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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Celebración de los animales

Sospecho que la primera vez que supe que estaba frente a la belleza fue de niñita, al contemplar un perro. Cuando miro a los bebés gritando “¡El gua guá, el gua guá!”, o tambaleándose tras un gato, confirmo esa sospecha. En esa mirada llena de asombro y alegría hay un reconocimiento y, también, la constatación de una diferencia. Nosotros somos animales, pero afortunadamente no somos la única especie. Solamente la más dañina y la única con posibilidades de reparar los desastres que causa.

Amo a los animales con pasión. No me gusta antropomorfizarlos porque precisamente en su no ser humanos radica su hermoso misterio. Aún así, he soñado que me caso con el gato. No con un ser humano con forma de gato. Con el gato, que no hablaba sino maullaba como siempre y al que yo medio comprendía. En mi sueño, incluso –vayan ustedes a saber qué cené esa noche–, yo tenía preocupaciones éticas y legales acerca de nuestra unión, aunque en nuestro matrimonio, por razones obvias, se entendía que no habría relaciones sexuales. En mi sueño había una manifestación amorosa, no una experiencia zoofílica. Me desperté llena de felicidad.

Como decía el poeta Gerardo Deniz, quien amaba a los animales con un brío más vehemente y radical que el mío, “por sueños mucho más tarugos se fundan religiones”. Él tenía un sueño en el que un enorme gato verde envuelto en llamas lo abrazaba, un gato que algo tenía de dios egipcio, de fuerza elemental y mucho de belleza.

Quizás algo que se perdió cuando desaparecieron la mayoría de las religiones politeístas fue la cercanía espiritual con los animales. No es lo mismo amar al gato y ser una señora clasmediera que mira videos de tigres y caballos en la computadora, que ser un sacerdote egipcio que oficiaba en los ritos que propiciaban las bendiciones de la diosa Bast, cabeza de gato, protectora de los hogares, destructora de cobras, leona guerrera, etcétera. En los festivales de Bast se hacían ofrendas en los altares a los gatos, mismos que al morir eran momificados y enterrados en cementerios especiales.

Hemos perdido esa proximidad llena de respeto, aunque experiencias –extremas– pueden devolverla. En 1940, por ejemplo, dos geólogos alemanes: Henno Martin y Hermann Korn, escaparon de Hitler y de las autoridades sudafricanas para las que trabajaban y se internaron, mal equipados (sus armas eran tan viejas que resultaron inútiles para cazar), en el cañón del río Kuiseb, en Namibia. Su ocultamiento duró dos años y medio. Al principio soñaban con todo aquello que habían dejado atrás: su patria, sus carreras, libros. Pero laboriosamente, sobre todo en el caso de Henno Martin, su mentes se adaptaron a la vida salvaje. En su libro El desierto protector, publicado en 1957, Martin afirma que sus sueños se poblaron de presencias animales en las que lo humano y lo divino se fundían con la bestia. Dos años y medio bastaron para que dos hombres educados en la ciencia más pura pudieran vislumbrar en los animales ese parentesco fundamental que desapareció con la tecnología.

Pero no todo el mundo posee esa inteligencia. Hace dos años leí (entonces con perplejo regocijo, ahora con disgusto) Ser animal, de Charles Foster. Foster, animado por una amiga que se consideraba a sí misma experta en chamanismo, decidió vivir como zorro, nutria, ciervo. Comió basura como los zorros; camarones, como las nutrias; defecó donde fuera, olisqueó cosas putrefactas. El experimento fracasó porque nunca dejó de ser un señor que pensaba en el libro que iba a escribir; que juzga moralmente a los animales, sobre todo a las nutrias y a los gatos, a los que califica de sociópatas, en lugar de verlos como eso, animales.

Fue incapaz de imaginar. No que imaginar que uno es un animal sea cosa fácil, pero si no se puede observar con atención, mejor no hacerse el experto. Mejor leer el ensayo ¿Cómo son los murciélagos?, de Thomas Nagel. Es lo opuesto.

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