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La casa sosegada
Por Javier Sicilia

El hueco del amor

 

Una de las aporías del amor es la frustración de la fusión que el deseo de la posesión del ser amado nos promete. Ya sea en la imposibilidad de la posesión o en la posesión más íntima, el amor jamás nos satisface. De allí la dura frase de Lucrecio: “Después del coito el ser humano es un animal triste”: ha sido devuelto a su soledad, al desvanecimiento de la fusión prometida por el deseo. Querían ser uno y allí están más que nunca dos, arrojados a su soledad.

El problema radica en que, en estricto sentido, el amor no es plenitud, sino, dice André Comte-Sponville, ausencia, carencia, falta; búsqueda, no fusión.

En ese hueco en donde el ser amado se nos escapa siempre y siempre nos falta, está el amor.

El hueco en el amor no es un hambre que pueda satisfacerse, sino una aproximación cuyo objeto nos elude siempre. Allí, en ese saber que el otro, aún en la intimidad más íntima, siempre se nos escapa, siempre nos falta, que jamás podemos hacerlo plenamente nuestro, radica, dice Alain Finkielkraut, la maravilla inasible de la alteridad: el otro es alguien que nos sobrepasa siempre: es más que la unión plena y total cuando lo poseemos y menos que la distancia que nos separa de él cuando no lo poseemos. Presente o ausente, el otro es siempre Otro que, como Dios, es nuestro semejante, nuestro prójimo, pero que también, como Dios, nos sobrepasa en su proximidad y por ello está siempre por venir, como si se tratara de una cita constantemente diferida; de una plenitud que ya es, pero todavía no.

Esa ausencia de fusión que nos mantiene siempre sin reposo es la verdad del amor.

Cuando dejamos de amar en ese hueco y lo sustituimos por la fusión que promete el deseo de posesión, por el retorno de un tiempo paradisíaco en donde –dice la poesía del deseo– teníamos una patria común con el Otro; de un tiempo donde vivíamos una fusión que conjuraba la disimetría entre el yo y el ser amado, lo único que queda es la frustración que deriva en reclamos, rupturas, depresiones, golpes e incluso suicidios y asesinatos.

Esta reducción del amor al deseo de fusión está también en las utopías sociales: realizar en la vida colectiva una comunión tan perfecta como la que sueña el deseo en los enamorados. En esa búsqueda se termina también por cometer crímenes semejantes.

Contra la monotonía de lo atroz que provoca el fracaso del deseo por llegar a la fusión que promete, se yergue el vacío mismo, la incompletud, el ya pero aún no del amor que, al aceptar la alteridad, no busca la imposible y siempre frustrada felicidad de la fusión donde el Otro se convertirá en camarada –etimológicamente, el que está encerrado conmigo–, sino el estar simplemente con y a su servicio.

Los verdaderos amantes, como los verdaderos revolucionarios, son aquellos que, sabiéndolo, no persiguen esa felicidad. Poniéndose a disposición del Otro o de los Otros en el hueco que nos dejan, quitan al amor no el deseo sino su ilusión, permitiendo la existencia de la alteridad en el vacío mismo que nos produce su presencia siempre inasible, siempre irreductible al yo.

El misterio de la Navidad, que en estos días celebramos, habla de ello. Dios en ella no busca nuestro sometimiento, nuestra fusión con él. Por el contrario, se entrega a nuestra alteridad en espera de que hagamos lo mismo. El verdadero amor, dice la encarnación, no puede prescindir de la áspera y maravillosa presencia de los Otros; los ama en su diferencia, siempre irreductible a la fusión que promete la ilusión del deseo. Un mundo sin los Otros, es decir, un mundo que quiere reducir a los Otros a sí mismo, es un mundo infernal, un mundo de violencia, un mundo sin Dios, un mundo en el que Cristo es siempre asesinado.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

 

 

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