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El felino arte de escribir
'Gatos ilustres'. Doris Lessing. Grijalbo. México, 2018.
Por Vanessa Téllez

Si uno se dejara llevar por las portadas de los libros que pasan frente a nuestros ojos, quizá dejaría pasar verdaderos prodigios, o peor, terminaría enganchado de algo que en la portada se prometió pero en cuyo interior es inexistente. Este es el caso de Gatos ilustres, de Doris Lessing.

El libro, en cuya primera hoja se ofrece una radiografía del anunciado felino, desbordará variadas descripciones que, no obstante lo festivo de la portada, será muchas cosas menos apacible.

Si hubiera que elegir un adjetivo para describir la lectura de Gatos ilustres, sería “flexibilidad”, término que además señala una de las principales características del personaje principal que aquí, por otra parte, tiene muchos nombres e identidades propias.

Gatos ilustres es un libro que, en efecto, habla de gatos, pero cuyo propósito en realidad es contar algo más que las peripecias o travesuras gatunas. Lessing de ninguna manera es sentimental; no realiza retratos amables de sus personajes humanos o animales, sino que observa desde el exterior o en primer plano ambas naturalezas y, sin querer, las compara más de una vez, concluyendo que es el hombre, por su naturaleza cruel, quien termina perdiendo. Los gatos aquí descritos no van por la historia buscando amor o gloria, sino simplemente apegarse a su instinto básico que consiste en sobrevivir.

Quizá la mayor cualidad de este libro sea que, no obstante las historias descritas, carece de sentimentalismo, y en lugar de eso nos regala la exultante capacidad de análisis de su autora, quien deja al descubierto su propia vida. Lessing se acerca a experiencias propias usando un gancho, y el gato en turno que la acompaña vive, a su vez y a su manera, su propio drama.

Una de las líneas constantes en la escritura de Lessing es que parece siempre hablar de sí misma, aun cuando no lo esté haciendo en realidad, pero claro, esta es una trampa porque de algún modo o de otro los escritores siempre hablan de sí mismos. Gatos ilustres es un libro vivencial de Lessin narrado desde los muchos ángulos que ella misma va perfilando en los gatos que entran y salen de su vida. El libro recorre minúsculas islas de supervivencia que se reconocen por la adaptabilidad o destreza de estos seres misteriosos, que van de un extremo a otro, pero sin despegarse jamás de su naturaleza mística.

Si bien las mudanzas descritas en el libro no van adjuntas a experiencias dolorosas, cabría preguntarse qué mudanza es ajena al dolor que supone el desapego. Lessing parece obsesionarse con los gatos para dejar esa otra obsesión de lado, o quizá para mantenerla bajo control. Por lo tanto, hablar de los gatos que se meten en la vida de Lessing es también hablar de aquellas otras figuras que van poniendo distancia.

El afán que pone Lessing –reconocida con el Premio Nobel de Literatura en 2007 y fallecida en 2013– en contemplar a su protagonista es esmerado y, a veces, incluso cruel. Los gatos aquí descritos son egoístas, valientes, vanidosos, independientes. El lector puede sentir que la mano de la escritora pasa sobre el pelaje de los felinos citados pero, especialmente, podrá comprobar que es el ojo de la autora la mano que transcurre sobre un gato tras otro sin juzgarlo y, en cambio, presenta las evidencias que la mirada recoge sin amabilidad ni condescendencia. Aquí un párrafo que describe uno de los muchos propósitos de Gatos ilustres: “Comprendí que en la casa acabaría habiendo un gato. Del mismo modo que cuando una casa es demasiado grande se sabe que vendrá más gente a vivir en ella, hay casas en las que tiene que haber gatos.”

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