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La casa sosegada
Por Javier Sicilia

La esclavitud de la libertad

En estricto sentido, la libertad es la capacidad de incorporar a nuestra propia naturaleza un conjunto de normas al grado de que, entre ellas y nuestras tareas, no haya más que una identidad, un fluir sin obstáculos. La libertad en los movimientos de una bailarina, por ejemplo, es el fruto de largas y tediosas horas de repetir hasta el agotamiento y el hastío esos mismos movimientos. Donde quiera que alguien nos revela algo de la libertad, existe un arduo y profundo trabajo de apropiación de un saber. Sólo el niño o las mentes infantiles pueden pensar que la libertad es hacer lo que se nos viene en gana.

En la era de internet, la libertad, por desgracia, parece reducirse a ello. Ese sistema, que no podemos llamar herramienta (una herramienta, además de permitir una distancia entre ella y el usuario, es un medio para alcanzar fines definidos) y al que literalmente nos enchufamos, le hace –más allá de su indudables beneficios– algo terrible a la libertad. Al reducir todo a una espacialidad sin arriba ni abajo, sin derecha ni izquierda, sin jerarquías, compromisos y exigencias, y a una oferta ilimitada y simultánea de todo, hace que su usuario, embriagado por el poder que le ofrece, se convierta, a semejanza de un niño, en esclavo de su voluntad, en el rehén de su poder discrecional. Encerrado en su demanda –escribe Alain Finkielkraut–, liberado a la satisfacción inmediata de sus deseos o de sus impaciencias, preso de lo instantáneo, el usuario del internet no está condenado –como lo pensaba Sartre– a ser libre, sino, a semejanza del niño, a sus caprichos, a sus deseos más inmediatos. Pero a diferencia del niño, a no ser limitado por nada ni por nadie.

Enchufado al sistema, el poder de la libertad de su usuario se reduce al movimiento del mouse y al “clic” en la oferta que su deseo captura. Nada le está vedado, a no ser que sorpresivamente se inhiba, presa del escrúpulo de ser espiado o por un apagón. Cuando se puede obtener la huella de todo –internet es una huella de las millones de cosas que hay en el mundo y que la humanidad ha creado– sin fatiga ni compromiso, la libertad esclaviza y sumerge al usuario en el onanismo visual del voyeur que salta de un sitio a otro según sus caprichos y lo condena a separarse del prójimo, cuya presencia carnal limita, confronta, detiene.

Nadie se resiste a esa engañosa libertad. En internet no sólo hay algo deseado por nosotros, sino también por los totalitarismos: el control de la voluntad. Detrás de ese magnífico sistema, que nos proporciona la bendición de la hipercomunicación y la hiperinformación, está la pérdida de nuestra libertad. Devorados por su inmensa oferta, vamos extraviando el lugar de todo aquello que no es ni comunicación ni información y que nos prepara para la libertad. Enchufados a él y a sus hijas –las “benditas redes”– nos vamos convirtiendo, dice Finkielkraut, “en seres instantáneos que sólo conciben la realidad como maleabilidad”. En esos seres no hay lugar para la contemplación, la soledad, la compasión y todo aquello que en verdad nos hace espiritualmente libres y solidarios; mucho menos para el límite y la mesura, que son su suelo. Incluso el elogio que se le hace como una tecnología no contaminante es falso: las compras que también podemos hacer a través de internet son mercancías que se producen y se envían mediante transportes. “Hermes –nos recuerda Finkielkraut– no es el sucesor de Prometeo, sino su transformación” en alguien cuya desmesura no podemos calcular. Quizá mucho de la violencia que hoy padecemos habría que encontrarlo en la destrucción de las percepciones que vienen aparejadas a las bendiciones del internet y su prole comunicativa.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

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