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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

De cuando se congeló la música

El frío en Estados Unidos ha llegado a puntos históricos este invierno. Hace unos días Chicago registró la sensación térmica de menos 46 grados centígrados, cortesía de sus famosos vientos. Minnesota alcanzó los menos 58, lejos de los diez bajo cero de la Antártida. Con cámaras y meteorólogos congelados, los noticieros mostraron paisajes de invisibilidad albina, surrealistas, razón para que miles de vuelos fueran cancelados en todo el noreste del continente. Ello nos hizo pensar en los riesgos de volar en tales condiciones; nos hizo recordar el accidente en que murieran tres grandes músicos, congelando su inmortalidad.

Fue hace una semana, en febrero 3 pero de hace sesenta años, cuando se estrelló el pequeño Beechcraft Bonanza que transportaba a Buddy Holly, Ritchie Valens J.P. Richardson (“The Big Bopper”) tras su actuación en Clear Lake, Iowa. ¿Recuerda estos nombres? Pioneros del Rock & Roll, la desaparición se conoció como el “Día en que Murió la Música” y tuvo gran efecto para la industria en ciernes. El destino de la aeronave era Fargo, el aeropuerto más cercano a Moorhead, en donde ocurriría la siguiente presentación de la extenuante gira Winter Dance Party. ¿Sabe en dónde está Moorhead, lectora, lector? Precisamente en Minnesota, ciudad que hace seis décadas también mostraba su cara más blanca y peligrosa (menos 30).

Razones sobre lo ocurrido sobraron. La información puntual de los testigos fue bien documentada. Los músicos subieron al cielo a la una de la madrugada porque no podían soportar más lo que ocurría en el camión en que viajaban, luego de que se descompusiera la calefacción. Holly tomó la decisión de rentar el avión. Valens le ganó su lugar a Tommy Allsup mediante un “volado” lanzado por el disk jockey Bob Hale, y Bopper tomó el sitio restante porque su gripe conmovió al pasajero original, Waylon Jennings. Así fue como los músicos acompañantes de Buddy Holly salvaron la vida mientras las estrellas en ciernes perdieron la suya debido a la falta de pericia de un joven piloto, Roger Peterson, que no tenía permiso para volar en condiciones extremas. Hecho el resumen, hablemos de la música.

Buddy Holly comenzó tocando bluegrass, música folk estadunidense. Tras escuchar a Elvis y a los Cometas de Bill Haley, integró a su estilo el rockabilly y el rhythm and blues prefigurando al rock futuro, sustancia perfecta para dos guitarras, bajo y batería en torno a una voz lejana al virtuosismo, pero precisa y expresiva, magneto para toda una generación. Destacan en su repertorio, “That Will Be The Day”, “Peggy Sue” y “Maybe Baby”, al lado de sus Crickets (antecedente directo de los Beatles).

Ricardo Valenzuela –conocido como Ritchie Valens–, por su lado, exhibía un talento descomunal. Multiinstrumentista de ascendencia mexicana, falleció a los diecisiete años tras el éxito de “Donna” y de su arreglo a “La bamba”. Potente, intuitivo, su estilo al tocar y cantar mostraba un atrevimiento que pudo llevarlo lejísimos. Finalmente, The Big Bopper, quien tenía veitiocho años al momento del accidente, era el más histriónico de los tres. De voz profunda y dramática, fue conductor de radio, programador con el récord de más horas al aire (cinco días, dos horas y ocho minutos sin parar) y tuvo varios temas en el número uno de las listas, incluso tras su muerte. El primero fue “White Lightning”. El más famoso, empero, fue “Chantilly Lace”. Allí actúa una simpática llamada telefónica con su novia.

Por el innegable talento del trío fue que Elvis escribió un telegrama desde Alemania; que los Everly Brothers ayudaron a los Crickets a cargar el féretro de Holly, y que hace una década se celebraron los cincuenta años del accidente en el propio Surf Ballroom de Clear Lake, lugar del último concierto que dieran los músicos. Fue por su visionaria fuerza que Don McLean les dedicó aquellas célebres líneas en su monumental canción “American Pie”: “No puedo recordar si lloré cuando leí acerca de su novia que enviudaba… Algo me tocó muy adentro, el día que la música murió.” Escuchémoslos y cubrámonos bien, pues siempre vendrán nuevos y terribles fríos. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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