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Cinexcusas
Por Luis Tovar

La soledad empática

 

“Personajes que no son ni buenos ni malos, u oscuros o luminosos, sino que tienen sus caídas, sus temores y sus aciertos, y que intentan sobrevivir en una ciudad capaz de doblegar al más fuerte y en la que aún pueden localizarse destellos de solidaridad, comprensión y sensibilidad”: así describió el querido colega Rafael Aviña, hace aproximadamente año y medio, a los personajes de Distancias cortas, primer largometraje de ficción dirigido por Alejandro Guzmán Álvarez, que forma parte del programa de óperas primas del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC).

Interpretados por Luis Carlos Luca Ortega en el papel de Fede, Mauricio Isaac en el de su cuñado Ramón –casado con Rosaura (Martha Claudia Moreno), hermana de Fede–, y Joel Figueroa como Paulo, el trío de personajes le da toda la razón a Aviña, pues aquello que los caracteriza es la solidaridad, incluso más que los otros dos atributos referidos. Itzel Lara en calidad de guionista y Guzmán Álvarez en tanto realizador, lograron imprimir a esta tríada una gran calidez, en la cual, junto a la mencionada solidaridad, está cifrada la trama entera.

Fede es gordo. No leve, sino definitiva y hasta escandalosamente gordo, condición que se establece desde la primera secuencia con intencionalidad clara y bien lograda, pues desde el inicio se sabe que todo girará en torno a la gordura mórbida de Fede, y con “todo” quiere decirse exactamente lo que la palabra indica: la vida del propio Fede, por supuesto y en primer lugar, pero también la de su hermana Rosaura, la de un Ramón solidario como pocos, y la de un muy joven Paulo, tienen su eje en las ingentes dificultades físicas, pero también emocionales, emanadas de una obesidad que se antoja inmanejable.

Empero, lo que parecería una condena definitiva –un Fede obligado a vivir y morir encerrado en una casa vieja y en ruinas, que se corresponde bien con su estado de ánimo–, encontrará una salida gracias a la presencia y el compañerismo de Ramón y Paulo pero, antes que a ellos, se lo deberá a lo poco de presencia de ánimo que aún le queda al gordo Fede: antes de la última y epifánica secuencia, la única vez que se le ve fuera de casa será cuando recorra penosa, pesada, lentamente, una calle en donde sus jóvenes vecinos juegan al futbol. Para decirlo con una frase clásica, Fede apenas puede con su alma pero ha decidido apersonarse hasta un antiguo fotoestudio, con el propósito de revelar un viejo rollo de película que, desde ese momento, se convertirá en el detonante de una serie de acciones que desembocarán en la referida secuencia final.

Solidaridad, comprensión, sensibilidad, compañerismo… eso y más es lo que Ramón y Paulo –este último, hijo del propietario del fotoestudio— despliegan en torno a Fede, y la trama revela con claridad cuál es la motivación última y profunda de dichos gestos buenos del espíritu: el deseo de evitar una soledad feroz que, si se le dejara actuar sin oposición alguna, lo devoraría todo. Necesariamente solitario debido a su condición fisiológica, Fede no tiene más contacto humano que el brindado por su hermana, su cuñado y ahora Paulo. Dada la personalidad dominante de Rosaura, su esposa, Ramón tampoco es un paradigma de sociabilidad, de modo que son los de su cuñado los únicos oídos de verdad atentos que suele encontrar en una vida más bien plana y sin sorpresas. Por su parte, Paulo está solo en modo adolescente, es decir, sin mayor entendimiento de sus estados emocionales y sin muchas herramientas a la mano para satisfacer necesidades que ni siquiera identifica. Tres soledades que, ya unidas, cambian de nombre y en virtud de dicha transformación alteran felizmente un curso vital que parecía inevitable.

El título, Distancias cortas, alude sin duda a los mínimos trayectos que Fede puede y suele recorrer, pero en otro sentido bien puede referirse a lo breve que, en el fondo, es el espacio que media entre una persona y la de junto, siempre que se apele a esa otra cualidad tantas veces soslayada, conocida como empatía.

 

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