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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

El “silencio” de Roma


Puesta al microscopio de legos o expertos innumerables, la última cinta de Alfonso Cuarón parece resistir desconstrucciones, críticas y análisis provenientes del gusto, el disgusto y hasta la indiferencia. Su esfuerzo mayúsculo, de suyo encomiable, la sitúa en los jardines de un respeto generalizado que celebramos más por su honestidad artística, por su tema, por sus muchos momentos de belleza y provocación onírica, que por fijar nuevos estándares o paradigmas. Insoslayable es, claro, que haya volado tan alto con las características que exhibe. Son tiempos de cambio. Es cierto.

Dicho esto, lectora, lector, lo que hoy deseamos señalar compete a esta columna dominical. En Roma no suena música compuesta ex profeso para acompañar, subrayar y enmarcar acciones o situaciones. No hay temas ni motivos melódicos ligados a personajes o estados anímicos. No hay ritmos ni percusiones que solucionen ausencias armónicas, como sucediera en la excepcional Birdman, de Alejandro González Iñárritu, abordada genialmente por ese titán de la batería que es Antonio Sánchez. Tampoco apela al vacío centrípeto que ensayara Michael Rowe en el encierro de Año bisiesto. O sea que: si en Roma no hay música de película, tampoco hay silencio de película.

Heredero de los ambientes que experimentara el Scorsese de Taxi Driver, pero llevado al extremo, este filme de Cuarón posee una banda sonora excepcional, de verdad notable, en la que conviven los ecos del poderoso tándem hogar-calle con los del campo, la playa, cines, tiendas, restoranes, instituciones y plazas, consiguiendo una huella originalísima que, gracias a su enorme variedad y por difícil que parezca, define con éxito al ser colectivo que la produce. Esto no limita su ambiciosa apuesta, la que madura yendo de lo general a lo particular.

Entre la compleja selva que tantos llaman ruido, deambulan prójimos, personas, seres que aportan su excrecencia sonorosa. Hablamos del afilador de cuchillos, del vendedor de calaveras que bailan, de la escolta callejera, del voceador, de una banda de rock que ensaya donde el viento da vuelta, allá donde un pelotón entrena agitando palos frente a un escapista. También hablamos del llanto contenido, de la insistente llamada telefónica, de la conversación en la mesa infantil, del disparo ocioso que se multiplica, de la boda de pueblo, de la doble fiesta de fin de año, del secreto revelado a media voz, de la vieja angustia que cojeando espera, del bebé que no llora, del perro que se sabe vivo sólo porque el aire le devuelve su ladrido. Hablamos de la burbuja de un automóvil indócil que se nos aparece perfecto, lleno de humo y radio bien sintonizado, para luego degradarse a símbolo de ausencia.

Sobre la radio y su repertorio podríamos decir mucho. La trabajadora doméstica la escucha por lo bajo, como el niño que retiene un pequeño globo en la tormenta. Es su “silencio” un rasgo esencial conseguido con la sabia manipulación de la tecnología que configura planos en 8.1 canales (aptos para cines y sistemas de gran audacia), sí, pero sobre todo con la lectura profunda que el ingeniero Sergio Díaz hiciera de un guión que grita, línea tras línea, contrastando a esa mujer descolocada y buena.

Por otro lado, si bien estamos de acuerdo con Guillermo del Toro en el sentido de que Roma es una película acuática, iríamos más lejos: Roma es un filme cuyo lienzo sonoro son los cuatro elementos de la naturaleza vilipendiados por el hombre. Por ella cruza el agua de cubetas y olas que se llevan distintas mierdas, pero también el viento que sustenta la necedad de los aviones (recordatorios de un porvenir incierto); del fuego sobre el que balbucea la ebriedad nihilista y soberbia del dinero; de la tierra que tiembla y fractura al frágil yeso, nuestra carne cotidiana. Es así que los cuatro elementos suenan y nos cimbran con sus voces cantando a coro.

En resumen, para el Alfonso Cuarón de Roma el silencio y la música existen si están subordinados a sumas y restas individuales que les den sentido, que rompan con el balance entre el descanso y el entretenimiento. Esperamos que tras él otros artistas miren al pasado, dudosos, y amplifiquen lo que fuimos. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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