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Un vocerío de dudas
'El libro de las condiciones', Ana Franco, Literal, México, 2018.
Por Enrique Héctor González

La poesía de Ana Franco (México, 1969) está hecha de pedacería pero no por ello constituye una propuesta despedazada. Se presenta, más bien, como una contradictoria, plácida efervescencia de voces distintas sobre la página, en un esfuerzo natural por traducir el escándalo que lúdicamente convoca (citas de diccionario, lenguaje vernáculo, tomas clandestinas en la red hidráulica del idioma). Desde Eliot, quizá desde antes (desde que la espaciosa poesía de Mallarmé ya no nos alarma), pero el poeta estadunidense consiguió hacerlo visible, se reconoce en el texto poético la gana de ser un discurso múltiple, denso, sólo aparentemente caótico, fiel a sus propias condiciones. La obra de Ana Franco, desde El libro de las ideas, carece de ese sentido terminante que el lenguaje gramatical, jurídico o científico, en su extrema pertinacia, asigna a la voz “condiciones”: circunstancias sine qua non para que se verifique o ejecute un hecho. Aquí la palabra parece asumir otro sentido: la alusión a un estado de cosas, como cuando decimos “las condiciones en que encontré la casa” o “¿En qué condiciones está el paciente?”

Esta poesía, pues, nos condiciona menos de lo que nos acondiciona, nos acomoda en un tono ciertamente inestable por distinto pero amable en tanto diverso. Sus voces secretas, pronunciadas con no menos rigor que sus silencios de distintos calibres, nos permiten acceder a esa pausa, esa suspensión del sentido único o convencional que da la nota en el lenguaje denotativo (si aún lo podemos llamar así) de todos los días, lleno de silencios calcinados y ruidos insignificantes: “el ruido (voces y máquinas) de quienes construyen”. La poesía de Ana Franco nos engaña con sus manuales e instrucciones, instalados como si fuera lo más natural en medio de la página, para destrabar ese conjunto de discursos monódicos o, más bien –y antes que minar o dinamitarlo todo–, para examinar al individuo (el lector) condenado a decodificar una realidad verbal que ha dejado de decirnos, de apelarnos realmente. Por eso, observa que “un libro es un objeto, pero una caja, pero un contenedor” menos vacío que vacilante: una oscilación, un firmamento de sentidos, una “constelación” en la que adivinamos el dibujo de lo que imaginamos, pero también de lo que nos pasa, pero también de lo que no pasa, si lo puedo decir en la sintaxis adversativa de la poeta.

En el fondo está el miedo, no el temor; no el terror sino la angustia: lo indeterminado (o sea: todo), si “aprendimos a huir de lo que aparenta solidez”, que es el aprendizaje más preciso de la literatura: la duda ante un edificio que se cae, un significado que se aniquila a sí mismo con los años, con los rasguños del vocerío, que deja tras de sí un silencio deshilachado. Toca al poeta reivindicarlo como pausa apacible, habitable: no un cuarto con aire acondicionado sino otro donde el viento y la brisa sean vociferante bisbiseo. Uno dispuesto a volver a empezar: ¡cuánta razón tenía Tristan Tzara y sus trazos hechos de trizas, de prisa sobre el suelo de la conciencia! Pero resulta que esa devolución al silencio de lo que le hemos robado es todo menos plácida, porque parece que “el poeta debe hacer que la espera, que el avance, corresponda a la emoción de lo que se promete”, dice el texto. ¿Y qué es lo que se promete? El poema en que se inserta la sentencia es muy claro: “Siga las instrucciones del mundo que ha elegido.” La gracia alejandrina de esta línea es irónica, es desinteresada, es desamparante porque, dice Ana Franco en el poema siguiente, “nadie da esa información”.

Vocerío dubitativo, uno que sabe que “se trata de/ no/ preguntar/ de/ suspenderse”, el texto se preocupa menos por designar sentidos que por asignar lugares: el lenguaje es una asunto de distribución, de administración, antes que uno de significación, como creería la descarnada lógica del mundo (¿qué mundo?). El poema deviene espacio de objetos intercambiables. ¿Cómo “encontrar el clima de un libro de poemas cuando hemos quebrado el sentido y estamos intentando reacomodar las piezas”? El libro de las condiciones, naturalmente, no ofrece respuestas (siga usted las instrucciones del mundo que ha elegido) pero sí un cónclave de imágenes, una sutura sutil de circunstancias que apenas entrevé el que vive, el poeta que, como la araña –dice en el poema homónimo Ana Franco–, “de espaldas teje/ su tela en el teclado./ De espaldas yo la miro.”

Si, de acuerdo con Karl Kraus, ese astuto pensador austríaco de cuyos textos son espigables innumerables aforismos, “la insustituible función del poeta es inyectar materia viva al esqueleto del lenguaje, animar imaginativamente las configuraciones sígnicas”, la poesía de Ana Franco, en su hermética brevedad, en su intensa heterodoxia, en su innegable carga lúdica, asume absolutamente el edicto krausiano y aun revitaliza el desmedrado paisaje de la poesía mexicana actual, donde casi todas las búsquedas y renovaciones parecen condenadas a volver al punto de partida.

 

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