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La guerra no tiene rostro de mujer: Svetlana Alexiévich y los lamentos del recuerdo

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Los Premios Nobel, siempre tan debatidos, tienen la alta virtud de mostrarnos de tanto en tanto autores cuya lectura resulta una revelación y un goce continuos. En lo que va del milenio puedo citar al menos tres ejemplos espléndidos de los que antes del otorgamiento no sabíamos nada: el húngaro Imre Kertézs, el francés Patrick Modiano y la bielorrusa Svetlana Alexiévich.

Uno de los libros más conmovedores que he leído a lo largo de medio siglo de lecturas es la novela polifónica La guerra no tiene rostro de mujer. Una novela donde acaba oyéndose un coro trágico de más de quinientas voces, las cuales pueden oírse como una sola o cada una aislada. Decir voces es un decir: las historias se oyen a menudo como una queja, un lamento o un lloro, pero también en algunos momentos, como un grito de júbilo o de alivio, por ejemplo al recordar el momento de la Gran Victoria en mayo de 1945. Las escasísimas voces masculinas son para complementar aquella de la mujer: ya el marido, ya el padre. No debe olvidarse que la desaparecida Unión Soviética fue el país que tuvo más participación de mujeres en la guerra: cerca de un millón. No debe olvidarse que la Gran Victoria (como la llaman) costó a la urss más de veinte millones de muertos, con la secuela inenarrable de tragedias familiares y sociales que eso significa. No debe olvidarse que si hubo un país de la órbita socialista que tuvo el mayor número de aldeas quemadas por el ejército nazi fue Bielorrusia, por demás, la tierra donde ha vivido la autora el mayor tiempo de su vida.

En lo que fue Unión Soviética, después de mayo de 1945, la segunda guerra mundial era sólo relatada por los hombres en libros y películas, hasta que aparece en los años ochenta esta novela o esta crónica doliente, La guerra no tiene rostro de mujer, donde “lo sencillo vence a lo grande” y la verdad de las mujeres es otra verdad que la de los hombres.

Para escribir el libro, Svetlana Alexiévich debió seguir más o menos esta secuencia con las entrevistadas: situarlas, convencerlas de hablar, concertar las citas, realizar viajes de toda suerte para encontrarlas, dirigir las entrevistas para que las mujeres exploraran sus recuerdos, transcribir lo contado, corregirlo, clasificar las historias que en verdad valían la pena, en fin, acabar por delinear como dibujante magistral un rostro de mujer en unos cuantos trazos. La novela en sí es una hazaña de paciencia y de habilidad técnica. Seguramente Svetlana Alexiévich al oír muchas de las historias las encontró deshilvanadas, con saltos aquí y allá, y ya en el trabajo de casa trató de que las historias cohesionaran “el habla de la calle y de la literatura”, convertirlas en algo concentradamente emotivo, con un cierre exacto, y todo esto, claro, con el compromiso ético de comprobar que los datos fueran fehacientes.1 Sin embargo, como dice la autora, “algunas de estas mujeres [eran] narradoras extraordinarias, en sus vidas hay páginas capaces de competir con las mejores páginas de los clásicos de la literatura”. Sin embargo, hubo asimismo muchas mujeres con las que se encontró quebradas irremisiblemente por dentro, que no quisieron o no pudieron contar sus experiencias. Svetlana Alexiévich es consciente de que, luego de cuatro décadas, en las mujeres se han dado modificaciones múltiples del recuerdo con lo que se superpone o se borra. ¿Dónde empieza lo verosímil y dónde la realidad? A la edad cuando se hicieron las entrevista (andarían la mayoría por los sesenta años) muchas ya observan “el mundo con una mirada un poco de despedida, un poco triste…” de quienes saben que han envejecido.

