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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

A qué le tiras, versión 2019

 

Estos son los días de planear lo difícil de lograr pero que nos da ilusión. Es una época de comienzos que no por ser simbólicos son menos reales. Serán convenciones, oigan, pero si todo el mundo las sigue es difícil darles la espalda.

Comienza un nuevo año y pronto en las banquetas aparecerán esos bosques efímeros de árboles de Navidad secos y todos tendremos los ojos irritados por las polvaredas de enero. Medio mundo se ve la panza con desconsuelo y se reprocha el haber comido tantos romeritos, tantas tortas de bacalao, tanto mazapán, bebido sidra, de todo. Pero ¡hay ofertas en el gimnasio! Las clases más arduas se llenan de golosos haciendo penitencia. En los parques hay montones de personas que salen a correr o caminar con tenis y pants nuevos, listos para rajarse a principios de marzo, pero no ahora. Enero es el mes del entusiasmo sincero por el nuevo yo.

Estos son los días de las listas de propósitos entre los que se cuelan los deseos más visionudos y secretos, como ir a París a mirar iglesias góticas o hacer el Camino de Santiago. Aquí podría insertar una risita sardónica que no viene al caso: las ganas son eso, ganas. Hay que respetarlas por marcianas que parezcan, si no, uno se apaga. No importa que la cuesta del mes, ese famoso reto deportivo, se empine más cada año: soñar es gratis.

Tengo miles de deseos como ésos. Ir a París o a Cuetzalan, igualmente difíciles de realizar cuando uno anda hecho un lelo que no se organiza ni para cambiar un foco y anda a tientas por el pasillo. Ganas de adquirir destrezas nuevas o desempolvar las de siempre, las que están medio olvidadas. Tímidamente sacar las acuarelas de la caja y cerciorarme de que las de tubo no se han secado; acomodar los hilos de bordar y tirar los aros que se han roto; examinar con cara de circunstancia el horario de las clases de meditación y admitir: “Ahora sí me hace falta, estoy bien neuras.”

El calendario de pared es nuevo y me propongo marcar desde ahora las fechas importantes. Tengo una agenda inmaculada, cuadernos en blanco, una pluma sin estrenar. Claro que en mi lista, en la que como digo se cuelan deseos, hay unos que se repiten año con año y que persisto en no cumplir: ir diario al gimnasio, comer mejor, estudiar francés, no asomarme más a eBay para averiguar si a alguien se le ha ocurrido vender azulejos decorados con dragones, no comprar vestidos aunque estén baratos porque no me los pongo, ir al dentista, abandonar mi vicio de leer novelas policíacas y cosas por el estilo.

Persisto tercamente porque en algunas épocas he cumplido los propósitos, aunque nunca todos al mismo tiempo. Durante meses he escrito a diario como loca, pero comiendo sólo pay de nuez y café; o he ido al gimnasio, pero en esas épocas no voy al médico ni mantengo ordenada la casa (me gasto la energía haciendo ejercicio); he ido al dentista y me he olvidado de todo lo demás, etcétera.

En 2016 me propuse ser una ermitaña y casi lo logré. En 2017 quise ver con constancia a mis amigos y no pude hacerlo. Este año quiero ser razonable, meta ardua si las hay. No empeñarme en encerrarme a piedra y lodo si no estoy escribiendo porque luego, cuando asomo la nariz, soy capaz de dejar a mi esposo sordo con tanto rollo.

Me gustaría, ahora sí, leer José y sus hermanos, de Thomas Mann. Ojalá pueda, porque lo he abandonado miles de veces. El libro me gusta, no entiendo por qué lo dejo. Creo que porque como ha pasado ya varias veces cualquier distracción echa por la borda la lectura. Tengo una gloriosa montaña de libros que me espera. Quiero aprender a cortarle las uñas al gato sin que el asunto termine como suele hacerlo, con el gato furioso bufando debajo del sofá y yo pidiéndole perdón con los brazos arañados.

Quiero tener calma, sobre todo. De verdad se inaugura una nueva época en el país y lo que más necesitamos para verla de frente es tranquilidad y civismo. Sale.

 

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