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La casa sosegada
Por Javier Sicilia

“Nocturno en Dolores”

 

La herencia caciquil de México no sólo se ha expresado en su vida política; ha existido también en nuestra tradición literaria. Las figuras que mejor la han encarnado son Alfonso Reyes y Octavio Paz.

Independientemente de sus magníficas obras, Reyes y Paz segregaron a muchos que quedaron sepultados en las fosas literarias del olvido. A ellos pertenece Juan de Alba (San Luis Potosí, 1910-Puebla, 1973).

Apenas conocido por lo que Elías Nandino y René Avilés Fabila nos revelaron de él, y por dos libros que publicó en vida (Elegía a un poeta equívoco, 1947, y Dios existe. Poematrices, 1948), la mayor parte de la obra de Alba, sobre todo su más importante poema, “Nocturno en Dolores”, estaba perdida.

Ha sido gracias a la paciente y larga labor de rescate del poeta Ignacio Betancourt, en el Colegio de San Luis, que el “Nocturno en Dolores” (1933) se encontró y recientemente se publicó, con prólogo y un magnífico comentario al poema del propio Betancourt, en las Ediciones del Ermitaño.

El descubrimiento surgió en el manicomio de Cholula, donde De Alba fue encerrado por su familia a causa de su adicción a la droga y su homosexualidad, y donde murió en 1973. Betancourt, rastreando su vida y su obra, descubrió allí unos escritos en los que De Alba afirmaba que su mejor poema era “Nocturno en Dolores”. No había huellas de él. Un día, Françoise Castaings le entregó un legajo con escritos que De Alba le entregó a su vez a Louis Panabière –el gran estudioso de Jorge Cuesta. Al sumergirse en aquel marasmo de papeles, “Nocturno en Dolores” apareció ante su mirada.

El poema, dividido en quince partes que De Alba llamó “Tensiones”, no sólo es inmenso (3 mil 160 versos), sino espléndido. Escrito durante los meses en que el poeta vivió dentro del Panteón de Dolores, evadido de los estudios de Jurisprudencia a los que su padre lo había condenado, “Nocturno en Dolores” es una especie de Divina comedia sin Virgilio, sin Beatriz y sin redención; un viaje por la muerte en busca de una resurrección, entrevista en el poema, pero nunca concluida a causa de la culpa que siempre lo devoró. Quien mejor lo ha retratado es Elías Nandino en una carta dirigida a Avilés Fabila y citada por el propio Betancourt: “Juan de Alba es un inocente pecador […] Sufría por lo que no había hecho, por lo que estaba haciendo, por lo que aún anhelaba hacer. Era un loco en constante incineración. Su infierno de castidad maculada por el instinto, no por su espíritu, se le volvía sed de absolución. Él pecaba con la carne, pero no con el espíritu. Era, en resumen, un ángel negro.” Es también un poema lleno de audacias poéticas. En él, bajo sorprendentes imágenes y contenidos teológicos y religiosos, Juan de Alba utiliza, con un rigor poco común, sobre todo en un muchacho de veintitrés años, todas o casi todas las figuras poéticas de la lengua española (sonetos, silvas, octavas reales, quintillas, septetos, décimas, etcétera, y acentuaciones asonantes, consonantes y rimas blancas).

Su publicación no es sólo el rescate de una obra perdida, sino de uno de los grandes poemas de la literatura mexicana que merece estar al lado de “Canto a un dios mineral, “Décima muerte”, “Avenida Juárez”, “Piedra de sol”, “Muerte sin fin”, “El libro del emigrante”, “Anagnórisis” y “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”.

Hay que estar profundamente agradecidos por la ardua y amorosa tarea de Ignacio Betancourt que lo encontró, lo transcribió y lo editó, y por la devoción de Louis Panabière y de Françoise Castaings, que tuvieron el cuidado de preservarlo junto con muchos otros escritos de Juan de Alba. En estos tiempos bárbaros y miserables, este poema nos redime, en su exploración de la muerte y de la búsqueda de la gracia, del olvido en el que quieren sepultar a nuestros muertos.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

 

 

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