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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

Antonio Zúñiga y los metabolismos

Seguir la puesta en escena de La epopeya de los recicladores de basura permite entender el poder y la firmeza de los procesos artísticos que corren como los afluentes de múltiples ríos subterráneos que convergen episódicamente en uno solo, fundido en las aguas de un torrente conocido como Carretera 45.

Explicaba que en un primer montaje la presencia y complicidad del FONCA e Iberescena hicieron posible un trabajo compartido con un grupo de jóvenes actores de la Universidad Distrital de Bogotá, quienes invitaron a Antonio Zúñiga a dirigir Rompecabezas, obra de su autoría. Con la colombiana Prisma Teatro, la basura no como desecho orgánico o inorgánico que arrojamos al mundo, sino como los entramados que dejamos dentro de él y de nosotros, se convirtió en la indagación central.

Zuñiga le contó a Salvador Perches: “Les propuse un ejercicio muy simple: que llevaran al ensayo un fragmento de cualquier parte, de cualquier obra, de cualquier lugar de Shakespeare, el que quisieran, el personaje que quisieran, la idea que quisieran, el fragmento que les latiera. Nos reunimos y con esos fragmentos lancé una provocación y les pedí que respondieran leyendo cualquiera de ellos su fragmento y luego continuaran la lectura todos. Al final, me fui a trabajar la escritura y se convirtió en La epopeya de los recicladores. Pero procede enérgicamente de Shakespeare, y los personajes son Shakespeare, Ofelia, Titus, Enrique IV, Ricardo III, Romeo y Julieta, el Moro... de ahí nació esto.”

En cualquier ciudad del mundo el problema de la basura atrae historias de desigualdad, violación y del uso del poder de ciertas componendas políticas. Aquí puede entenderse que lo central es un ambiente de desolación y abandono, pero lo que sucede, como pasa con Genet, Celine y Chukri, es que la pregunta central es sobre la manera de metabolizar el mal, el dolor, la violencia, la destructividad, dónde poner y qué hacer con la basura.

Lo que hace Zuñiga al emparentarse con la narrativa de lo clásico es hablar en nombre de todos los hombres y sus padecimientos, colocarlos en situaciones que permitan que la prosa de la vida diaria sea sometida al juicio de la designación poética, de la palabra precisa, de la palabra bisturí que expone la interioridad.

Hay un mundo anecdótico que se discute en la obra, justicias divinas y terrenales se polemizan entre seres fabulosos y reales, abusos que le competen a los defensores de derechos humanos y fiscales generales, pero que también están en el orden de una moralidad.

Obra tras obra vemos a esta compañía poderosa, con actores distantes del protagonismo imperante. No lo digo para despreciar ese protagonismo propio de la fusión entre el actor y el personaje, sino para enfatizar que si de algo se han librado los actores de Zúñiga es de la sensación de orfandad que debe provocar la caducidad, la fugacidad de los proyectos mas ordinarios.

Así dice este mundo expansivo:

Ricardo: La basura nace en las manos blancas de la gente.

Lear: Todos queremos deshacernos de ella.

Cordelia: La basura en femenino.

Ricardo: No se puede decir en masculino.

Cordelia: Aunque sale de sus bocas masculinas.

Ricardo: No voy a renunciar.

Lear: Una prórroga no te mata. Te alimenta. Deja respirar mi puesto. Sólo tres años. La gente quiere cambios. Por eso me eligieron.

Ricardo: La gente quiere saber a dónde va la mierda que tira. Despedirse de ella, como en el retrete.

Lear: Nunca como ahora lo sabrán. La gente quiere cambios.

Ricardo: Llamas que incendian los botes de basura. ¿De esos cambios hablas?

Lear: Son unos hijos de puta, Ricardo.

Ricardo: ¿Quiénes?

Lear: Los posibles votantes.

Ricardo: ¿Todos?

Lear: La mayoría.

Ricardo: Inventados por ustedes, los que se eligen.

Lear: Es la ley.

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