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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Cienfuegos de Guadalajara

La de Cienfuegos es música buena que le hace honor a un apellido revolucionario (ignoramos si adrede o no). Su disco debut, lanzado este 2018, se llama Bestiario sonoro. Pudo tener cualquier otro nombre, pese al concepto que lo anima y que explican las notas acompañantes. Ello no es una flaqueza. Aplaudimos el intento de sus músicos por comprenderse a sí mismos, allí donde el pasado y el presente, el jazz y el progresivo se tocan “bestialmente” para luego relacionarse con la cosmogonía prehispánica.

Su portada es poderosa. En ella aparece una especie de venado multicolor, entre psicodélico y huichol... Sí, radican en Jalisco, ese bastión de prolífico talento. Sus integrantes son Chen Quintero (sax barítono), Francisco Pérez-Rul (guitarra y electrónicos), Carlos Rolón (bajo eléctrico), Fer Franco (batería) y Sara Ventura (sax alto). Todos son músicos competentes y expresivos, sin embargo, el arte por el que apuestan es el del ensamble y no el de lucimientos individuales. Claro que hay solos e intercambio de roles, pero lo suyo es la narración colectiva.

Son maduros prematuros. Lo que hacen lo hacen sin prisa. Eso nos gusta. En cada una de sus seis piezas suceden desarrollos naturales que pasan por muy diferentes y bien desarrollados estadios. Hay ritmos latinos, desplantes guitarrísticos a la King Crimson, atisbos melódicos que van de Irakere a Chac Mol y, sobre todo, temas –cabezas o heads– de honesta estirpe. Eso queda claro desde su arranque, allí donde repta “La serpiente” abrazada siempre por el número siete. También en “El jaguar”, sofisticada entre arbustos de intensa trama.

La tercera es “El alebrije”, una obra que, pese a sus clichés genéricos, nos entusiasma por chatarrera. Abordada sin confianza cultural pero con el suficiente cinismo intelectual, sirve para ampliar la trama de un álbum de autoconocimiento. Caribe de azotea (no es peyorativo), se disfruta como remanso entre tormentas y funciona a Quintero para que su flauta juegue con picantes hexafonías.

El inicio melódico de “El cenzontle” es bellísimo. Su armonización triunfa cambiando de carácter por las variantes rítmicas que la fuerzan a mutaciones repentinas, meros pretextos para la hondonada en que se retuerce la batería de Franco que aquí escapa de lo ordinario. Celebramos sus pedales electrónicos de fondo, además, pues anclan bien un centro de gravedad sentimental. “El perro de agua”, por su lado, comienza con una melodía de alientos entrecortada. Es la quinta del álbum. Allí se goza a pleno el balance entre saxofones barítono y alto. Creativa, provocadora, esa introducción exhibe una coherencia evolutiva basada en los ostinatos de bajo y guitarra limpia que fueron tejidos en una cuenta que sube y baja del uno al cinco contrayendo y expandiendo su longitud. El interludio es otro buen ejemplo de congruencia estética.

La última, “El sumidero”, es el abrevadero que reúne a todos los animales, como haciendo síntesis del disco. Contrastando con el misterioso felino que la introduce, tiene algo de pantera rosa. Tal vez sea su compás ternario, tal vez el ánimo positivo de sus alientos. No estamos seguros. Lo cierto es que el tema y solo de Ventura tienen mucho de citadino, lo mismo que la respuesta de Pérez-Rul. Igualmente, en ella se confirman las capacidades políglotas que Rolón ostenta en el álbum entero. Estamos seguros de que pronto mostrará una personalidad total.

Dicho esto, hay un par de cosas que los de Cienfuegos pueden repensar para un siguiente esfuerzo. Nos parece que la producción pudo conocer otros territorios de exagerarse algunos de sus rasgos. Asimismo, aunque la mezcla y masterización suceden con pulcritud extrema, la fuente tímbrica pudo tener orígenes de mayor afectación. En lengua callejera: pudo tener más mugre, de pronto ser más arrabalera, más bestia. De cualquier forma, nos encanta lo que hicieron y creemos que será un proyecto al cual ponerle atención en el porvenir. Escúchelos nuestra lectora, nuestro lector. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

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