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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Bulería madrileña

En la calle de Huertas donde viviera Miguel de Cervantes nace Amor de Dios, donde se halla la Guitarrería de Pedro Miguel. Un espacio de construcción, reparación y venta de guitarras españolas que permite atestiguar el hermoso oficio de la laudería, el tránsito que va de la madera al fruto de la imaginación. Allí trabaja Rubén, platicador y generoso personaje con quien nos encontramos tres veces para obtener libros sobre armonía flamenca. Su ayuda nos fue tan útil como su conversación, pues desde el primer intercambio el entusiasmo hizo inercia y alcanzó para buscar un tablado honrado.

Precisamente cerca de este taller, bordeando el Barrio de las Letras y cruzando la avenida Atocha, encontramos pronto la calle de Cañizares y, bajando unos metros por ella, la Casa Patas, foro emblemático para el flamenco que suena en el centro de Madrid. Una auténtica “pasada”, dirían. Porque sí: apenas entrando sentimos el aire genuino, la honestidad que da esperanza a melómanos empedernidos. Algo que se refleja en su servicio, bebidas y cocina tradicionales pese a la presencia de fuereños anonadados que intentan etiquetar contextos.

Mezcla de restorán y taberna, frente a su larga y concurrida barra las paredes se adornan con innumerables fotografías de cantaores, tocaores y bailaores que han visitado el lugar o que resultan representativos de una cultura escénica harto sofisticada, esencial para el alma de España. Al fondo, pasando la puerta pequeña, se encuentra el espacio-corazón que aguarda con energía diferente. Un preludio de aire lorquiano: mesas personalizadas con letreros a mano y a media luz ante un escenario que noche a noche recibe a todo tipo de combos flamencos.

Comienza el programa con los bailaores Inmaculada Aranda y Cristian Pérez. Ella se transforma prontamente en diosa. Cambia de vestidos y temple, responsable como se sabe entre conocedores y curiosos. No hace falta más que un giro suyo –luego de soltarse el botón del chaleco– para someternos a su control y volvernos títeres. Él la ronda y consuma un magnífico pacto. Al cante suenan Juan José Amador el Perre, Antonio el Pola y Triana Heredia, quien se lleva la noche a solas acompañada por la guitarra de Víctor Márquez, eficiente entre bulerías. Sin embargo, no es sino con el segundo grupo, liderado por José del Tomate (hijo de Tomatito), cuando la música alcanza un lenguaje distinto. En su guitarra la tradición permanece al tiempo que actualiza temperamentos, aligerando técnica y concentración. Lo suyo es una naturalidad genética. Solvencia y juventud modernizan su apellido junto al violín de Bernardo Parrilla y otros cuatro cómplices en palmas y percusiones.

Días después, todavía reverberando, viviríamos una experiencia diferente, íntima, que permitió discernir andamiajes sin público de boleto pagado. Fue en una fiesta de cumpleaños organizada frente a la Puerta de Alcalá. A ella llegaron músicos variopintos así como una familia de flamencos reconocidos que supo dejarnos sin aliento. Hablamos del legendario cantaor Rancapino, de sus hijos Alonso y Ana, de su nieta Esmeralda y del espléndido guitarrista Antonio Higuero (a veces acompañado o sustituido por Juan Habichuela Nieto). En sus voces, palmas y dedos las horas marcharon como el vino y comprendimos –poquito al menos– la forma en que se comporta el duende cuando no hay nadie grabando ni fotografiando al vehículo del arte que, con la mundana naturalidad de un bocadillo de jamón, deja de ser arte para volverse reflejo prodigioso del cariño cotidiano.

Busque todos estos nombres, lectora, lector, e imagínese amaneciendo borracho a su lado, sonriendo, inmóvil, purificándose de estereotipos malogrados, moldes manipulados por el negocio del turismo sonoroso. Ya lo sabe: se les puede hallar en las redes que extienden sus talentos y así disfrutarlos, aunque sin los sobresaltos del encuentro directo en que la tabla pisada con clavos rompe singularmente el orden de las cosas. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

 

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