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La necesidad de no ser
'Si tú quieres, moriré', Gerardo Laveaga, Planeta, México, 2018.
Por Ricardo Guzmán Wolffer

Gerardo Laveaga gusta de escribir sobre lo ficticio, aunque para ello se apoye en la realidad y así nos haga dudar si realmente sabemos lo qué pasó. Si en sus anteriores trabajos cuestionaba los hechos relacionados con la fundación de la Iglesia católica (El sueño de Inocencio) o sobre la Suprema Corte y sus integrantes (Justicia), en Si tú quieres, moriré ataca de frente la historia mexicana y alcanza a confundirnos sobre los actores de la formación del país tal como los conocemos, en esta pax mexicana que mantiene a una mayor parte de la población sin posibilidad de mejoría.

Si Antonio López de Santa Anna no hubiera tenido esa relevancia histórica más que conocida, donde se le tacha de traidor de la patria y que le lleva a colocarse ante muchos como el único culpable de la reducción del territorio nacional, ¿quién habría llevado la rienda en aquel devenir de luchas mexicanas y contrapesos internacionales del siglo XIX? Laveaga propone un hipotético país donde Valentín Gómez Farías representa un polo de la política y Lucas Alamán el otro.

El autor gusta del análisis de la política, como si los escenarios donde participan naciones y grupos de poder estuvieran a la vista, pero es en los individuos donde se gesta el cambio: sus protagonistas tienen claridad sobre el alcance de sus acciones, y son capaces de ver las señales de cambio en la sociedad. En Si tú quieres..., donde se usan los intercambios epistolares para narrar parte de la trama, se habla del voto femenino; de la necesidad de participar en la vida política en lugar de vivir en la queja y el desamparo; de las luchas entre civiles, militares, párrocos e Iglesias en general; de los enfrentamientos entre clases... y se concluye que los políticos no podrán complacer a todos. Los personajes se cuestionan el alcance de sus posibilidades. Entonces, como ahora, habría que analizar si en verdad los políticos son capaces de maniobrar en las circunstancias históricas que viven: “me gusta creer que he sido libre, dueño de mi destino, pero ¿es cierto?” y eso lo extrapola al México del siglo XIX: ¿quién decide el destino de todos los mexicanos: un puñado de patriotas que actuaron con la serenidad y el conocimiento suficientes o, simplemente, se decidió por las fuerzas económicas, políticas y sociales del momento?

No obstante, Si tú quieres... también es una novela de romance, con las cautelas y reproches del siglo xix, muchos parecidos a los del actual XXI. Entre la historia y “las trifulcas que los hombres libran para hacerse del poder”, los enamorados persisten. El matrimonio como base social se enfrenta a seres aparentemente liberales, pero que no pueden unirse sin la opción de tener amores a distancia, casados sospechosos, esposas mártires de la política.

Destaca la pugna del federalismo contra el centralismo, donde el poder unipersonal avasalla a los demás poderes. Si tú quieres… es una novela que obliga a revisar la propia visión de la historia, bajo el riesgo de caer en las manos de esta otra versión impuesta por Laveaga: una donde todo parece tener sentido: la ficción histórica sucumbe a la literatura bien escrita.

 

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