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No siempre estuve en el mar
'Un lugar entre los cerros', Amado Ademar, Editorial Segey, México, 2018.

Si este poemario necesitara una etiqueta, algo que realmente tampoco importa demasiado, sería: “un cantar”. Publicada a mediados de este año como parte de la Colección Segey, Digital Joven, Un lugar entre los cerros es un libro breve compuesto desde su entrada por tres motivos, mismos que el autor utiliza a manera de argumentación para desglosar el tono en el que irá su escritura.

“Estoy cansado de todo lo llamado hombría…” pudiera ser uno de los versos que remarcan los bordes en la propuesta de Ademar. Sin embargo, el libro no es estacionario: alrededor de la primera voz que abre los versos introductorios existen otras voces. Entusiasma que el camino planteado por el autor nunca extravíe el lugar que frecuenta, pues sus versos atienden sobre todo la normalidad de saberse genuino en una sociedad aparentemente reducida por los prejuicios.

Uno de los muchos protagonistas en el libro urge al desapego como única cura del desarraigo que padece. La voz que ocupa, no obstante, no es la del llanto en su más febril interpretación, sino la de un juglar que exuda por los poros la ruptura del compromiso, hecha previamente cuerpo a cuerpo. La catástrofe nunca es explicada; se pudiera decir que el lector encontrará al náufrago mas nunca la balsa o isla de la que fue empujado.

Lo que algunos autores han repetido en decenas de libros sobre poesía como argot necesario, aquí es limpio, depurado. Que lo erótico no es cama, ni lo amoroso es siempre un beso, lo comprende el autor. En el universo de Ademar, sacude el conocimiento de que son las palabras correctas y no el abuso de ellas, y aquí me refiero al tono grotesco que provee el exceso de un estereotipo de género, las que ilustrarán con su precisión lo que, como dijo aquel otro poeta de nombre Juan Gabriel, “lo que se ve no se pregunta”.

Algún verso que pudiera descarriar el tono se contiene y, a cambio, suma otro acierto con la continuidad. “La primera leche ya duerme…”; lo deja claro, es el símbolo y no la palabra lo que da forma al apego y, por ende, al verso.

Ademar no carece de palabras pero tampoco se engolosina en el vocabulario, refrenda llanamente un lenguaje construido desde lo rupestre, por lo animal que acontece, al menos en esta propuesta, del desapego citadino.

 

 

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