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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

La guerra y las palabras (II de III)

 

La obra conocida de Svetlana Alexiévich en México representa un mural de momentos decisivos que culminaron con la desaparición de la Unión Soviética: Chernóbil y las guerras mundiales y de Afganistán. Se compone de testimonios de las víctimas ignoradas de estas tragedias, pero ante todo es una obra de arte que ha convertido la estridencia de la queja en canción y la oscuridad del dolor en una gama solar. Si optamos por la vista, Alexiévich ha pintado murales panorámicos; si privilegiamos el oído, la autora construyó monumentos corales. Así, Vera Zdhdan tenía catorce años en la segunda guerra mundial. “Me dan miedo los hombres –dice–. Nos apuntaron con fusiles y nos llevaron al bosque… Seguimos caminando… Nos decían: –Una chusma como vosotros no merece que la aplastemos en un sitio tan bello…– Yo ya no temía a los muertos sino a esos vivos. Desde entonces –concluye Vera–, me aterran los hombres jóvenes.” En el libro Voces de Chernóbil. Crónica del futuro, es la propia autora bielorrusa Svetlana Alexiévich quien anota que aunque su país no tiene una sola central nuclear y es de diez millones de habitantes eminentemente agricultores, la catástrofe de 1986 en Chernóbil “representó un cataclismo… Durante los años de la Gran Guerra Patria, los nazis destruyeron en tierras bielorrusas 619 aldeas… Después de Chernóbil, el país perdió 485 aldeas… Durante la guerra murió uno de cada cuatro bielorrusos; hoy, uno de cada cinco vive en un territorio contaminado…, la tercera parte de ellos son niños.”

“Habíamos leído los mismos periódicos –recuerda un soldado en Afganistán refiriéndose a Pravda, Izvestia, etcétera–, nos habíamos reído como locos… Una depresión de caballo. Y a tu alrededor todo es una patraña… Estás harto del cuartel… la única alegría es ir al combate. Salir de misión. Que te mataran o no, daba lo mismo… no [era] por la Patria, [ni por] el deber, ¡paparruchas! Era porque nos faltaban sensaciones. Pasábamos meses enteros detrás de una alambrada.” A partir de la historia oral de gente con demasiada información vivencial y con demasiada carga emocional, Svetlana Alexiévich pudo componer sinfonías linealmente progresivas en el tiempo (día uno, día dos, día tres) sobre un tema de variaciones infinitas, la búsqueda del alma: “la verdad personal, confinada a la clandestinidad, y la verdad colectiva, empapada del espíritu del tiempo”, explica la escritora. “¡Agua! ¡Agua! Nos moríamos de sed –dice otro combatiente en Afganistán…– Subíamos a montañas que estaban a la altura de las nieves, buscábamos nieve fundida, bebíamos de los charcos, mordíamos el hielo… Detrás sonaba la ametralladora… Preferíamos atragantarnos antes que morir sin haber satisfecho la sed. Los muertos yacían bocabajo, con rostros sumergidos en los charcos, parecía que estaban bebiendo.”

En su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, Alexiévich exaltó “la vertiente oral, que los literatos no logramos conquistar”. Y sintetizó así su obra: “Recolecto la vida de mi tiempo. Me interesa la historia del alma. La cotidianidad del alma. Aquello que la Gran Historia suele obviar. Yo me dedico a la historia omitida. He escuchado muchas veces y sigo escuchando ahora que eso no es literatura sino documento. Pero, ¿qué es la literatura hoy en día?... No hay frontera entre el hecho y la ficción, uno salpica a la otra. Tampoco un testigo es imparcial. Cuando una persona narra, lucha contra el tiempo, igual que un escultor lucha contra el mármol. Es a la vez el actor y el creador (el artista).” En 2015 el Premio Nobel fue para Svetlana Alexiévich, una obrera de la tradición oral que cimbró los supuestos teóricos acerca de lo que sí es y lo que no es gran literatura. En 2016 fue para un cantor, Bob Dylan, como señal de que en estos tiempos de guerra urge volver a las fuentes primordiales: de incandescencia y no sólo de brillo, de la colectividad tanto como del individuo, de emoción estética antes que de placer puro.

(Continuará.)

 

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