La periodista y escritora bielorrusa insiste en sus páginas que no buscó los grandes hechos ni los grandes personajes. Para ella resultan mucho más importantes las personas sencillas, aquellas mujeres que lucharon en el frente oriental en las filas del Ejército Rojo y quienes tienen nombres también comunes en Rusia y en los países que formaron la Unión Soviética: María, Galina, Elena, Vera, Anna, Klavdia, Tamara, Tatiana, Olga, Evgenia, Lilia, Nadezhda, Larisa, Tania, Alexandra, Valentina…

Durante los años que le llevó escribir la novela, la autora trató de estar “atenta al dolor”. Sabe que el sufrimiento resulta en la escritura “el grado superior de información, el que está en conexión directa con el misterio”, el cual, después de todo –resume–, es el tema esencial de toda la literatura rusa. No en balde la narradora bielorrusa se llama a sí misma “historiadora del alma”, y por ende, trata de escribir una “historia de los sentimientos”. Y fue así y así quedó. Es un libro donde encontramos en su esencia o combinados dolor y tristeza, amor y odio, rencor y miedo, horror y angustia, coraje y piedad, y ternura y alegría…

Yo me preguntaba al leer estas breves narraciones qué pensarían los minificcionistas. En la novela hay decenas de brevedades literarias admirables o extraordinarias, pero sin ficción, o si la hay, no lo parece. Es una novela que por demás habría asombrado por su grandeza estética y moral a autores clásicos de no ficción como el Rodolfo Walsh de Operación masacre y el Truman Capote de A sangre fría. De la misma familia que ellos, la autora reconoce que quien le reveló la manera de escribir una novela como una torre sonora (que luego ella continuaría en Voces de Chernobil), el maestro de maestros fue Alés Adamóvich, concretamente el libro Soy de la aldea en llamas. En La guerra no tiene rostro de mujer hay cientos de historias hilvanadas, pero a menudo descubrimos dentro de ellas cabos que permitirían escribir cientos más.

 

 

En la guerra lo único personal es el amor

 

Entre las dualidades que se hallan en el libro, una es que no es lo mismo la guerra vista por los hombres que por las mujeres. En las mujeres suele ser mucho más emotiva. Eso mismo hace que los hechos, vividos o contados por ella, vayan más rápidamente al corazón. A diferencia de la contada por los hombres, “la guerra femenina, salvo excepciones, tiene sus colores, olores, su iluminación y su espacio”. Otra dualidad cruel –lo dice alguna– es que para la mujer es horrible morir pero peor es tener que matar; otra mujer acredita que “en la guerra hay mucha gente alrededor, pero siempre estás sola”; buen número de las entrevistadas luego de la guerra tenían la impresión de “haber vivido dos vidas: una de hombre y otra de mujer”; otras más refieren que la guerra tiene dos rostros: uno bueno y otro espantoso. Asimismo, la autora comprueba que la mujer común es más natural y sincera a la hora de relatar que la cultivada y para algunas la guerra es a la vez muerte y vida, y conjunta lo humano y lo inhumano.

También hay muchachas que al ir a la guerra no han besado ni tenido novio y otras hablan de que en los años de lucha no hubo tiempo para el amor, pero hay también un buen número, mucho más creíble, de quienes confiesan que el amor se daba como algo natural.2 Eran muy jóvenes y tenían al lado a la muerte. Por el amor conocen el dolor, la ternura, la tristeza, el abandono. Aun algunas confiesan que sin no se hubieran enamorado no habrían sobrevivido a la guerra. Salvo alusiones, en el libro jamás se toca la sexualidad. Svetlana Alexiévich comprueba que en la guerra lo único personal es el amor. “¿Qué me dejó sorprendida? Que del amor ellas hablan con menos franqueza que de la muerte. Me doy cuenta de que no lo dicen todo, como si intentaran protegerse, cada vez surge un límite donde se detienen. […] ¿De qué se defienden? Está claro: de las calumnias y las ofensas de la postguerra. ¡Lo que han tenido que sufrir!...”

