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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

Los murmullos shakespearianos
de Antonio Zúñiga

 

La epopeya de los recicladoresde basura–, escrita y dirigida por Antonio Zúñiga, tuvo varias metamorfosis a lo largo del año pasado y se consolidó en un proyecto trenzado por un conjunto de actores colombianos de la Universidad Distrital de Bogotá, quienes tuvieron un apoyo de Iberescena que le permitió a los actores colombianos mostrar, con su acento, que las bajezas imaginadas por Zúñiga son posibles en cualquier latitud.

Se acabó la temporada colombiana en México, se fueron para Bogotá a presentarla y parece que triunfaron, con esa reciedumbre con la que son reconocidos los actores de teatro por sus pares, por esas personas que se encierran meses o semanas en un espacio a pulir la palabra, el movimiento y el cuerpo, las circunstancias de sus imaginaciones hasta el día del estreno.

Regresaron a México y ese animal vivo que son las obras de Zúñiga volvió a estrenarse, y se dejan oír en este nuevo montaje las inquietudes sobre la Cuarta Transformación y sus desafíos con la justicia, la seguridad, la impunidad, la corrupción.

Zúñiga es un demiurgo que tiene la capacidad de comprometer a sus devotos, a los seres que se reconocen en ese teatro poderoso, de compleja sencillez, que explora lo clásico con un deseo voraz de trascendencia, de fundirse en lo permanente con ese ímpetu que, imagino, movilizó a los místicos del Siglo de Oro que aspiraban a reconocerse en el enigmático e inasible rostro de la divinidad.

Ese dios que refiero, en el teatro, es Shakespeare, retomado a partir de una serie de personajes emblemáticos, que tienen un reconocimiento difícil y complejo fuera de sus obras, pero son capaces de habitar un mundo que los admite como piezas sueltas, reconociendo y dialogando con otros personajes desde sus naturalezas dramáticas reconocibles y reconocidas por personas de hoy.

En Shakespeare o la invención de lo humano, Harold Bloom reconoce un conjunto de naturalezas volcánicas capaces de deambular por la faz de la tierra y reconocer en el horizonte, en el camino, a los que son capaces de vibrar en el mismo encordado, en ese diapasón de circunstancias que hoy nos agobian en demasía, como el poder, la impunidad, la agonía de los débiles, la muerte inevitable de los poderosos con sus afecciones, su basura y su cáncer que ni el dinero más prístino mitiga ni cura ni consuelo es.

Zúñiga ya ha modelado nuestra mirada, y mucho del mundo nos obliga a vislumbrarlo desde la cloaca, desde un lugar que somos capaces de convertir en un observatorio que aparece desapercibido en nuestra cotidianidad anestesiada pero que, una vez que entramos a su sala, empezamos a entender que no somos tan ajenos y que si de algo podríamos espantarnos es de que formamos parte de ese museo de horrores donde nos desplazamos con tanta comodidad, con una espantosa naturalidad. Somos parte de la basura y somos parte de los recicladores.

Estos personajes tan turbulentos son incapaces de redirigir los mandatos de un mercado, de una religión, de un mundo político que los lleva a cometer las atrocidades que los cosificarán aún más y los llevarán al fondo del fondo, cuando se consumen los sacrificios que les exige su coordenada estelar y una mujer defienda al abusador, al criminal, y la víctima de la impunidad no consiga justicia ni consuelo ni piedad.

La propuesta es muy cruda y la manera de proponerla es novedosa en nuestro medio, aunque ya lo hicieron los checos Kundera, Hrabal, Klíma, o los polacos Mrozek, Milosz, Brandys, Schulz, pero entre nosotros pareciera que hay un horizonte culpable cuando se muestra que bajo la piel de la miseria, de las miserias múltiples, desde quienes andan de cuello blanco hasta los andrajos insoportablemente plásticos y armoniosos que construyó Gissel Sandiel, está la bajeza y el agotamiento existencial, y la devastadora perversión de los narcisismos y sadismos tan presentes en nuestra narrativa (de Armando Ramírez a Luis Zapata y de Jorge Arturo Ojeda a Mario Bellatín.)

(Continuará.)

 

 

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