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Andrés Bello y la defensa de la cultura americana

¿Quién fue Andrés Bello? ¿Cima del pensamiento americano o anacrónico genio? Una personalidad excepcional, sin duda, sorprendente, casi inverosímil, con los rasgos de algunos hombres de su tiempo, impregnados de ideas, de pasión ideológica. De razones y convicciones. En crisis de todo, aventuró conjeturas atrevidas, que incluso lo enfrentó al argentino Domingo Faustino Sarmiento, que lo acusó –cuando ambos vivían en Chile– de pervertir el “espíritu público” con sus enseñanzas. Todo terminó cuando el autor de Don Segundo Sombra volvió a Argentina y más tarde fue elegido presidente de la República.

Estudioso de la poesía de Horacio, Andrés Bello vivía en lucha permanente, incluida su obsesión por la lengua que definía la realidad del continente; en este sentido, desataba polémicas en su anhelo de independencia absoluta, revolucionaba con su Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos (motejada de “reacción colonial” por algunos de sus enemigos) y fue más allá: deslatinizó la gramática castellana con su Principios de ortología y métrica de la lengua castellana para analizar el verdadero sistema gramatical de su lengua, empeñado en descubrir las bases prosódicas del español y los vicios habituales de pronunciación, sobre todo en los hispanoamericanos. Por supuesto, filológicamente son estudios ya superados, pero es claro y cierto el alto nivel de sus potentes ideas.

 

La naturalización de la banalidad

 

El contexto político y social que se vivía en los siglos xviii y xix en América es semejante al que existe en esta época de males. Los hombres de ahora luchan con los eternos temas de injusticia y corrupción; sin embargo, entre sus preocupaciones no está la defensa del idioma, del lenguaje, hoy la palabra carece de ideología. Todo es manipulable e intrascendente. Ya nadie se ocupa de cuestiones radicales, se habla de globalización pero se carece de instrumentos de reflexión. La época de Bello –de emancipación colonial– también era de expansión, de apropiación de una realidad, pero no había concesiones gratuitas (hoy la antigua “Madre Patria” se ocupa en buscar la palabra del año entre los millones de hablantes de español e impone anglicismos, adaptados sin sentido ni fundamento.) Con ello, lo banal tiene carta de naturalización.

La analogía viene al caso porque Bello construyó su vida intelectual al calor de lo que le tocó vivir: la dominación española, la lucha independentista y la creación de nuevos Estados americanos. A partir de ahí constituyó un sistema particular de pensamiento en su América, desde América y para América (sin victimismos).

En la actualidad, alguien podría acusarlo de fundamentalista o dogmático quizá, por su ahínco en reunir ciencia y conocimiento, como apunta Arturo Uslar Pietri, con el fin de marcar a los pueblos hispanoamericanos su origen, sus enormes recursos naturales y, sobre todo, la visión de ese mundo al que se enfrentaban para actuar y afirmarse. Uslar Pietri abona en el bagaje de Bello destacando: “con su palabra estaba haciendo una América más perdurable y grande que la que pretendían alcanzar los demagogos y los guerrilleros, en la dolorosa algarabía de sus revueltas y asaltos”.

Bello intuía ya que al movimiento libertario también había que atribuirle un carácter lingüístico; lo prueba su Silva a la agricultura de la zona tórrida, que escribió durante su paso por Europa (apareció inicialmente como artículo con el título genérico “Silvas Americanas”), en el que, de forma patriótica y llena de esperanza, decía: “Tiempo vendrá cuando de ti inspirado/ Algún Marón americano, ¡oh Diosa!/ También las mieses, los rebaños cante,/ el duro suelo al hombre avasallado…”

Bello cruzó el Atlántico como un anodino empleado de la expedición diplomática que encabezaba Simón Bolívar, encargado de lograr el respaldo británico para la causa venezolana. El movimiento independentista triunfó y Bello quedó comisionado para otras tareas, pero el gusto fue breve, pronto se restableció el régimen colonial y ante el fracaso se autoexilió, temeroso de ser aprehendido y pasado por las armas.

Sin recursos y sin posibilidad de volver, en Londres se empleó como redactor. Formó familia, enviudó, volvió a casar. Las penurias económicas le empujaron a transitar por las distintas representaciones americanas que existían en esa ciudad, en busca de una oportunidad laboral oficial, pero sobre todo de un enlace para volver a América. Con esa perseverancia obtuvo la secretaría de la legación de Colombia y por una conexión inmediata ascendió a encargado de negocios y pronto a cónsul general de esa nación en París. Empero, también el gobierno de Colombia apenas disponía de recursos, pagaba tarde y mal a sus agentes diplomáticos. En esa carrera, la vacante de secretario interino de la legación de Chile se abrió a su destino gracias al encargado de la misma, su amigo Antonio José de Irisarri.

 

Regreso a su América

 

El sueño de volver se concretó. Llegó a Valparaíso en 1829 para, sin imaginarlo, realizar una vigorosa interpretación de su tiempo, en el punto originario de su visión de América. Halló un país “con una Constitución vacilante; un Gobierno débil; desorden en todos los ramos de administración”, según su correspondencia privada.

Tiempo después, con la ciudadanía chilena, se sumó a una serie de proyectos de enorme trascendencia, como la redacción del Código Civil del incipiente Estado, y la fundación de la Universidad de Santiago. Incursionó en los ministerios de Hacienda y de Relaciones Exteriores. Excepcional en su medio, acorde con su genialidad, se abrió a todas las posibilidades de su entorno sociocultural: promovió el Movimiento Literario de 1842, estimuló el teatro, impulsó la pedagogía, gestionó los cursos dominicales para trabajadores e incitó a la creación de escuelas normales.

Reconocido por su valía, fue elegido senador de la República, cargo que conservó hasta su muerte. El también poeta y traductor de los clásicos –como el Orlando enamorado, de Boyardo- murió en Santiago de Chile el 15 de octubre de 1865, definitivamente escindido: había nacido en Caracas, Venezuela, en 1781, y es aquí donde radica el equívoco de su pertenencia ciudadana; ni colombiano ni chileno: venezolano.

Este es un tiempo para recordar que Andrés Bello no sólo fue hombre de letras, pedagogo y filólogo, sino también diplomático, jurista, político... En suma, un erudito cuya vida mostró que el intelecto se crea para aportar y concurrir en una causa, sin desprecio por nada: razones políticas, nacionalidad o identidad migratoria y, en su caso particular, la defensa local de la cultura americana, pero dueño de una visión global. Cierto, hoy la globalización es inevitable, pero una nación que carece de principios éticos y estéticos sólidos, está perdida en esa mar devoradora l

 

 

Yolanda Rinaldi. Investigadora y ensayista, ha publicado en diversas revistas y suplementos culturales, especialmente sobre autores latinoamericanos.

 

 

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