Abrumadoramente triste y dolorosa, apenas con repentinas llamaradas de alegría, es una novela con múltiples ramales que no puede –ni debe– leerse de corrido. En muchas de las veces lo más emotivo es un detalle casi accidental que da al lector la dimensión de lo heroico o de lo trágico o de lo ominoso. Cada fragmento es como un trozo de tela desgarrado. La guerra no tiene rostro de mujer es un libro con numerosos temas, pero acaba tal vez resumiéndose en dos con todas sus ramificaciones: Patria y Guerra.3 Una Patria y una Guerra que llevaron como una losa casi todas las sobrevivientes a las que Alexiévich entrevistó cuatro décadas más tarde, es decir, cuando rondaban, menos o más, los sesenta años.

¿Cuáles son las causas por las que gran número de adolescentes, muchas de las cuales apenas tenían entre catorce y diecinueve años, quieren sumarse de inmediato a la guerra? Algunas lo exponen: la humillación de ver invadido su país, el desembarco de los alemanes y verlos pasear frescos y alegres por las calles de sus ciudades co­mo si fueran los dueños, y sobre todo mirar cómo matan a mansalva a sus compatriotas o saber de familiares y amigos que han muerto en el campo de batalla…

No es para menos: el ejército nazi al invadir los primeros meses de manera avasalladora Bielorrusia, Ucrania y las cercanías de Moscú (nunca pudieron tomar la gran capital), perpetraron acciones que son un caudal de minucioso horror: queman ciudades y aldeas enteras, a menudo sin importarles que en las casas hubieran familias, animales y aves; fusilan o ahorcan familias enteras porque no se entregaban soldados o comandantes o guerrilleros que peleaban en el campo de batalla; torturan a las mujeres hasta la muerte arrancándoles los ojos, cortándoles los senos y metiéndoles un palo en la vagina o en el recto; descuartizan a los guerrilleros; echan vivos a los niños a los pozos; utilizan a las mujeres rusas en las aldeas como escudos humanos; matan niños y ancianos porque estaban allí, por inútiles, porque se cruzaban en su camino; dejan morir de hambre a la población civil, y algo en verdad escalofriante: en pleno invierno, como estacas, clavan delante de las trincheras una hilera de botas con las piernas cortadas de los rusos… Baste sólo recordar que en Biolorrusia, la tierra de Alexiévich, fue ultimada veinte por ciento de la población civil, y la capital, Minsk, quedó en escombros, y por otra parte, en el asedio terrible de Leningrado (San Petersburgo) murió la mitad de los pobladores, y los niños llegaban a comer para sobrevivir sopa de cinturón o de zapatos nuevos, ratas asadas, hojas de árboles…

 

 

En el mismísimo infierno”

 

Salvo excepciones, hay algo desolador y terriblemente injusto que se repite en el ciclo de las vidas de estas jóvenes soviéticas: en plena adolescencia no sólo quieren ir a la guerra, sino estar en la primera línea del frente de batalla, es decir, “en el mismísimo infierno”4; por tres o cuatro años a diario –a veces intensamente por horas– luchan en la vanguardia o en la retaguardia, y lo hacen, cada una según su oficio, hasta el último desgaste. En el frente, como guerrilleras, francotiradoras, tanquistas, zapadoras, pilotos de combate, comandantes de cañones antiaéreos; como médicos y enfermeras en hospitales militares, en trenes sanitarios y en el campo de batalla; como técnicas en las transmisiones (teléfono, telégrafo, criptografía); o como administradoras... Poco a poco, apunta Svetlana Alexiévich, las mujeres acabarían por dominar “todas las especialidades militares, incluidas las más ‘masculinas’”.

Muchas extrañan la ropa femenina, sobre todo la lencería, el maquillaje, los zapatos de tacón, el cabello largo… Terriblemente, en su antítesis, en la guerra se encuentran con frecuencia en condiciones infrahumanas y pavorosas: miran y oyen los bombardeos enloquecidos; ven caer amigos, parientes, conocidos y compañeros entre soldados y civiles; anhelan con el alma ya no arrastrarse porque al ponerse de pie la muerte es segura; oyen los gritos y crujidos en las luchas cuerpo a cuerpo entre ambas infanterías clavándose la bayoneta en cualquier parte del cuerpo; ayudan con el traslado de heridos y mutilados en el invierno gélido sobre caminos adensados de nieve; huelen la sangre de los compañeros heridos o muertos que hiede y hiere; padecen insomnios de varios días cuando el cuerpo sólo quiere dormir; sufren por no poder enterrar a los muertos porque ya no hay tierra para hacerlo; las persigue el hambre, en fin, el campo de batalla no es otra cosa que un cotidiano descenso por los más despiadados círculos del infierno.

