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El otro lado de Walt Withman
'Vida y aventuras de Jack Engle'. Walt Whitman. Aquelarre Ediciones. México, 2018.
Por Edgar Aguilar

En febrero de 2017, Zachary Turpin, estudiante de doctorado de la Universidad de Houston, luego de rastrear una pista –un viejo anuncio de periódico de Nueva York– que lo conduciría a un tal Mose Velsor (pseudónimo de Walt Whitman), recibe, tras una larga solicitud de un microfilme, una imagen enviada desde la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Así desentierra una curiosa novela, escrita anónimamente, publicada por entregas en el semanario New York Sunday Dispatch en 1852, y cuyo título, Vida y aventuras de Jack Engle, lo lleva, un tanto inesperadamente, a la culminación de sus sospechas: el gran poeta estadunidense finalmente publicó la novela que había planeado escribir.

Novela de intrigas (se entiende si el propósito era mantener el interés del público para la próxima entrega), Vida y aventuras… es, ante todo, un fresco cuadro costumbrista neoyorkino de la segunda mitad del siglo XIX. Descubrimos en sus páginas, empero, a un Whitman fiel a su estilo: canta a la bullente ciudad que lo vio crecer, con sus personajes típicos, bondadosos o ruines, mas vislumbrando en cuanto le rodea su exaltada visión del hombre moderno.

Jack Engle es un joven huérfano arropado por un piadoso y próspero matrimonio de cuáqueros. Por instancias de su padre adoptivo, ingresará posteriormente a un despacho de abogados, en donde estará al servicio del malévolo señor Covert, quien jugara un papel fundamental en su pasado… El chico Nathaniel y su inseparable perro, el viejo y sagaz Wigglesworth, el afable y siempre dispuesto Tom Peterson, así como Inez, la guapa bailarina española, brindarán a Jack su amistad y valentía para que éste logre sortear las perversas argucias del abogado.

Deudora de la novela de aventuras de Charles Dickens, Vida y aventuras… no alcanza sin embargo la hondura y perfección estilística del célebre autor inglés. Whitman no parece querer profundizar en los motivos de los personajes ni detenerse en la descripción de ambientes marginales; tampoco hacer una denuncia social. Novela de “entretenimiento”, sí, pero también disimulado pretexto para la reflexión del sentido de la vida (Capítulo XX, por ejemplo, en el que Jack revisa el manuscrito del atribulado asesino de su padre), como en todo Whitman.

Otro capítulo memorable: Jack en el antiguo cementerio de Trinity, luego de desencadenados los últimos acontecimientos, observa las lápidas y medita: “¿Con qué propósito ha dado la naturaleza a los hombres el instinto de querer morir en el sitio donde nacieron?” Y en un giro digno de “Canto a mí mismo”, al concluir su excursión, nuestro personaje termina por exclamar: “¡Qué animada era la vida en las elegantes avenidas, y con qué desenfado transcurría tan cerca de aquellas advertencias de su inevitable fin!”

La reciente y bella edición de Vida y aventuras…, primera publicada en nuestro país (hay por lo menos una española y otra argentina, con sus consabidos modismos), con notable introducción del descubridor de la novela, Zachary Turpin, no hace más que ensalzar y prolongar ese caudal ensordecedor y maravilloso del soberbio autor de Hojas de hierba, asimismo creador de relatos, crónicas periodísticas, memorias de guerra, escritos políticos, novelas y hasta consejos de salud masculina.

 

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