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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

Sub Sole y el cuento en Chile

 

En su primer libro, Baldomero Lillo reunió algunos de sus cuentos mineros, que había publicado previamente en revistas y periódicos. La fuerza y eficacia que logra con estos motivos es por lo que generalmente se le reconoce; sin embargo, en su segundo libro sigue otros derroteros con similar fortuna, aunque también incluye algunos con tema minero.

En Sub Sole, título del segundo libro, no hay un tema predominante, pues aborda lo mismo temas urbanos y marinos, y también algunos que van a caballo entre lo fantástico y lo alegórico. La ironía que se presenta discretamente en algunos relatos de su primer libro se ve con mayor claridad en este volumen, y hay casos en los que llega al humor —en el buen sentido del término, no como chiste—, sin dejar de lado la crueldad o la intensidad. Muestra también una fina sensibilidad para captar y presentar caracteres de diversa índole, sin importar condición social o edades, mentalidad o ideas.

Ambas obras se complementan o, mejor dicho, muestran el mundo que captaba y vivía Lillo, son la luz y la sombra, el mundo por dentro y por fuera, con sus miserias y virtudes, pues en medio de injusticias, abusos, explotación y crueldades, siempre hay una pequeña ascua de ternura o esperanza. Ascua que por contraste pone de relieve las facetas despiadadas del mundo, cuyo brillo es casi apagado.

Hasta donde sé, Lillo sólo publicó estos dos libros, no obstante escribió mucho más, tanto ensayos como cuentos. Las narraciones aparecieron en El Mercurio, que los publicó esporádicamente; los firmaba con el pseudónimo de Vladimir y la sección tenía el nombre de “Relatos populares”. Es curioso que en este grupo de cuentos haya uno titulado precisamente como su segundo libro, “Sub Sole”, y no aparezca en el volumen mencionado. ¿Motivos? Los ignoro, sólo podría apuntar que el cuento es excelente, de una intensidad trágica asombrosa y armado con una anécdota mínima. Subsiste también su preocupación por los niños, explotados o maltratados, o aspectos de presidios y conductas sociales. Cabe aclarar que si su posición era del lado de los pobres, no era condescendientes con ellos; los exponía a veces como víctimas de abusos, mas no a todos ni siempre como inocentes o combativos. Su distanciamiento buscaba la objetividad, no la justificación.

Su pluma vaga lo mismo por las pampas que por las minas que por los conventillos o las riveras marinas, siempre aguzando la mirada para localizar situaciones que fluctúan entre lo dramático y lo trágico, sin juzgar, sin “opinar” al respecto, inclinándose siempre por sólo contar, reclamando para ello la participación del lector. Carlos Droguett, destacado narrador chileno, opina que “cuando escribe Baldomero Lillo no sólo enmudece su propia boca, sino que se hace a un lado, se sale del cuento para que quepa en esa profundidad y en ese escenario el alma enorme de sus mineros y bandidos”.

Hay quienes se preguntan por qué nunca “avanzó” su escritura hacia la novela. Puede afirmarse que no fue porque el género no lo atrajera pues, en una conferencia que dictó en la Universidad de Chile, aseguró que la espantosa matanza de obreros mineros ocurridos en Iquique había despertado su ánimo para viajar al lugar e investigar sobre lo ocurrido, con el fin de relatarlo en cuentos o en una novela. (Este episodio de la historia chilena ha sido abordado con estremecedora fortuna en el cine, en una cinta que circuló en los años sesenta, y posteriormente por otros novelistas: Hernán Rivera Letelier y Volodia Teltelboim.)

Sólo pudo cumplir en parte su propósito, pues sí recorrió la pampa salitrera y comenzó a escribir la novela, que quedó inconclusa porque murió antes de escribir el tercer capítulo. Tal vez estaba consciente de que ese género era demasiado pesado para su salud y por eso nunca antes lo había intentado. Su inclinación siempre fue el cuento y lo realizó con tal fortuna que el antes mencionado Carlos Droguett escribió: “Después de Baldomero Lillo, el cuento murió en Chile...”

 

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