Una u otra asimismo pueden recordar combates o lugares en que participaron y en ocasiones por largos meses: en Leningrado, en Vitebsk, en Moscú, en Borísov, en Prójorovja (enmarcada en la batalla de Kursk), en Rzhev, en Vorónezh, en Smolénsk, en Kuschóvskaya, en ciudades de los pequeños países bálticos, y claro, en las dos batallas definitivas que llevaron a los soviéticos a la ofensiva definitiva: Stalingrado, donde murieron dos millones de personas, y Kursk, la mal o bien llamada “batalla de tanques más grande de la historia”.

Las combatientes a quienes mejor les fue reciben condecoraciones al valor durante o después de la guerra, pero luego de la efímera exultación por la Victoria, casi en general las mujeres conocen un triste y árido regreso a las desoladas aldeas o ciudades de donde salieron y donde puede suceder que les cueste identificar a familiares y amigos que se dejaron años atrás o que las madres se sorprendan de volver a ver a las hijas que creyeron muertas. “Ganar la guerra, sí, pero a qué precio”, se lamenta alguna. No las forma la vida en la adolescencia y en la primera juventud; las forma la vecindad fiera de la muerte. O si se quiere, a través de la muerte entienden la parte cruel de la vida. Les costará infinitamente adaptarse a su regreso y llevarán por décadas una vida opaca y gris. Si desde el principio hasta el final de las hostilidades las muchachas recuerdan su vida anterior, después de mayo de 1945 llevarán a diario la guerra dentro de sí como un órgano más del cuerpo.

 

 

He venido hasta aquí para matar la guerra”

 

Hay historias inolvidables: la de aquella joven, María Ivanóvna Morózova, que entra como francotiradora a las hostilidades de la guerra a los dieciocho años y tiene anotado en su hoja de vida –“cuando salía de caza”– haber matado a setenta y cinco alemanes y quien después del fin de la conflagración se convierte en una eficaz jefa de contadores públicos en una industria. O la de aquel alto oficial alemán, hecho prisionero, quien pide conocer al hombre que le mataba a diario diez soldados de su regimiento, pero se entera de que fue una chica (Sascha Sliájova), la cual murió por combatir con una bufanda roja –se volvió un blanco demasiado visible– sobre la nieve. O la de aquella joven guapísima (Liúba Yasinskaía), quien ocultaba heridos graves en un pajar cuando los alemanes empezaron a disparar, y la paja ardió, y ella, por no abandonarlos, ardió con ellos. U otra (Olga Vasilievna), que en la batalla ve en el canal Morskoi las gorras de marinos que dejan manchas de sangre en las aguas y empieza a contarlas hasta que se detiene, porque sabe que el canal se ha vuelto una sola fosa común. O aquella muchacha de diecisiete años que en Berlín, en la pared del Reichstag, luego de la Victoria, escribe: “Yo, Sofía Kuntsévich, he venido hasta aquí para matar la guerra.” O la enfermera Elena, quien recién liberada Biolorrusia pasa por los pueblos, pero en ellos ya sólo hay mujeres.

Están incluidas asimismo las historias que en la edición inicial fueron cortadas por el censor soviético, las cuales son tan atroces como las que perpetraron los mismos alemanes (aunque ni de lejos en la misma proporción): violaciones multitudinarias de soldados rusos a chicas alemanas; crueldades y despojos de partisanos rusos a los mismos compatriotas; un sugerido pasaje de canibalismo en que un soldado soviético hambriento habla a una muchacha de comerse a un joven prisionero alemán, como lo habrá hecho otras veces… Más allá de un puñado de casos, Svetlana Aléxieviech cuidó de regodearse en las historias escabrosas, quitó al máximo el amarillismo.

