Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Las rayas de la cebra
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Las rayas de la cebra
Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

La Doctora Corazón

Entre las prohibiciones que plagaron mi infancia estuvo la (razonable) de no leer ni pintarrajear las fotonovelas del salón de belleza.

Mi madre, asidua cliente, solía llevarnos a que nos cortaran el pelo y que a ella le “prendieran los tubos”, actividad que, afortunadamente, ha caído en desuso porque implicaba, además de los tubos, meter la cabeza en una especie de caparazón metálico que irradiaba un calor horrible y olía a pelo quemado.

Los niños nos aburríamos y jugábamos con todo lo que había a la mano. Por supuesto, con las fotonovelas, revistas extrañísimas ilustradas con fotografías de baja calidad en las que actores se besaban la barbilla aparentando estar en pleno beso francés y los diálogos iban dentro de globos como de historieta. Eran feísimas e irresistibles. Lo mejor era la sección de consejos de la Doctora Corazón. Recuerdo cartas más o menos como ésta:

Estimada Doctora:

Le escribo porque estoy desesperada. Mi novio me pidió la prueba máxima de amor. Se la di porque lo amo, a pesar del temor a desilusionar a mis padres, que me han educado como a una señorita decente. Mi novio, después de una tarde de pasión durante la cual me juró que nos casaríamos, no ha vuelto a llamarme y finge que no está cuando yo lo llamo a él. Tengo miedo de que mi mamá se dé cuenta o de que esa tarde tenga consecuencias. ¿Qué hago?

Desesperada de Champotón, Camp.

Con eso bastó para que yo metiera la fotonovela dentro de una especie de álbum que hay en todos los salones de México donde se ven los cortes y los peinados. Es un álbum grande, que puede ocultar una revista. Allí puse las fotonovelas que pude encontrar y devoré todos los consultorios sentimentales. Acerca del problema que aquejaba a Desesperada no entendí nada. Para mí una prueba era un examen escolar, pero que una adulta firmara como Desesperada era apasionante.

Fue entonces que reconocí algo que sucedía, pero que mi minúscula experiencia me impedía expresar: había cosas que no se le podían preguntar a los padres, a los maestros o a los amigos, porque la opinión de nuestros conocidos pesa sobre la pregunta. La pobre Desesperada no podía permitir que sus padres supieran nada. Escribirle a un desconocido era una excelente solución.

A esa edad el dicho “el que nada debe nada teme” ya me parecía una falacia. Había cosas en las que yo no tenía que ver y que, de todos modos, pagaba. Recuerde el lector a la maestra diciendo: “Hasta que no sepamos quién se robó la torta de X nadie sale del salón” y la cara de los niños.

Una mañana vi al niño Zutano comiéndose los mocos en el patio y me dio asco. Zutano y yo compartíamos en pupitre y me quise cambiar de lugar. Mis amigas preguntaron por qué, les dije y una de ellas me dijo: “No seas cochina”. Me puse roja (eso de que la inocencia garantiza la serenidad es una tontera monumental) y tartamudeé: “¿Yo? ¿Por qué yo?”. “Ay, no sé, qué cochina”, confirmó la pesada.

Me cambié de lugar sin permiso y dejé de preguntar cosas. Y de responder otras.

Si a una niña le cortaban el fleco y le quedaba cara de huevo, yo no decía ni pío; cuando me enteré, prematuramente, del asunto de Santa Claus tampoco dije nada.

La afición pasional por leer consultorios sentimentales ha continuado. Hay algunos serios, que responden preguntas sobre la lealtad, el deber, la vejez, etcétera. Hay otros sobre sexualidad, asuntos laborales y tecnológicos.

Los que han desaparecido, y lo lamento, son los que trataban asuntos de modales. Si hubiera un consultorio en el que abordaran esas cuestiones yo traería a colación en mi carta lo mismo que me pasó en el kínder y que me sucede de nuevo ahora, en 2019:

Querida doctora:

Hay un señor que atiende una miscelánea y que se come los mocos casi a la vista de los clientes. Ya no frecuento su tienda, pero me dan ganas de decirle que no despache la comida sin lavarse las manos. ¿Qué hago?

Asqueada, de la CDMX .

comentarios de blog provistos por Disqus