes reales o fingidas caben en una calle un 10 de junio, o entre el lavadero y el tinaco; cuántas vidas aprietan su racimo en el cine o en una tarde interminable.

Marcel Proust en una calle de la Roma: tras del zaguán salta el perro de la casa, el patio minado con su mierda y Cleo, la mixteca silenciosa, inclusive la tarea ingrata de levantar caca del suelo la lleva a cabo delicadamente, como dulce y exquisita es –y no ser consciente evita reducirlo a pose, y sin que la mueva nada más que la ternura– para mirar de frente y amorosa a un sujeto que, orillado por un hambre que no sólo es de comida y así usado por otros para propósitos indignos, acabará después por demostrar que no merece ser llamado hombre; antípoda de Cleo, que cuenta con amor de sobra para cantar cada mañana, muy quedito y al oído, una canción de cuna; para pedir, a la señora de la casa o al gandul que se entrena como bestia criminal, aquello a lo que tiene derecho, en ambos casos con delicadísimas maneras pero con opuestos resultados; para ensimismarse, icono vivo, mientras piensa no se sabe qué, antes de volver a subir las escaleras, Sísifo con faldas.

La cámara de cine lo ve todo, es decir, todo lo muestra: no sólo aquellos actos que de modo palmario hacen que la historia avance, no nada más al personaje, su gesto y su actitud y sus reacciones, sino el entorno inmediato y el contexto entero, para quien sepa verlo: al final de la jornada, ya en su cuarto –separado del resto de la casa por ese patio/ágora del pequeño pero fundamental drama cotidiano–, a oscuras Cleo hace abdominales, la cámara no la mira entera sino lo que ella mira: la punta de sus pies pequeños, y en menos de un minuto se dijeron muchas cosas: que Cleo quisiera ser esbelta, que tal vez piensa en gustarle más al mequetrefe que habrá de embarazarla –“estoy de encargo”, le dirá, también a oscuras porque sin teorías Cleo sabe que los asuntos personales exigen el recato–; que, bajo una discreción mal entendida por algunos que la consideran apocamiento, amor propio menguado, inferioridad, hay un mundo personal cuya riqueza no necesita el altavoz del aspaviento para existir y, aún más, para brindarse entero cada día y desdoblarse, ya sea lavando brasieres y calzones que no habrá de ponerse; ya descubriendo alianzas de oro ajenas, abandonadas en el fondo de un cajón; ya siendo testigo involuntario de agresiones grandes y pequeñas –un machismo que se siente con derecho de pernada ante una mujer sola, un asesinato a quemarropa que será antesala de una más y muchas otras muertes–; ya rescatándose a sí misma pero sin pensar en ella, consiguiendo su renacimiento al emerger de un océano que a poco estuvo de arrebatarle la única razón de vida que aún tiene.

 

(Continuará.)

 

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