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Monólogos compartidos
Las manos recias, los dedos cortos y nudosos de uñas gruesas y curvas hacia adentro y filos oscuros de tierra. Una por una medía las varas entre sí para empatarlas en el suelo.
Por Francisco Torres Córdova

Escoba de varas

 

para Ana Aurelia Chávez,

a Roberto y Juan Díaz in memoriam

 

Las manos recias, los dedos cortos y nudosos de uñas gruesas y curvas hacia adentro y filos oscuros de tierra. Una por una medía las varas entre sí para empatarlas en el suelo. Contaba como treinta, de un metro y algo de largo, bien secas y flexibles, de un color café cerrado y reluciente. Hincado a veces y otras en cuclillas, echaba el torso delgado hacia adelante y se tardaba a gusto en su labor. Las conocía bien. Las traía en manojos grandes de los montes de por ahí, en un grueso atado que se echaba a la espalda con destreza y equlibrio. Vara de palmilla de la buena, seca y deshojada, decía quedito y con orgullo. Juan Díaz, que le decían don Diablo, o el Pirata, a saber por qué, hablaba con voz madura bajo un sombrero de palma, detrás de un denso bigote gris con relumbres blancos. Luego amarraba el manojo ya ordenado con alambre recocido que apretaba con un gancho apoyándolo en uno de sus muslos y después lo azotaba contra el suelo para que las varas se asentaran bien. Tras una breve y concentrada pausa, tomaba el palo largo y no muy grueso de pino ya curtido por el uso, y por el lado de la punta que él mismo había tallado con una vieja navaja de cacha negra lo encajaba en el centro del manojo. Dos o tres golpes macizos contra el suelo por el extremo redondeado bastaban para que el palo entrara y quedara bien sujeto. Entonces miraba el resultado y apoyaba la escoba alta y elegante contra la reja. Se detenía un momento y empezaba de nuevo la misma tarea que en su manos era certera y delicada. Hacía dos o tres escobas según el desgaste de las viejas. Junto a la puerta abierta de la reja, el otro, Roberto se llamaba, miraba siempre atento. Cada dos meses más o menos, don Diablo se presentaba al mediodía y jalaba una sola vez el cordel de la campana. Esperaba de espaladas a la puerta. Un rato después salía Roberto con las escobas ya casi sin varas. Su saludo era franco y respetuoso, discreta su sonrisa, y pasaban largo rato conversando mientras don Diablo trabajaba hilando ambos su tardanza. A veces llegaba hasta la casa el rumor de sus voces y otras el calor de sus silencios. La caída de las hojas en la calle y el jardín, los fríos y humedades en los huesos en las noches del otoño, recetas de salsas y guisos, recuento de dolencias, sus remedios antiguos y secretos, historias de familia, algunas nostalgias de modos y caminos, la querencia de los hijos y su arduo desapego. Venían de lejos a esa cercanía, la nobleza de uno en la cadencia de las manos, la del otro a flor de la mirada, y poco y bueno se decían desde ahí de todo lo que hace y desahace la madeja de los días. De pronto repicaba el racimo de su risa, esa inteligencia atenta a la otra resonancia de las cosas. Ese mediodía tocó y tardaron en salir a la reja. Muy calladamente le dijeron que Roberto ya no estaba. Don Diablo bajó la mirada y despacio se quitó el sombrero. Se alejó de la reja, hacia arriba, por el camino empedrado. Más tarde regresó. Pidió permiso para entrar en la casa. Al llegar al salón saludó a la gente inclinando apenas la cabeza y se sentó muy derecho en el borde de la silla que le dieron a un lado de la caja. Unos minutos después se puso de pie y dejó el sombrero en el asiento. De la bolsa de su camisa de mezclilla sacó una hoja; de naranjo era, de lima, quizás de ficus, la tensó con ambas manos entre sus labios y le tocó a su amigo recién impuesto a su nuevo tiempo de aguas perennes y granito sus primeras “Mañanitas”. Se acomodó el silencio a su calor entonces. Luego tomó su sombrero, inclinó apenas la cabeza y pidió permiso…

 

 

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