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Cinexcusas
Por Luis Tovar

De premios y premiolitis
Previsiblemente, hace unos días Alfonso Cuarón obtuvo, gracias a su muy célebre largometraje de ficción, Roma, el trofeo que otorga el Sindicato de Directores Cinematográficos de Estados Unidos, conocido como Globo de Oro, y lo hizo por partida doble: por mejor película “de lengua extranjera” y por mejor dirección. Quienes suelen estar al pendiente de estos asuntos acostumbran decir que los tales Globos –junto con los ingleses premios Bafta, concedidos por la academia cinematográfica británica– son algo así como “la antesala” del Oscar, y que si ganaste Globo y Bafta, lo más seguro es que también te den “la codiciada estatuilla”, misma que, de acuerdo con esos acostumbrados y como Mediomundo ha terminado por creer, sería el non plus ultra de la cinematografía mundial.

Quien haya leído esta columna anteriormente, sobre todo en fechas semejantes a las presentes, sabe que tanto los mentados Globos de Oro como el Bafta y el resobado Oscar, entre muchísimos otros premios cinematográficos, vienen importándole una pura y dos con sal a este juntapalabras, que si los menciona es única y exclusivamente para hacer el intento –ya sabe que inútil, pero aun así– de redimensionarlos, lo cual necesariamente debe darse a la baja.

Una de las primeras consideraciones al respecto, de suyo insoslayable, es que ni uno solo de los múltiples galardones cinematográficos que se reparten alrededor del mundo está exento, cuando menos, de una sospecha inevitable: que no es estrictamente cine lo que el premio premia, que no sólo se toman en cuenta criterios y cuestiones cinematográficas para conceder un premio, y que en dicho ejercicio suelen terminar jugando elementos ajenos pero inevitables, tales como el valor mercadotécnico de la película a premiar, así como el valor, en idénticos términos, de su director, su productor, sus protagonistas, e incluso del tema que haya decidido abordar. El último punto, por cierto, naturalmente conduce a otra conclusión evidente: que además del factor económico suele tomarse en cuenta, y no poco, otro de carácter político, que inclusive determina si tal o cual filme es considerado por principio, o si mejor se le ignora.

De todo lo anterior muchas personas tienen una noción clarísima; no obstante, dicha conciencia no suele alcanzarles para que dejen de concederle a los premios en general una importancia demasiado grande. Es como si creyeran honestamente que la trascendencia de un filme, la importancia de un realizador, se consiguen a punta de Globos, Conchas, Osos, Leones y Oscares, cuando en realidad es al revés, o al menos así debería ser idealmente, es decir, en caso de que los tales premios no pudiesen ser tocados por sospecha alguna: si una película o un realizador consigue uno de esos galardones es precisamente por su importancia y su trascendencia, cualidades por lo tanto previas e independientes del galardón, cualquiera que éste sea. Esa es –o al menos eso se supone– la lógica del Nobel, del Pulitzer y de cualquier otro reconocimiento.

Sirva la anterior minirreflexión en torno a esa enfermedad aquí anteriormente denominada “premiolitis” para tomarse con ecuanimidad, pero sobre todo con un poco de humor, la reacción que Unoqueotro está teniendo a propósito de Roma: ahora resulta que la moda es decir cosas tipo “no está mal la película, pero tampoco es para tanto”, “si se hizo tan famosa luego luego, no es porque sea tan buena, sino por el escándalo de Netflix y todo eso”, “sí está chida, pero la verdad le faltó hablar de (ponga aquí el lector lo que guste)”, “hay partes del guión que no funcionan”, “yo le hubiera cambiado…”, etcétera. Y no es que el Oscar signifique lo que sus adoradores creen, pero ya quiero ver al montón de neodetractores de Roma seguir sintiéndose bien fregones con sus críticas de a peso, luego de que el filme obtenga de la Academia gringa lo que de seguro va a obtener. A ver si entonces por fin coincidimos, aunque parezca todo lo contrario.

 

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