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La pasión de Faustino Cusárare
'Semana mayor'. Alejandro Anaya. UAM. México, 2017.
Por Fernando Martínez Ramírez

Faustino Cusárare es un hombre solitario: su madre murió hace quince años, su hija no lo visita. Forma parte de una estirpe en la que todos los hombres se llaman igual, no por alcurnia, para repartirse el destino de la misma manera. Debe regresar a Zacualpan para ocuparse de un primo: la mujer que lo cuida no quiere hacerlo más. Antes leeremos en voz de un narrador omnisciente el pasado de Faustino y la raza zacualpeña, el cual nos será entregado en cuadros que delinean la historia que tenemos entre manos.

Con estos saltos temporales, el narrador entrega las razones que necesitamos para ver regresar al profesor Cusárare. Ante nuestra mirada fascinada por la prosa, el pueblo se va convirtiendo en un lugar pródigo, confuso, entrañable y maravilloso. Por momentos nos recuerda a Macondo. Otras veces parece Comala, no por su fuerza metafísica o su simbolismo estrambótico, sino por ser una expresión abigarrada del poder obsceno y de la riqueza ignorada del México profundo.

Surge así la historia del jagüey, rincón de agua envuelto por un volcán donde se atrapan seres prodigiosos para un señor que es dueño de la vida y de la muerte. Al jagüey van Faustino y su primo, tienen trece años. De ahí emerge la figura de un joven apodado El Veloz, quien tiene una conexión con la naturaleza: habla con ella, la siente, aunque ponga ese saber al servicio de su jefe poderoso. Es Veloz, pero de conversación somnífera, y con ella vuelve locos a quienes se atreven a escucharlo.

Las lagunas del jagüey tienen poca agua, límpida como el volcán. La sobreexplotación de esos mantos lleva a que ese paraíso muera lentamente. En un intento por hacerlo resurgir, se cavan rutas a fin de llevar agua al paraíso. Entonces aparecen restos óseos de dinosaurios y una fosa clandestina. Todo estalla, y en ese rincón cualquier cosa es posible, como si El Veloz representara la palabra premonitoria que diera origen a un mundo yuxtapuesto, donde convivirán el milagro y la infamia, el infortunio y la barbarie, la pobreza y la magia.

Estamos ante un relato analéptico, saltarín en el tiempo, ante una prosa intensa y alegórica que va creando atmósferas, estados de ánimo. La mirada del narrador se confunde con la de los personajes: se siente a gusto con su lenguaje lleno de metáforas, excepto cuando hay diálogo directo: ahí se construye cierta verosimilitud ligada a la oralidad, se recupera el color autóctono de la lengua. El narrador, sin embargo, es culto y poeta, solidario y conmovedor: conoce los cuentos de Hoffman y el Topos Uranos de Platón, distingue antropológicamente lo sagrado y lo profano. Con todo ello narra.

Cada pedazo de historia que cuenta representa un universo particular, alguna forma de zozobra o de esperanza, como si la sucesión temporal no fuera sino un artificio narrativo, porque en nuestra conciencia los recuerdos se superponen como en un palimpsesto. Al principio nos sentimos un poco perdidos en medio de estas microrrealidades. Pero la trama fluye inexorable hacia el presente y la Semana Santa se convierte en el hilo conductor. En medio de estos saltos, el asidero siempre es la Semana Mayor, donde el joven Cusárare parece un espectador hipnotizado por la carnavalización de su pueblo, y cual etnógrafo, primero se siente ajeno a ese mundo, pero va cediendo y haciéndolo suyo, pues forma parte de esa farsa de poder, de esa estirpe faustina que lo marca para regresar a su axis mundi, aunque sólo sea para cuidar al primo inválido.

Zacualpan se convierte en personaje carnavalesco y sombrío. La cima de esta polifonía llega en Viernes Santo, durante el cual se tiene la costumbre de castigar a un criminal que disfrazan de ecce homo, lo golpean para purgar las culpas de todos los que se piensan inocentes. Nadie quiere saber la verdad, nadie puede vivir con ella, y la crucifixión del presidiario es un acto de purificación por parte de una turba enajenada, víctima de un sortilegio que viene del jagüey, o del volcán, o del pasado... Con la Pasión de ese “Cristo”, los zacalpueños quedan listos para continuar siendo explotados por la eternidad. Han tomado venganza, purificado su desgracia. La Semana Mayor representa la metáfora del poder, el espectáculo poético y ominoso de un mundo siempre igual.

El narrador ha jugado con nosotros mediante un dulce patetismo donde salen perdiendo los buenos. Pero lo dice con poesía. La excelente prosa sirve para construir con delicadeza orgiástica la explotación y el engaño, la frustración y la ignorancia. Descubrimos, azorados y furiosos, cómo serán las cosas siempre. Somos testigos de un universo maniqueo, donde los malos lo son porque así tiene que ser, y los buenos lo son porque no saben qué hacer con su inocencia. Ambas como condiciones mitológicas, como estigmas ontológicos. Así está ordenado el mesocosmos y sólo hacía falta mostrarlo analépticamente, mediante la imagen de la Semana Mayor.

Y cuando por fin la novela comienza a tener coherencia anecdótica, cuando el conjunto de retablos empiezan a cobrar forma, Faustino regresa a Zacualpan, y el mundo recupera su minúscula marcha hacia la vejez, hacia la ignominia…

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