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Lectores de revistas: la bitácora de lo que ya no está

en recuerdo de Enrique Romo

En otros momentos he señalado la enfermedad que aquejó a muchos de los lectores de mi generación: la lectura de revistas. Uno de sus síntomas era la pasión por coleccionarlas. Pero termina siendo una pasión devoradora. Tengo un amigo que tiene toda la Gaceta del FCE a través de sus distintas épocas, otro la colección completa de Cuadernos Americanos, otro la de la Revista de la UNAM. Sé que están ahí y se lo agradezco. Todos esos enfermos le hicimos un altar a José Luis Martínez cuando, como director del FCE, publicó la colección de facsimilares de las revistas literarias mexicanas del siglo XX. Yo guardo, incompleta (me falta un número) la de la revista Plural bajo la dirección de Octavio Paz, y la de Vuelta, pero ambas en cajas a la espera de recuperar mi casa afectada por el sismo de 2017. De la “revistofagia” me curé un día que visité a Humberto Musacchio y le estaban haciendo un enorme librero –ocupaba toda una pared– para su colección de la revista Proceso, misma que hoy se puede tener un DVD o consultar en línea.

La cultura de los bytes ofrece otras opciones pero ha provocado un alarmante descenso de publicaciones literarias y culturales en papel. Cuando me fue imposible seguir coleccionado revistas me deshice de muchas en el molino conservando sólo el primer número como fetiche. Con los años aprendí que más bien el número que había que conservar era el último y por eso ahora no me deshago de un ejemplar hasta que no lo sustituye el siguiente. Es el mismo fetichismo pero invertido. Suelo también guardar sin orden y sin concierto revistas en las que colaboré o en las que he trabajado, y esto viene a cuento porque hace un par de semanas tengo en mis manos el número 231 de Tierra Adentro, revista de la que fui jefe de redacción cinco años (1990-1995), cuando la dirigía Jorge Ruiz Dueñas, y lo hojeo con miedo de que sea el último.

La revista la fundó hace ya cuarenta y cuatro años Víctor Sandoval, primero como revista de la Casa de Cultura de Aguascalientes, luego como órgano de la red de casas de cultura. A fines de los ochenta, bajo la dirección de Ruiz Dueñas, tuvo un enorme crecimiento como revista y se volvió un programa que llegó a tener una colección de libros, programas de radio y televisión, una exposición anual, un programa de becas a revistas culturales de provincia y un encuentro de revistas. Ese programa, con modificaciones, ha seguido vivo hasta el día de hoy (o de ayer), cumpliendo, según mi entender, un papel importante en la presentación y circulación de nuevos artistas y creadores. Por ella pasaron muchos editores y promotores culturales: Saúl Juárez, Eduardo Langagne, Jaime Vázquez, Jorge von Ziegler, Juan Domingo Argüelles, Paola Velasco, Mónica Nepote, Carlos Miranda y Rafael Vargas, entre muchos otros que no me vienen a la memoria.

En ella han encontrado cabida muchos jóvenes que velan sus primeras armas, becarios de la FLM o de jóvenes creadores, autores de provincia que no tienen acceso a otras revistas, y según me dicen amigos de fuera de la capital, tiene lectores y la revista se agota en el interior del país. Se ocupa también de las situaciones obligadas de coyuntura cubriendo aspectos que otras revistas no tocan. El número objeto de mi temor, con fecha de noviembre-diciembre de 2018 tiene como eje la cultura portuguesa, país invitado de la feria del Libro de Guadalajara. Me decido a abrirlo cuando alguien me dice, ante mi gesto de nostalgia, que el número enero-febrero de 2019 está por aparecer. Ya el 231 no será el último.

El plato fuerte es un dossier doble de poesía de la patria de Pessoa, la primera parte preparada por Blanca Luz Pulido, la segunda por Mijaíl Lamas, que entre ambas reúnen ocho autores contemporáneos de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI, empezando, por Nuno Júdice (una de las grandes revelaciones de la poesía contemporánea en cualquier idioma). De Lamas se incluye también un buen panorama de la poesía portuguesa actual. Entre los varios números dedicados a la literatura portuguesa, el de Tierra Adentro es uno de los mejores. La poesía portuguesa es un paisaje poco explorado y sin embargo fascinante para el lector mexicano.

Una revista alcanza una madurez plena y la mantiene cuando su estructura, que como tal se suele repetir número a número, es a la vez lo suficientemente flexible como para sorprendernos y presentarse como novedosa. Eso ha ocurrido con esta revista desde hace ya bastantes años, sin importar los cambios de dirección y de diseño. El período más reciente (me niego a calificarlo del último) estuvo a cargo de Paola Velasco. Lo hizo muy bien. La revista tuvo también una importante colección de libros, el Fondo Editorial Tierra Adentro, primero intermitentemente y a partir de 1990 ya de manera constante hasta llegar casi a seiscientos títulos en su catálogo desde ese año. Uno de los pocos reproches que haría yo a la revista es su portal web. No tiene la revista completa para consulta y es, como se dice, en ese argot, poco amable. Pero esta queja es ya extemporánea, porque, como parece, si la revista dejara de salir, el portal supongo que también estará fuera de la web. No puedo dejar de mirar, ya con melancolía de lector, la portada de este número.

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