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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

El bosque del piano

 

Domingo. Madrugada. Insomnio. Almohada. Televisor. Fin de mes. Pendientes. Música… sálvanos con sustancia y regocijo. Netflix. Últimas producciones musicales. Difícil. Las palabras se repiten en truqueadas rutas de un mismo laberinto. ¿Es la “prisión de la libertad” a la que se refería Michael Ende? Recordamos otras noches con disciplinadas entregas a Death Note, Fullmetal Alchemist, Kill la Kill y Bleach. Sí. Hace tiempo que no vemos una buena animación japonesa. ¿Habrá alguna dedicada a la música?

De entre los incontables títulos, uno llama la atención: Forest of Piano. Hay algo raro en su sintaxis. Los sustantivos parecen invertidos. Es un acierto. En japonés se llamó Piano no mori. Proveniente de un manga homónimo de 1998 creado por la artista Makoto Isshiki (1950) y luego de su adaptación para un largometraje animado de 2007 dirigido por Masayuki Kojima, esta historia celebró dos décadas de vida el año pasado con el lanzamiento de un animé que anuncia su segunda temporada este 2019. Lo aplaudimos. Mucho.

En su imagen de presentación, un niño yace sentado frente a las teclas de un piano que, efectivamente, se halla en un claro de bosque. Hacemos click. Entusiasmados por que la serie se dedique a un instrumento musical, nos perdemos en sus frondosos árboles. Doce capítulos más tarde, llegando al alba, estamos conmovidos, sonrientes. Decidimos escribir sobre ello al día siguiente, apenas descansemos un poco. Y así nos dormimos, con la extraña tranquilidad de un eco que afianza sospechas constantes, que otorga lucidez entre dos oquedades: la del misterio de la música y la de la oscuridad del sueño. Sinteticemos.

Todo instrumentista que haya pisado un escenario en solitario para enfrentar repertorios de alto nivel –sobre todo ante audiencias especializadas–, conoce el despiadado huracán que se crea en el cuerpo afectando los sentidos, anegando la mente con obsesiones antes, durante y después de llegar al límite de las capacidades. Hablamos de tres etapas de lucha interna que reflejan un estar en el mundo en términos técnicos (físicos, mecánicos), sí, pero también psicológicos, familiares, sociales, culturales, estéticos, sentimentales... Tres momentos que implotan en la creación de un mundo –tal como sucede con los hoyos negros en el espacio–, cuya singularidad alcanza su máxima intensidad durante la ejecución. El instante supremo.

Tal es el eje central de Forest of Piano, una historia de realismo salvaje que se agrieta con el talento y la naturalidad de Kai Ichinose, niño prodigio “criado” por un piano abandonado en el bosque, “compañero de batalla” de su joven madre, prostituta con la que sobrevive al distrito rojo de la pequeña ciudad que los margina. Crítica contra el afán de perfeccionismo de la cultura japonesa cuando se trata de competir y alcanzar el éxito pasando por encima de los demás, esta animación aborda el papel del bullying escolar, el clasismo, el abuso infantil, las relaciones de poder, la corrupción y el anacronismo de los concursos musicales, así como la posición histórica del repertorio europeo en contraste con la necesidad de un arte introspectivo, humanista, relacionado con los rasgos más íntimos de sus intérpretes.

Aunque la variedad tecnológica que exige una animación tan ambiciosa le resta unidad y belleza, es insoslayable su hazaña al conquistar con naturalidad los movimientos de los dedos sobre piezas de Chopin, Bach, Mozart o Beethoven, así como las sutilezas expresivas de quienes escuchan en las butacas reflejando los muy variados juicios de sus demonios. Lo mejor, además, es la elevada poesía que consigue cuando las ejecuciones se ven acompañadas por las imágenes que algunos músicos son capaces de construir para sí mismos al momento de presentarse en vivo.

Por si fuera poco, las interpretaciones de dos de los principales personajes provienen de un par de figuras niponas en ascenso: Ryoma Takagi y Kyohei Sorita, mientras que la del personaje chino corrió a cargo de Niu Niu (nacido en China). Lo mismo sucede con pianistas de Polonia y Francia (ejecutados por músicos de esas nacionalidades), lo que unido a grabaciones del mítico Vladimir Ashkenazy garantiza gran amplitud al discurso dinámico. Es por todo ello que, lectora, lector, le recomendamos ampliamente este trabajo dedicado al instrumento con que triunfara Mitsuko Uchida (Japón, 1948); esa bestia de madera que pastando espera a quienes agiten su panza de algoritmos. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

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