Hay frases de estas mujeres que dejan marcado al lector: “Lo que cuesta en la guerra encontrar una buena persona” ; o la de esa muchacha, quien habituada al tableteo de las ametralladoras, se pregunta: “¿Volveré a escuchar otra vez el susurro del trigo?” (María); o una de las más conmovedoras del libro, que dice luego de haber curado a cientos de heridos en los años de la guerra: “¿Qué es la felicidad? Le contestaré… Es encontrar entre los caídos alguien con vida” (Anna).

Es desconcertante, causa asombro, que los ruiseñores se hayan ocultado y sólo hayan vuelto a los bosques y jardines de Bielorrusia, Ucrania y Rusia, cuando terminaron las hostilidades. Eso me lleva a pensar que otro posible título de la novela pudo ser, con su variedad de significados, Los ruiseñores no cantan en la guerra.

“En mi memoria suena un coro”, dice Svetlana Alexiévich al recordar la experiencia de los años de la escritura del libro. Ese coro resuena en los millones de lectores que han hecho suyas esas voces que, gracias a ella, dieron a la segunda guerra mundial un emotivo rostro de mujer. Ese coro en el cual se oye en algún momento a las jóvenes durante las batallas gritarse interjecciones sencillas y hondas de motivación: “¡Vengan, muchachas!” l

 

 

 

Notas:

1. En México, en la reconstrucción de historias para sus libros o para las páginas periodísticas, las maestras mayores son Elena Poniatowska y Cristina Pacheco.

2. Hay en el libro aun un capítulo, donde el amor es el motivo principal (“Una mirada, una sola…”). Este y otro capítulo estremecedor sobre las partisanas o guerrilleras (“Y la patata en primavera es diminuta”) son de una tristeza esencialmente dramática.

3. No faltan aquellas quienes recuerdan que durante el xx Congreso, en 1956, las “bajaron del caballo” (la frase es de Pablo Neruda), cuando se denunciaron los innumerables crímenes estalinistas. Para muchas de ellas, quienes veían a Stalin como el Padrecito, quienes morían incluso en su nombre, resultaba demoledor enterarse de que fue –como lo fue– un criminal a la altura de Hitler. Es extraño: pero Stalin y Hitler, que se mencionan poquísimas veces, son las dos grandes y terribles sombras detrás del libro. La falta de menciones se explica por la censura que había aún en la Unión Soviética en la década de los ochenta del siglo anterior cuando el libro fue escrito y publicado por primera vez, pero sobre todo por la autocensura: en las entrevistadas había una mezcla de devoción y miedo: el hombre muerto hacía más de treinta años, el ultra criminal de las purgas de la elite militar en 1938, de la colectivización, de los asesinatos en masa y del envío de miles y miles de compatriotas a los campos de concentración (Gulags) era… quien ganó la guerra y por quienes decenas de miles lucharon pensando en él. Basta recordar la Orden 227 de Stalin: “¡Ni un paso atrás! Será fusilado quien retroceda.” Los fusilamientos, como ejemplo, se daban al momento. O los enviaban a los Gulags, que era otra forma de muerte. A la Orden 227, en amplio número de casos, se le dio una interpretación demasiado libre. Así explica Svetlana Alexiévich la represión verbal de las entrevistadas: “Rara vez tocan este tema, y cuando lo hacen, es con extrema cautela. Siguen paralizadas por la hipnosis de Stalin, por el miedo y por su fe. No han dejado de amar lo que tanto habían amado. El valor en la guerra y el valor en el pensamiento son dos valores diferentes. Yo creía que eran lo mismo.”

4. En una imagen conmovedora muchas de las adolescentes agarran al principio el fusil como si fuera una muñeca.

 

 

1.¡Vamos! ¡Ánimo, muchachas!”

 

 

 

 

Marco Antonio Campos. Poeta, ensayista, narrador y traductor; entre sus numerosos libros están el poemario Viernes en Jerusalén y el libro de relatos El señor Mozart y un tren de brevedades.

 

 

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