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Ricardo Piglia otra vez: Los casos del comisario Croce

Decir que Piglia sorprende a sus lectores en cada libro a pesar de que ya saben qué les espera es una manera de volver sobre su enorme calidad como escritor. Y si al lector le llama la atención que hable de él como si estuviera entre nosotros es porque me resisto a calificar el recién aparecido Los casos del comisario Croce como un libro póstumo. No tiene las características que suelen tener esos libros, con algo de fabricados y artificiales, y por lo tanto de frágiles. Y éste, a pesar de la advertencia que se hace en la cuarta de forros, de que fue escrito cuando la enfermedad que le quitó la vida estaba ya muy avanzada y el autor usó un programa de computadora “sensible” a la vista para escribirlo con absoluta conciencia de que estaba al final de su vida, como un gesto de afirmación vital de su labor y oficio en este mundo, hacedor de ficciones. No pienso, por eso, que sea un libro menor, después de la enorme apuesta que fueron Los diarios de Emilio Renzi, ni un divertimento, como puede sugerir tanto el título como el género de pastiche policíaco al cual se adscribe. Es, nuevamente, un libro extraordinario.

Habría que preguntarse por esa manera tan intelectual, característica de la literatura argentina, que tuvo de aclimatarse el género policial que no ocurrió en otros países de lengua española, y donde menos en México. Es probable que esa apropiación vaya de forma paralela a la que se hizo con las teorías psicoanalíticas y tenga que ver con la forma conclusiva, con el final, con la resolución del caso: entre más complejo, mejor, pero se tiene que resolver, y la resolución lo vuelve transparente, nítido, incluso luminoso.

Que Piglia se adscribe a la tradición borgeana es ya un lugar común, pero ello no debe ocultar que se trata de un narrador con una personalidad propia muy fuerte y características que no son en sí borgeanas. Por ejemplo: la frialdad y precisión arquitectónica de sus cuentos no tiene –no quiere tener– el rizo tan propio de la tonalidad del autor de Ficciones. Su contenido de metaficción no es expansivo sino implosivo, por eso su sesgo tan esencialmente realista; por eso también su voluntad de distanciamiento brechtiano y su frialdad emotiva, sin embargo, emocionante. Pocas veces se está ante un escritor donde la inspiración es, o al menos parece, una operación matemática y, a la vez, esa convicción, tan necesaria en estos tiempos en que la realidad se nos hace añicos entre las manos, de que el mundo –los otros– importan. No obstante, Piglia no se permite, como sí lo hace Borges, pasar de la inteligencia precisa de sus razonamientos a la sabiduría delirante del visionario. Croce conserva su sentido humano todo el tiempo, en las varias maneras de entender lo humano, entre otras la machadiana, “en el buen sentido de la palabra bueno”. Todo lo demás es anecdótico.

Precisamente: anecdótico. Es un placer seguir los razonamientos más complejos y abstrusos como parte de la acción narrativa, con la inevitable pizca de ironía y escepticismo que su lado onettiano le facilita. Es decir, el gran lector que fue Piglia toma de Borges y de Onetti lo que necesita y lo reformula con una extrema precisión para que sea suyo, es decir otro y distinto, y lo que parecería una rebaja del contenido pesimista o del octanaje fabulador, para volverlos más asequibles, es en realidad una apuesta por “la máquina de contar” en el sentido en que Gabriel Zaid escribió “la máquina de cantar”. Un ejemplo: Croce asiste a una conferencia de Borges sobre el género policíaco. Es un tipo de relato que, por muy bueno que sea, está condenado al fracaso didáctico. Y, sin embargo, no es así: el pastiche cobra vuelo y es un relato muy logrado en el que se discuten los métodos de indagación criminal, y es un relato que deja innumerables pistas para entender a Borges, a Piglia y a esa vocación narrativa policíaca tan argentina, en un país con una dictadura tan violenta, una justicia tan corrupta, pero en la que hay aún el deseo de que “triunfen los buenos”.

Es cierto que los relatos de este libro algo tienen de dosis homeopática respecto a la ambición comprensiva que sus Diarios de Emilio Renzi nos entregan, pero ¿estamos seguros de que Piglia es más Renzi que Croce? Uno quisiera que esa imagen del “baúl de Pessoa”, del que nunca dejan de salir textos nuevos, ocurriera también con un escritor así. No nos cansaríamos nunca de leerlo y ese es, tal vez, el mejor elogio que se pueda hacer a un narrador.

Al final, en la “Nota de autor” se pregunta sobre si el uso del programa Tobii afecta su estilo, de la misma manera que se pregunta sobre el cambio de la Olivetti a la Macintosh. Es inevitable que toda escritura sea una reflexión sobre el método, es decir un asunto de la elección formal que se haga, pero la misma noción de elección formal tiene algo de contradictorio o imposible. Por ejemplo, después de la inteligencia aguda que muestra Piglia en todos los textos, uno acaba murmurando en voz baja, tal vez para que él no lo oiga, la figura tutelar del libro: Maigret. Paradoja o necesidad, la inteligencia siempre termina por ser no sólo sensible sino sentimental.

 

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