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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Servicio compañera

 

1. Hace tiempo tuve una vecina que se ponía muy brava cuando bebía y bebía todas las semanas de jueves a domingo. Cuando ya estaba borracha se asomaba a la ventana y gritaba: “¡Silencio!” a todo pulmón o “¡Cállate!” Ignoro a quién callaba de forma tan enérgica: a veces había ruido, pero otras el único escándalo era el que ella misma producía. Solía tranquilizarse después de tres o cuatro alaridos, pero también podía irse encolerizando ella solita hasta que se le acababa la voz.

Me irritaba muchísimo. Una tarde, conversando con otra vecina me quejé: “¿No estás harta de X? ¿De que grite como una loca por la ventana y azote la puerta?” “Claro que me molesta –me respondió tranquilamente–. Pero imagínate que fuera hombre. ¡Qué miedo!”

Nunca más me enojé con la bebedora.

2. Hace unos días, en el gimnasio quedé al lado de un par de muchachos que repasaban sus hazañas sexuales del fin de semana en voz alta. Para dar fe se mostraban mutuamente selfies que se habían tomado en plena faena. Debido a la disposición de los aparatos para hacer ejercicio, no me quedaba de otra sino escucharlos. Mientras más privados los detalles de la conversación, más subían ellos la voz, más coloridos se ponían los adjetivos y más me avergonzaba yo. Finalmente huí, con la misma sensación de cuando, de chica, atestigüé cómo un tipo se bajó el pantalón frente a un grupo de niñas de primaria entre las que me contaba yo. Me pregunto si la conversación tenía como fin espantarme. O si cierto tipo de persona es incapaz de entender que su vida sexual no es un asunto de interés para todo el mundo.

3. Gracias a la sobrepoblación en Ciudad de México es muy difícil no escuchar todo lo que ocurre en los departamentos vecinos o aledaños. Esto nos obliga a participar de forma involuntaria en discusiones conyugales, borracheras, regaños, fiestas, relaciones sexuales, etcétera. Hay un tipo cerca de mi estudio –sé que es tipo porque le habla a la esposa desde el excusado– a quien le da flojera cerrar la puerta del baño. Oírlo es un incordio. Tiene una digestión infame. Me dan ganas de gritarle que “cuando coma cucarachas les quite las antenas” chiste muy socorrido en la escuela donde cursé la secundaria. Debería existir una ley contra ese tipo de exhibicionismo, no importa que sea nomás auditivo.

4. ¿Por qué hay hombres en perfecto estado de salud que se suben en los vagones de Metro o Metrobús reservados para las mujeres y se apoderan de los asientos con cara de reto o de falsa distracción? Lo mismo sucede en China, otro país que se distingue por el machismo de su cultura y donde también existen los vagones rosas, invadidos de forma constante por hombres a los que les importa un rábano ser un poco bestias.

5. En la mano tengo un boleto de ado que compré para ir a un viaje a una ciudad cercana. En la parte de abajo del boleto hay un letrero que dice: “Venta de servicio Compañera de viaje.” Esto significa que por una módica cantidad, la línea de autobuses me garantiza que la persona que irá a mi lado será una mujer. Como en el viaje anterior a la misma ciudad me tocó ir junto a un hombre que iba furioso porque no se había hecho una entrega de una mercancía y se la pasó insultando por teléfono a quien debía hacerlo, pagué. Me tocó una chica muy agradable, quien me contó que había decidido pagar el servicio “Compañerade viaje” porque recién le había tocado un entusiasta de la pornografía que traía su dotación de imágenes XXX en el teléfono y no había dejado de mirarlas –y escucharlas– un segundo.

6. Ocupar el espacio físico, auditivo, visual como si no hubiera nadie más, es una variante de la agresión. El espacio que ocupamos las mujeres en el mundo es más pequeño y frágil. Mirar pornografía al lado de una desconocida es un gesto consciente, vagamente hostil. Habrá quien lea esto y piense que soy una pacata. A quien lo haga le pido que imagine que lo escribió un hombre. ¿Ah, verdad?

 

 

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