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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

La guerra y las palabras

(III y última)

 

Svetlana Alexiévich hace visible la guerra y le da una forma capaz de abrirse paso en nuestra conciencia, la forma del arte. Así, la ingeniera Ira Mazur comparte sus recuerdos de cuando tenía cinco años, durante la invasión nazi: “Yo sabía que la herida de bala de mi mamá era pequeña, porque una vez en la carretera había visto esas mismas balas y me quedé sorprendidísima, ¿cómo esas balas tan diminutas podían matar a un hombre grande? ¿O a mí, que soy miles, millones de veces más grande que esa bala? … Mamá no murió enseguida. Estuvo mucho tiempo tumbada en la hierba, abría los ojos.”

México está en guerra. ¿Cómo y contra qué estamos en guerra? ¿Qué o quién y con qué propósitos generó esta guerra? ¿Qué podemos hacer quienes la vivimos de lejos o no tan cerca?, ¿quedarnos como si nada, rezando o rogando a la fortuna para que nos libre del cataclismo, del diluvio, del fuego y de cualquier otro efecto colateral? Según CNN sólo la guerra en Siria superaba la cifra de muertos por la guerra en México hasta mayo de 2017. El 1 de diciembre de 2018, Gustavo Pineda publicó en culturacolectiva.com que en el sexenio priista de Peña Nieto el número de víctimas llegó a 125 mil, lo que agregado a los 121 mil asesinatos (INEGI) del sexenio panista de Felipe Calderón da un total de 246 mil muertos. Todo ello sin desglosar el porcentaje de feminicidios y sin contar a los desplazados ni las decenas de miles de desapariciones forzadas de las que se debe responsabilizar al PRI, al PAN y al crimen organizado. En 2009 México todo era una escena de crimen, para 2014 había ascendido a fosa común, debido a la continuación, por parte de Peña, de la guerra desatada por Calderón, ojo, para legitimarse tras el fraude electoral de 2006 y no para acabar con los narcos del Cártel de Sinaloa, como lo confirman los señalamientos contra él y contra Peña vertidos en el juicio al Chapo Guzmán (señalamientos ya documentados por Anabel Hernández en el libro Los señores del narco).

Este México de cada día no le pide nada a ningún país en guerra declarada, ni a la Siria de hoy ni al Líbano de ayer ni a la Palestina de siempre. La transición no fue más que un toma y daca político del PRI y el PAN en el contexto del desmoronamiento material y moral de un país desgobernado, entregado al saqueo, a la secuela de asesinatos de odio, a la sistematización de desapariciones forzadas y a la tutela presidencial de la delincuencia organizada y a la complicidad de ésta con militares, policías, jueces, empresarios y jerarcas eclesiásticos. Pero México no sólo vive una guerra equiparable a las que trabaja Svetlana Alexiévich. Además tiene sus Chernóbiles difusos, solapados, sordos. Paso por alto el Río Sonora, San Juanico y Tultepec… En Tizayuca, Tula, Zimapán, Pachuca y otras zonas de industria o minería de Hidalgo hay mortandad a causa de cáncer por arsénico, mercurio y radiactividad (https://noalamina.org/latinoamerica/mexico/item/16680-el-estado-de-hidalgo-se-rebela-contra-500-anos-de-contaminacion). Y la Semarnat admite que la cuarta parte de las muertes hidalguenses en 2017 se debió a la contaminación. Esto es lo que deja como herencia el régimen narcoprianista, una guerra que a todos nos ha herido así sea solamente en sedal, aunque no la sintamos porque los mercenarios de la comunicación masiva y sus peones intercambiables nos anestesian y desinforman conforme una estrategia diseñada para sembrar enconos, alimentar descontentos e insistir en una mentira crasa como “la desilusión” contra el nuevo gobierno federal, al que además acusan de convertir a México en la Venezuela que es la bruja mala de hoy, como ayer lo fue la Colombia de Escobar Gaviria y como la Cuba de los Castro lo fue antier. Estos propagandistas de la guerra, al corear la paparrucha de que el nuevo presidente está polarizando a los mexicanos, gesticulan como quien tras robar distrae la atención gritando “al ladrón, al ladrón.”

 

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